Hasta aquí los 26 capítulos de El Miserere, primera parte de la trilogía "Nueva Era".
Próximamente la segunda parte: Las tres puertas
Y muy pronto un avance de la tercera y última parte: El paladín errante
No os lo perdáis
Hasta aquí los 26 capítulos de El Miserere, primera parte de la trilogía "Nueva Era".
Próximamente la segunda parte: Las tres puertas
Y muy pronto un avance de la tercera y última parte: El paladín errante
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VEINTE AÑOS DESPUÉS…
E l teléfono de Nancy sonaba desde hacía un buen rato. Al no tener respuesta, la persona que llamaba decidió dejarle un mensaje de voz.
-“¿Dónde te metes? Todo está preparado. A las doce de la noche debe de estar todo el mundo allí. ¿Cómo están las niñas? ¿Y tú? Tengo ganas de ver a mi ahijado, Arthur. ¿Quién te iba a decir que te casarías y tendrías además un hijo?” –hubo una breve risa. –“Dale recuerdos a Jack de mi parte. Y coge la próxima vez el teléfono.” –
Al poco rato, Nancy escuchó el mensaje con semblante radiante.
-¿Quién es, mamá? – preguntó Arthur.
-Tu padrino vuelve a Inglaterra, cariño. – contestó Nancy.
-¡Genial! Seguro que me traerá un regalo. Siempre que el tío John vuelve de un viaje me trae algo. –
-Y a nosotras también. – dijeron a la vez Nancy e Irene.
-Y a vosotras también, claro. – dijo de mala gana Arthur.
-¡Deja a tus hermanas, Arthur! Y elige la ropa que vas a ponerte. Ellas ya lo han decidido. –
Arthur las miró mosqueado. Resopló y subió como un cohete a su habitación.
-¿Todo bien, mi amor? – preguntó Jack, el marido de Nancy.
-Sí, tesoro. Dentro de unas horas… que emoción. –
-No lo sabrá él, ¿verdad? –
-¡Por supuesto que no! He dejado muy atrás mi etapa de cotilla. – rezongó Nancy enojada. Jack la besó y se le pasó el enfado.
El vuelo procedente de New York tomó tierra en el aeropuerto británico a su hora.
-Por primera vez no ha llevado retraso. – dijo Irene cogiendo el equipaje.
-No te quejes, hija. Siempre estás quejándote. – dijo Sandra dándole una palmada en la espalda.
-No me quejo, mamá. Sólo digo la verdad. – dijo Irene mirando a una azafata.
Ambas bajaron del avión y recogieron el resto del equipaje. Mientras esperaban un taxi, Sandra besó la mejilla de su hija.
-¿Estás nerviosa? –
-¿Tanto se me nota? – contestó ella. Sandra rió.
Un porche último modelo esperaba en las puertas de la Universidad de Oxford. Cada vez que alguien pasaba por el lado del coche, soltaba un silbido de admiración. Algunas personas miraban al conductor.
-Mira, mira. Es él. – decían algunas muchachas. En eso, una adolescente de cabello rubio dorado, ojos verdes, piel blanca como la nieve y vestida informalmente, salió por las puertas de la Universidad.
-Hola papá. – dijo. El padre la miró de arriba abajo.
-¿Sabes que cada día te pareces más a mamá? –
Mary Débereh Nazario se había convertido en una muchacha realmente bellísima. Había heredado toda la magnificencia de Sárah y a la vez, el espíritu aventurero de su padre, Peter.
-Papá, me lo dices cada día. – dijo Mary dándole un beso.
-¿Y qué? Me gusta decírtelo. – dijo Peter arrancando el coche.
-¡Mary espera! – gritó un chico desde fuera.
-Para papá. Es Jimmy. – dijo Mary bajando la ventanilla del coche.
Un muchacho de la misma edad que Mary, vestido con una camiseta que le dejaba ver su ombligo y pantalones rosa, sostenía un libro en su mano.
-Te dejabas esto, cariño. – dijo Jimmy.
-Gracias Jimmy. Eres un encanto. – dijo Mary abrazándole. Jimmy pareció ensimismado con el coche.
-Caray… menudo coche. –
-¿Qué? ¡Ah! Te presentaré. Papá, él es Jimmy. Jimmy, mi padre. – dijo Mary.
-Es un placer conocerle, señor Débereh. He oído hablar mucho de usted. Me gustaría llegar a ser el empresario del año como lo fue usted. –
-¿Te interesa el mundo empresarial? – preguntó Peter.
-Si, señor. – respondió ruborizado Jimmy.
Peter sonrió.
-Mira dónde estabas. – dijo alguien desde atrás. Otra muchacha que parecía haberse vestido a la ligera con el pelo totalmente enmarañado, salía corriendo de la Universidad.
-La próxima vez que me dejes tirada en el pasillo, te despellejaré. – dijo mirando a Jimmy.
-Quería… solo quería devolverle el libro a… -
-¡Podías haberme avisado! Hola, me llamo Natasha. Encantada señor Débereh. – dijo auto presentándose. Mary y Jimmy estaban aturdidos por la rapidez de los acontecimientos.
-¿Qué tal? – dijo Peter desde el coche.
-Papá, ellos son mis amigos. Natasha es mi mejor amiga. (Un poco loca, pero mi amiga.) –
Peter contuvo la risa.
-Bueno chicos, os veré el Lunes. – dijo Mary metiéndose en el coche.
-Hasta luego, cariño. – dijo Jimmy.
-¡Chao! – dijo Natasha. Y le guiñó el ojo a Peter. Cuando el coche se encontraba lejos de la
Universidad, fue cuando Jimmy dijo enfadado:
-Tía, que es el padre de tu amiga. Además está casado. –
-Pero no me negarás que está como un tren. – dijo Natasha.
-Si… está como un tren y algo más… - dijo Jimmy suspirando.
Peter reía mientras conducía.
-¿De qué te ríes papá? – preguntó Mary también riendo.
-Ese amigo tuyo… Jimmy, me ha recordado mucho a… -
-… al tío Michael. – terminó Mary. Peter la miró un momento.
-Si, a tu tío Michael. – corroboró.
-Si la pregunta es si Jimmy es gay, la respuesta es sí. –
-Ya me lo imaginaba. La historia se repite. Jimmy y Natasha. O lo que es lo mismo, Michael y Nancy. –
-¿Tía Nancy, Natasha? Por Dios papá. Natasha es más loca que ella. –
-Tú no conociste a tu tía hace veinte años. Cuando tú no eras más que un bebé, todavía era la chica alocada y despreocupada que conocí. Ahora es todo un ejemplo de ama de casa. – dijo Peter sin dejar de reir.
Hubo un largo silencio.
-Papá, ¿cuándo volverá mamá? –
-No lo sé, hija. Mamá está muy ocupada. –
-Lleva ocupada veinte años. Seguro que se ha olvidado de mí. –
Peter frenó en seco. Su sonrisa se había borrado.
-Mary, no digas nunca más lo que acabas de decir. No hay día que mamá no se acuerde de ti. –
Mary lo miraba asustada.
-Yo también la echo de menos. Y Nancy, y John, incluso Nany la echa de menos. –
-Pero cuando estuve en New York en casa de Irene, ella me dijo que mamá tardaría en volver. –
-Y no te dijo nada más que la verdad. Verás hija, el mal hizo estragos en Roma. Una ciudad no se reconstruye así como así. Hacen falta años para eso. Y mamá está ayudando en lo que puede. –
Mary se sacó de la camisa que llevaba el colgante que terminaba en una hermosa cruz con punta roja.
-Ahí tienes un ejemplo. Mamá te dio ese colgante en el día de tu décimo octavo cumpleaños. Te dio a entender que sigue acordándose de ti. –
Mary miraba el colgante. Recordaba cómo llegó a casa un hombre ataviado con túnica negra y morada que, dándole un abrazo a su padre, le entregó una cajita elegantemente envuelta. También recordaba como aquel hombre, que cuando se hubo marchado su padre le dijo que se llamaba Adelmo y que era cardenal, se había acercado a ella, le había acariciado el rostro y dijo que era totalmente idéntica a su madre. Y que se alegrará mucho cuando se lo dijera. Desde que era un bebé, nunca había visto a su madre. No había estado con ella en su primer cumpleaños, ni en el segundo, ni en los demás… No estaba cuando se cayó del caballo que su tío John le trajo de España y se rompió la pierna…
-Algún día la verás, mi vida. Algún día… - dijo Peter. Le dio un beso y volvieron a ponerse en marcha.
Alguien llamaba a las puertas de la mansión Free. Nany, que el paso de los años no había afectado, fue corriendo a abrir.
-¡Hola Nany! ¿Hay moros en la costa? –
-En absoluto, señorito John. Aún no ha llegado. –
-Estupendo. ¿Seguro que no sospecha ni lo más mínimo? –
-Todo sigue como está planeado. Señorito, estoy muy nerviosa y a la vez emocionada. ¿Saldrá todo bien? –
-Recemos para que así sea, Nany. Recemos. – dijo John entrando con sus maletas.
Al poco rato, llegaron Peter y Mary.
-Dile a Nany que te prepare las galletas que tanto te gustan. Te lo has merecido por tu sobresaliente en bioquímica. –
-¡Sí! - dijo Mary risueña. Antes de llegar a las puertas de la mansión, alguien las abrió antes de tiempo.
-¡Tío John! – exclamó Mary. Peter miró desde el coche. Era cierto. Su amigo estaba en las puertas con los brazos abiertos esperando a Mary.
-¿Cómo está mi sobrina favorita? – dijo abrazándola.
-Genial. Acabo de sacar un sobresaliente en bioquímica e iba a pedirle a Nany que me preparara mis galletas preferidas. –
-Mmmm, eso suena apetitoso. Y dime, ¿no te gustaría más que las galletas… esto? – dijo sacando un enorme paquete envuelto con lazos rosas.
-¡Tío John! ¿Me has traído el traje de bailarina que me prometiste? –
-¿Yo prometí eso? – dijo riendo.
-Sí, es el traje de bailarina. Me lo voy a probar enseguida. ¡Nany mira! Tío John me ha comprado el traje de bailarina que me prometió. –
-Que bien, cielo. Vamos a probártelo ahora mismo. – dijo cogiendo de la mano a Mary. Peter llegó a la entrada de la mansión.
-Bienvenido John. ¿A qué se debe tu visita? – dijo Peter.
-Yo también me alegro de verte, querido amigo. – dijo.
-No te esperaba hasta, por lo menos, dentro de siete años. ¿Dónde has estado? Has tardado en darle el traje seis largos años, John. Creía que te habías olvidado. –
-¿Olvidado yo? ¿Por quién me tomas, Peter? – dijo John riendo.
-Sigues siendo el mismo de siempre. – dijo Peter abrazándolo. Seis años sin saber nada el uno del otro era mucho tiempo.
-Es curioso. Esa frase me la dijo ella cuando… desperté de la pesadilla. – dijo. No quería recordar aquellos días en los que estaba como en coma, poseído por el mal reencarnado.
-¡Que tierna escena! Míralos: Batman y Róbin, pero en plan cazurro. – dijo alguien a espaldas de Peter.
-Esa frase solo puede ser de… - dijo Peter.
-¡Irene! ¡Sandra! Sed bienvenidas. – dijo John.
-Oye, que es mi casa, no la tuya. Aunque vivieras aquí en su día, no es para que actúes de anfitrión. – dijo algo malhumorado Peter.
-No seas tan cascarrabias, Peter. Y dame un beso anda. – dijo Irene. Así lo hizo. Peter besó en la mano a Sandra.
-¿Cómo os va en New York? – preguntó Peter.
-Mejor que nunca. Tu jefe se está intentando ligar a mi madre. Desde que se separó de su mujer, no para de mandarle ramos de flores. –
-Droug es un encanto de hombre. – dijo Sandra. Peter no podía imaginar a aquellos dos juntos.
-Por cierto Peter, me han publicado mi noveno trabajo sobre la demonología. Estoy a punto de alcanzarte. – dijo Irene guiñándole un ojo.
-Irene, hace tiempo que dejé el periodismo. Me sentiría muy orgulloso si fueras tú mi sustituta en esa materia. –
Irene sonrió complacida.
-Lo tengo que mezclar con mis viajes a Roma. Ser guardiana de la paz es agotador. –
Peter ni se inmutó. Miró a John. John se encogió de hombros.
-¿Qué pasa? – preguntó Peter.
-¿Por qué no preguntas por ella? – dijo Irene.
-Sé que está bien. –
Irene volvió a mirar a John.
-¡Irene! ¿Cuándo has llegado? – dijo Mary desde la puerta. Llevaba puesto el traje de bailarina de John. El blanco del traje junto a su piel igualmente blanca y su pelo rubio, hacían que pareciera un ángel.
-¡Mary! ¿Qué tal, cielo? – dijo Irene. Y juntos, entraron en la mansión.
Cuando entraron en la sala de recepción a comer, Peter observó que había seis sillas vacías.
-Nany, has puesto asientos de más. – dijo Peter.
-No señor. He puesto los justos. – respondió Nany. Peter la miró extrañado.
-Me muero de hambre. ¿Qué hay? – preguntó Irene.
-De primero, mi deliciosa sopa caliente de especias, de segundo, pollo asado a la naranja y de postre, una sorpresa. – dijo Nany.
-Seguro que ha preparado su tarta de chocolate. – dijo Mary al oído de John. Éste río.
-Sentaos, por favor. – pidió Peter. Todos obedecieron.
-Quiero proponer un brindis. – dijo en ese momento Irene.
-¿No puedes esperar a que hayan llegado los demás? – dijo una voz conocida. Todos miraron a la puerta de la sala de recepción. Nancy, junto a Jack, seguidos de Arthur, Nancy e Irene entraron en la mansión. Peter fue hacia ellos con gesto contento, aunque a la vez asombrado por la repentina aparición de todos en un mismo día.
-¡John! ¿Dónde has dejado a los tuyos? – preguntó Nancy al sentarse.
-Vendrán enseguida. – dijo.
-¿También vienen Michael, Sárah, Peter y John? – preguntó Mary. John asintió.
-Bueno, ya basta. – dijo Peter incómodo. Todos le miraron.
-Decidme el por qué habéis venido todos en el mismo momento. ¿Qué pasa? –
-¿Tiene que pasar algo? – dijo Nancy.
-Papá, esa ha sido una pregunta impertinente. – dijo Mary molesta.
-Nos ponemos todos de acuerdo para venir a verte a ti y a Mary y nos recibes así. – dijo Irene.
-Lo siento. Pero no me negarás que ponerse todo el mundo de acuerdo para venir es muy sospechoso. – dijo Peter.
-Venga, no le hagáis caso. Ya habrá tiempo para hablar. – dijo John.
La comida se llevó a cabo sin ningún contratiempo. Cuando llegó la hora de los postres, Irene volvió a decir:
-Hagamos un brindis. –
Peter observó a Nany pasando a toda prisa por el pasillo. Al cabo de un minuto, volvió y dijo algo al oído a John. Éste, visiblemente contento, dijo “si” con la cabeza.
-Brindemos, brindemos. – dijo Nancy. Jack levantó su copa y todos le imitaron. Los criados echaron champán en las copas.
-Por Mary, nuestra niña favorita. – dijo Irene.
-¡Por Mary! – dijeron todos. Mary se ruborizó. Aún llevaba el traje de bailarina.
-Por los que no están. – dijo John. Peter creyó ver una lágrima en los ojos de su amigo.
-¡Por ellos! – volvieron a decir todos.
-Y por todos nosotros, para que sigamos unidos como lo estamos ahora. – dijo Nancy.
-¡Que así se cumpla! – dijeron todos.
-Señor, los hijos de John. – dijo Nany.
-Que pasen, Nany, que pasen. – dijo Peter.
John, Sárah, Peter y Michael entraron y abrazaron a todos los allí reunidos.
-En el fondo me está gustando esta reunión. – dijo Peter. Mary besó a su padre.
-Yo también quiero brindar. – dijo alguien desde la puerta. Peter miró hacia la dirección donde había escuchado la voz. Había algo en ella que le recordaba a tiempos mejores. Pero no vio a nadie.
- Quiero brindar por el amor. El amor verdadero. – dijo la voz.
Todos brindaron.
-¿Por qué no entra, sea quien sea? – preguntó Mary.
-Si… Que pase. Será bienvenido. – dijo Peter.
Todos miraron expectantes a la puerta. Por ella, entró alguien ataviado con una túnica larga blanca, adornada de finos hilos dorados.
-Quiero brindar también por los años que nos quedan por delante para estar juntos… en especial tú y yo. – dijo señalando a Peter. A éste se le cayó la copa de las manos.
-Papá… - dijo Mary.
El recién llegado se quitó la capucha blanca que ocultaba su rostro.
-No… no puede ser verdad… - decía Peter yendo hacia donde estaba.
-Sí, Peter. He vuelto para quedarme. – dijo.
-Sárah… mi amor. – dijo. Los dos se abrazaron riendo y llorando. Mary parecía una estatua.
-Es mamá, cariño. – dijo Nancy.
Mary se levantó de la silla. Sus pasos eran torpes. Se sentía como mareada.
-¿Mamá? – dijo al estar junto a ella y su padre.
-Hija mía. Adelmo tenía razón. Te pareces mucho a mí. – dijo Sárah poniéndose a su altura.
-No sé… no sé qué decirte… - dijo Mary.
-¿Qué tal un abrazo de hija? – dijo Sárah. Mary no pudo aguantar más. Se abrazó a su madre con todas sus ganas.
-Mira, aún lo llevo. – dijo enseñando el colgante.
-Me alegro que lo tengas, mi vida. – dijo besando a su hija. De mano de Peter, fue uno por uno de los invitados.
-Nancy. – dijo. Ésta se abrazó llorando a su amiga.
-John. - El muchacho le hizo una reverencia. Dio las gracias a los hijos de John por haberla ayudado a planear ese emotivo encuentro.
-Ustedes debéis ser Jack, Arthur, Irene y Nancy. – dijo. Ellos asintieron. De igual modo les agradeció su ayuda.
-Sandra. – dijo. Sandra besó las manos de Sárah.
-¿Me dejas la última? – preguntó Irene.
-Los últimos serán los primeros. – dijo Sárah y ambas amigas se abrazaron emotivamente.
-Gracias a todos por haber venido. He dejado todo arreglado en Roma. Julio IV ocupará mi
lugar. Adelmo ya ejerce como Papa desde hace varios días. Si no lo he hecho oficial es para que Peter no sospechara nada de mi regreso. – dijo. Esto último lo dijo mirándolo. Mary no dejaba la mano de su madre.
-No era feliz sin teneros a todos a mi lado. ¿De qué me sirve una corona, un título de emperatriz y de Mesías, si no tengo vuestro cariño y vuestra amistad? –
Todos la miraban con lágrimas en los ojos.
-Bienvenida a casa… Sárah. – dijo Peter.
El cielo estaba cuajado de estrellas. La luna, casi llena reinaba en lo alto. Peter, cerca del Támesis, esperaba. Un leve ruido de una ramita partiéndose por la mitad le hizo mirar hacia atrás.
-Creía que no vendrías. –
-Me ha costado encontrar el camino. Hace años que no vengo aquí. – dijo Sárah. Ya no vestía aquella maravillosa túnica blanca con finos hilos dorados. Vestía como el día que Peter la conoció.
-Estás preciosa. – dijo el muchacho. Ella le agradeció el piropo dándole un beso.
-¿De verdad que has vuelto para quedarte? – dijo Peter.
-Claro, tonto. Ya te he dicho que lo he dejado todo arreglado en palacio. – respondió Sárah.
Se sentaron cerca del agua. Era una noche de verano especialmente fresca.
-Menos mal que conmigo todo acaba. Mary será una chica común y corriente. Eso me tranquiliza, ¿no crees, Peter? ¿Qué miras? – preguntó Sárah algo molesta al ver que Peter no le prestaba atención.
-¿Te acuerdas? Aquí fue donde… -
-No estropees este momento mágico, Peter. – dijo Sárah. Peter cayó. Sárah lo miró de soslayo y rió.
-¿De qué te ríes? – dijo Peter.
-Has puesto cara de bobo. – dijo ella.
-Oye… - dijo Peter ofendido.
-Sé lo que querías decir, Peter. Y estoy deseando que me lleves bajo el puente. – dijo dándole un beso en el hombro.
-Eso no se dice dos veces. – dijo Peter cogiéndola en brazos.
Sus cuerpos volvieron a unirse tal como pasó hace más de veinte años. Pero esta vez, no hubo tormenta ni lluvia. La luna fue testigo de la demostración de amor de dos personas que se quieren y se querrán por mucho tiempo.
El poder del amor había vencido al poder del mal.
Todo seguía en orden.
Cuando Mary llegó a la Universidad el lunes, Jimmy y Natasha no se podían creer lo que su amiga les estaba contando.
-Tu madre… después de veinte años. – dijo Jimmy.
-Bueno, más vale tarde que nunca. – dijo despreocupada Natasha. El sonido de la campana les dio a entender que las clases estaban a punto de empezar.
-Corramos o no podremos entrar en la conferencia. – dijo Mary. Cuando ella y sus amigos se disponían a entrar, sin darse cuenta, Jimmy tropezó con uno de los escalones. Al no tener punto de apoyo, iba directo hacia el suelo.
-¡Jimmy! – dijo Mary alargando la mano para sujetarle. Pero, inexplicablemente, una fuerza desconocida salió de su mano y rodeó a Jimmy, evitando su caída. Tanto él como Natasha, la miraron.
-… Haremos como que esto no ha sucedido. – dijo Jimmy aturdido.
-Si… será lo mejor. – dijo Mary mirándose la mano. Y juntos, entraron en la Universidad de Oxford.
En una de las ramas del árbol más cercano a la Universidad, Uriel sonrió. El ángel, de nuevo envuelto en su traje de monje, se esfumó tal y como apareció. Antes de desaparecer, pudo decir:
-Está preparada. –
Casi al mismo tiempo, algo extraño empezó a sucederle a la luna.
Sería el comienzo de una nueva historia, en la que, todos juntos, lucharán por defender algo suyo y a la vez del otro lado.
P eter miraba a la luna, que, milagrosamente, apareció tras la explosión que todos habían escuchado. El cielo de color blanco había dejado paso a un cielo cuajado de estrellas, radiantes y majestuosas. La luna, plena en su crecimiento, adornaba el cielo romano como una horquilla plateada en una melena de ébano.
-Peter, estará bien. – dijo Nancy. Mary, muy despierta mirando la luna llena, quiso ir con su padre.
-Lo sé. – dijo cogiendo a su hija. –Sé que está bien. Lo presiento. –
-Mira, John está planeando un reconocimiento a la plaza de San Pedro. Deberías de venir con nosotros. Sandra y Sofi también vienen. El resultado de la batalla también les concierne. –
-Y tienen razón. Si Sárah y Beqa han logrado su objetivo, prácticamente han regalado la Tierra a todos nosotros. –
-Entonces, ¿vienes? – preguntó Nancy.
Peter asintió. Un brillo especial se dibujó en sus ojos. Un brillo que Nancy jamás comprendería y que, tiempo más tarde, escribiría el destino de Peter.
Karl se levantó del suelo.
A su lado, Marconni, Georginno y Bitrianni hicieron lo propio. Éste último, señaló más tarde hacia el centro de la plaza. Un brillo dorado rodeaba a una mujer bellísima. Karl supo de inmediato de quién se trataba.
-…Mesías… - dijo al fin.
Al cabo de unos minutos, Karl llegó al lado de la mujer.
-Nos habéis salvado, divinidad. –
La mujer miró complacida al recién llegado.
-…Julio IV. –
Su voz, de nuevo parecida a una campana de bronce, llegó al corazón del cardenal.
-¿Yo? ¿Julio IV? Será un honor, divinidad. - Y tras decir eso, el brillo dorado se extinguió, dejando paso a dos muchachas completamente sin fuerzas. A su lado, el Miserere, como un pergamino más, se había recogido solo.
-Sárah… Beqa. – dijo Karl.
Beqa fue la primera en despertar.
-¿Dónde está Samael? – preguntó.
-Ha desaparecido. Habéis logrado un verdadero milagro. La profecía se ha cumplido para regocijo de todos. –
Beqa sonrió relajada.
-¿Y Sárah? –
-Aquí, a tu lado. – señaló Karl.
-Sárah, despierta. Lo hemos logrado. La Tierra está a salvo de nuevo. La profecía del Miserere se ha hecho realidad. ¿Sárah? Sárah despierta. – decía moviéndola. Pero la muchacha no volvía en
sí. Karl empezó a preocuparse.
-¡Sárah! – gritó Peter al llegar a la plaza. Su sonrisa se borró de inmediato al ver a Sárah tendida en el suelo aparentemente sin vida. Fue corriendo hacia ella.
-Mi vida, mi amor. Soy yo, Peter. Despierta, por favor. Has logrado derrotar a Samael. No me dejes ahora que podemos ser felices. – decía suplicante.
Karl lo miró serio.
-Mira, aquí hay una personita que quiere darte un beso. – dijo acercando a Mary a su madre. Mientras tanto, Sandra abrazaba a Beqa con ternura. Nancy y Sofi presenciaban la escena sin decir nada.
-Peter… - dijo Karl.
-¡No! No está muerta. No lo está. Sería injusto que la persona que ha salvado la Tierra no lograra salvarse también. –
La pequeña Mary se acercaba gateando a su madre.
-Peter, no reacciona. Beqa despertó a los pocos minutos y Sárah lleva así más de diez. –
-¡He dicho que NO está muerta! – exclamó Peter. Nancy no miraba al cuerpo de su amiga. Sofi intentaba sin éxito ayudar a Peter.
Fue en ese momento, cuando Mary, rozando con su moflete la cara de Sárah, consiguió lo inimaginable. Todos miraron como Mary y Sárah se elevaron en el aire. A Mary la rodeaba un brillo rosado que nadie esperaba que tuviera. A Sárah, uno plateado, como la luna que reinaba en el cielo. En medio de ellas, Uriel, ataviado con ropajes divinos, acompañado por un hombre que Peter conoció de inmediato, la despertó con un suave roce de su mano en su pecho.
-Son Uriel y Abel. – dijo Peter. Karl no quería perderse ningún segundo de esa escena.
-Vuelve a la vida, princesa. – dijo Uriel. Sárah abrió los ojos y, tras una reverencia del ángel y de Abel, recogió en sus brazos a Mary y, juntas, regresaron a tierra firme. Los destellos ya no estaban. Solo ellas.
-Peter. – dijo Sárah al ver al periodista. Éste, con lágrimas en los ojos, fue hacia ellas para abrazarlas. Karl, visiblemente emocionado, no pudo hacer otra cosa que aplaudir, gesto que todos emularon. En el balcón, Georginno, Bitrianni y Marconni, acompañados de unos recién llegados Adelmo y Adirael, contemplaban la escena también aplaudiendo.
Roma se había salvado. El mundo estaba a salvo. Sárah y Mary estaban bien. Para Peter, ahora las cosas estaban del todo bien.
Un mes después de la derrota de Samael, se celebraron los funerales por Julio III y Gerónimus. En una reconstruida plaza de San Pedro, donde Sárah y Beqa contribuyeron con sus poderes divinos, se instalaron las capillas ardientes. En su trono dorado, Sárah miraba al cielo. Un azul intenso salpicado de algunas nubes como algodones de azúcar, invitaba no precisamente a un funeral, sino a todo lo contrario. Le pareció vislumbrar en una de esas nubes las caras de Michael, Joseph, Mary y de Gerónimus. Comprendió que se habían ganado un sitio en el cielo. Desde el día que derrotó a Samael junto a Beqa, no había vuelto a ver a Uriel ni a sus hermanos. Seguramente estarían donde debían de estar: al servicio de Dios.
-Despidamos con una oración por sus almas, al reverendo Gerónimus y a su santidad el papa Julio III. – dijo el Camarlengo. Todos los allí presentes se sumieron en un silencio enorme. Todos vigilados por la cúpula del palacio vaticano. Las obras de reconstrucción iban muy bien. Quizás en menos de un año, todo estaría tal y como era antes de los ataques.
-Y ahora, su santidad el papa Julio IV, y con permiso de su majestad la emperatriz Sárah Nazario, dirá unas palabras. – anunció el Camarlengo.
Julio IV, haciendo una leve reverencia a Sárah, la cual le devolvió el gesto, habló a las masas allí congregadas.
-Ciudadanos de todo el mundo. – comenzó. Los funerales estaban siendo retransmitidos a todos los continentes. Cortesía de John, cuyas amistades por todo el mundo, le brindaron esa oportunidad.
-Después de la tormenta siempre llega la calma. Una calma que ha tardado en llegarnos. Gracias a la emperatriz Sárah Nazario y a nuestra guardiana de la paz, Irene Cicarrelly, hoy, por fin, gozamos de la era de la Paz y la Concordia. Disfrutemos de ello con alborozo y alegría. –
Todos aclamaron a la emperatriz y a la guardiana de la paz. Cerca del trono dorado donde se sentaba Sárah, Irene se ruborizó. Sintió la mano de su madre agarrando la suya. Le devolvió una sonrisa como nunca antes lo había hecho. Volvía a ser feliz junto a su madre y tras recibir de Sárah el perdón por sus anteriores actos como Lucifer.
-Dentro de tres días, volveremos a emplazarnos en este mismo lugar para celebrar la coronación solemne de nuestra amada emperatriz. ¡Salve Sárah Nazario! ¡Emperatriz de la paz en nombre de nuestro Señor Dios Todopoderoso! – volvió a gritar Julio IV. La gente volvió a aclamar a su soberana.
Sárah se levantó y saludó con una mano. Miró a su derecha y, con el rostro iluminado de orgullo, vio a Peter y a su hija. Sárah pudo leer en los labios del muchacho la palabra TE QUIERO y se lo agradeció con un guiño. Al lado de Peter, Nancy y Sofi estaban llorando a moco tendido, cosa que hizo reír a Sárah. El sol la iluminó al salir de una nube.
-Siempre estaré a tu lado, Sárah. No lo olvides. – dijo una voz a su lado. Sárah la reconoció. Era la voz de Michael. Pero al volverse no había nadie detrás.
-Lo sé. Sé que tanto tú como mis padres, velaréis por mí desde arriba. Gracias. –
Y acompañada de la brisa de la mañana, Sárah bajó del trono para dar el último adiós a Gerónimus y a Julio III, su padre.
El coche que llevaría a Peter, Mary y Nancy al aeropuerto esperaba en las escaleras de palacio. Nancy, profundamente consternada por dejar allí a su mejor amiga, intentó por todos los medios de quedarse, pero fue inútil.
-Sárah debe quedarse en Roma, querida niña. Además, estaremos con ella tanto yo, como Adelmo y Adirael que, en agradecimiento por sus servicios, se le ha otorgado el liderazgo de la guardia suiza. – dijo Julio IV.
-Karl, no me expliques cosas que no entiendo. – dijo Nancy. Julio IV rió por lo bajo.
-Adelmo, cuídala por mí. – dijo Peter cogiendo la mano de Adelmo.
-No te quepa duda, querido amigo. A la vez que me preparo para ser el sucesor de Julio IV, me dedicaré a ser la sombra de Ella. – dijo Adelmo. Se abrazaron.
-Dale recuerdos a John esté donde esté. – dijo Julio IV.
-Lo haré. Creo que está en la India. Está haciendo progresos en su tratamiento para superar la muerte de Michael. – dijo Nancy.
-Ya verás cómo lo logrará. – respondió Adelmo.
En eso, Sárah apareció por las puertas de palacio. Estaba más bella que nunca. Peter la miró entre triste y alegre.
-¿Te ibas sin despedirte de mí? – preguntó Sárah.
-No quería que lo pasaras mal. –
-¿Y tú no lo pasarías mal? –
Peter no respondió.
-Cuídate, Sárah. Hazlo para que todos vivamos en paz. –
-Lo haré por eso y por Mary… y por ti. – dijo Sárah. Se dieron un beso en la mejilla.
-Hasta luego, tía, perdón… majestad. – dijo Nancy.
-Nancy, para ti soy Sárah. Somos amigas, ¿no? –
Nancy asintió y se abrazó a su amiga.
-Venga cariño, dale un beso a mamá. – dijo Peter. Mary alargó los brazos para ir con su madre.
-Hasta pronto, tesoro mío. Cuida de papá, ¿eh? Ahora eres la reina de la casa. – dijo Sárah conteniendo las lágrimas.
-Ma…má. – dijo Mary. Sárah la abrazó con más fuerza que antes. La primera palabra de Mary había sido “mamá”.
Nancy se metió en el coche seguida de Peter. Cuando se cerró la puerta, Sárah no aguantó más. Se quitó la corona y corrió hacia el coche. Peter bajó el cristal y se fundieron en un profundo beso.
Julio IV y Adelmo se miraron.
-¿No te ha quedado claro todavía, verdad? – dijo en voz baja Adelmo. Parecía bastante enfadado. Julio IV no supo qué decir.
Tras el beso y, sin poder hacer nada, Sárah vio alejarse al amor de su vida, su única hija y a la mejor amiga que podía tener.
-Majestad, no se preocupe por ellos. En Londres gozarán de protección vaticana. – la consoló Julio IV.
-Menudas palabras de consuelo. – dijo para sí Adelmo.
Abadía de Ottobeuren.
El nuevo abad de la abadía, Bitrianni, hizo llamar a Marconni.
-¿Deseaba verme, reverendo Bitrianni? –
Éste asintió.
-¿Has traído lo que le te pedí? –
-Por supuesto, reverendo. – dijo y colocó en la mesa un paquete muy bien envuelto.
-Lo he puesto así para que no sospecharan. – dijo medio riendo.
-Pues muy bien. – dijo Bitrianni. Lo abrió y cinco paquetes de cigarrillos aparecieron en lugar de la envoltura.
-Que delicia. – dijo oliéndolos.
-¿Puedo…? –
-Ni lo sueñes, Marconni. Tú tienes los tuyos. – dijo Bitrianni. Ambos se miraron unos segundos. Luego se rieron. Georginno, que pasó por el despacho del abad, los miró.
-Quien los ha visto y quién los ve. - dijo. Tosió para que le prestasen atención. –Perdón por la
interrupción pero me han comunicado que hemos sido elegida de nuevo la abadía más segura de toda Roma, y yo, como secretario personal del abad Bitrianni, es mi deber comunicarlo. –
Peter ofreció a Sandra su apartamento en New York. Aunque al principio rehusó, al final decidió que si quería empezar de nuevo una nueva vida, que mejor que fuera de Roma. Beqa, que ahora estaba conocida como Irene Cicarrelly, heredó todos los bienes de su madre, además del negocio de su “padre”, Alastor. Se convirtió en la muchacha más rica de toda Europa.
John, que nunca más olvidó a Michael, logró acabar con éxito su tratamiento de choque. Pero como trotamundos que era, viajó por todas partes hablando de la emperatriz Sárah y su magnanimidad con los demás. Adoptó a cuatro pequeños: uno chino, una egipcia, un americano y un croata. Les llamó Michael, Sárah, Peter y John, respectivamente. Cuando llegó a oídos de Nancy, se enfureció sobremanera. Así que, arreglando el padre de ella los papeles necesarios, adoptó a dos niñas peruanas: a una la llamó Irene y a la otra Nancy. Fue cuando conoció al que sería el hombre de su vida. Uno de los que trabajaba en la sede de adopciones.
Adelmo se convertiría en el sucesor de Julio IV. Eligió seguir con su auténtico nombre, por lo que se le conocería como Adelmo I. Adirael, hecho todo un capitán de la guardia suiza, no le dejaba ni a sol ni a sombra. Milagrosamente, la cicatriz que antes cruzaba su rostro, fue desapareciendo gradualmente, como por arte de magia. Había recuperado la alegría y la esperanza gracias a la emperatriz. Alessandro, seguía ejerciendo de secretario, pero esta vez de Sárah. Julio IV tenía su propia secretaria, un poco cotilla, pero una buenaza: Sofi. Sárah le habló muy bien de ella a su amigo Karl y, juntos, la convencieron para que prestara ayuda al nuevo papa. Sin duda, la reacción de Sofi fue insospechada. Se tiró a los brazos de Julio IV saltándose todo el protocolo ante la risa incontenida de Sárah y los demás allí presentes.
¿Y Peter? Bebía los vientos por su pequeña Mary. Se puso frente a los negocios de los Free y fue elegido el empresario del año.
Todo iba bien. El mundo se abría paso en una nueva era de paz y serenidad.
La gente era feliz, sin ninguna excepción…
¿Ninguna?
Sólo una persona no parecía compartir esa alegría. Una persona que, gracias a ella, hizo respirar a todo un planeta. Una persona que había pasado muchos sufrimientos para llegar a donde se encontraba ahora, pero que pagó un precio muy grande para conseguirlo.
Esa persona era la emperatriz Sárah Nazario Parker-Valerie. Y los que la rodeaban se dieron cuenta. Tenían que hacer algo para que Sárah recuperara la alegría.
L a onda de choque llegó hasta la pensión de Sofi. Los cristales estallaron, las paredes se resquebrajaron… Peter, con la pequeña en sus brazos, buscaba refugio seguido de cerca por Sandra, Nancy y Sofi por las calles del Vaticano. Por donde quiera que iban, un gentío huía de la ciudad. De nada sirvieron las fuerzas de estado. Fueron aniquiladas por completo en el ataque a la cúpula de palacio.
-Esa explosión ha venido de donde estaban Sárah y Beqa. – dijo Peter.
-Espero que estén bien. – suplicó Sandra.
-¡Claro que lo estarán! – exclamó Sofi. –Sárah no es de las que se dejan avasallar por cualquiera. ¿No es cierto? - La pregunta iba hacia Peter.
-… Claro. – dijo el periodista confundido.
-Por supuesto. – replicó Nancy.
Sárah recuperó el conocimiento. Beqa permanecía a su lado, aún inconsciente. No lejos de ellas, el cuerpo de John, aún cubierto de una especie de placenta color sangre, no daba señales de vida.
-¡John! – dijo yendo hacia él. Lo colocó boca arriba. Le asestó dos bofetadas para que reaccionara. Parecía inútil. Al fin, y después de practicarle el boca a boca, empezó a respirar dificultosamente.
-¡John! Gracias a Dios. ¿Estás bien? – preguntó contenta Sárah.
-Si… recuérdame que… no te de un beso… después de haber comido ajo… -
-Lo siento. Antes de venir comí… Un momento… ¡Por fin vuelves a ser el mismo de siempre! – dijo y lo abrazó como una loca.
-Calma, calma. Que aún me duele todo. ¿Dónde estoy? – dijo John mirando a su alrededor.
-Es una larga historia. Estabas poseído por el espíritu de Samael. Entró en ti mediante Adán. Se ve que el ritual salió mal al fin y al cabo. Fue una trampa del mismo Samael. Te utilizó para realizar sus fechorías. Y estás en las puertas del palacio del Vaticano. –
John se quedó con la boca abierta.
-Dios mío, cuántas maldades habré cometido. – dijo llevándose las manos a la cara.
-No te preocupes. No eras tú. Deberías irte de aquí. Samael no tardará en regresar con más poder y no es conveniente que te vuelva a poseer. Peter y los demás estarán sin duda refugiados en la salida de la ciudad. –
-¿Los demás? ¿Michael ha venido también? – El semblante de Sárah palideció.
-No, John. Pero estuvo a mi lado mientras estabas poseído. Fue quien me salvó y a mi bebé de la secta. –
-¿Tu bebé? ¿Ha nacido ya? Soy “tito”. ¡Genial! Me pido ser el padrino cuando regresemos a
Londres. –
-Sí, cuando regresemos a Londres. –
John, con ayuda de Sárah se levantó y, a pesar de estar un poco mareado, el equilibrio no le falló.
-Vaya con nuestro Michael. Está hecho todo un héroe. ¿Y dónde está? –
-… Pues verás… -
-No me lo digas. Ha vuelto a Londres. En cuanto vio la magnitud de la batalla, volvió a ser el Michael que conocemos. –
-No exactamente. Él… ha muerto. Pero no ha sido culpa tuya. –
La frase él ha muerto le taladró el cerebro. Fue una bomba que explotase en su estómago cuya onda expansiva le llegase a la garganta.
-¿…muerto? – dijo con un hilo de voz.
Sárah asintió.
-¿Quién… quién lo mató? –
-Un sicario de Samael. - John apretó los labios.
-¿Ha sido vengado? – dijo mirando a otro lado.
-John no retengas las lágrimas. Si quieres desahogarte… -
-¿Ha sido vengado sí o no? – volvió a preguntar John. Sárah lo miró.
-… Si. Yo misma lo hice. Y no debería de haberlo hecho. Uriel me recordó las normas de un Mesías. No debí tomarme la justicia por mi mano. Al menos en beneficio propio. –
John cerró los ojos y levantó la cabeza hacia un cielo totalmente encapotado.
-Era muy especial para mí. – dijo.
-Lo sé.-
-Ya. – dijo sonriendo. –Siempre le dije que era un cotilla. ¿Desde cuándo lo sabías? –
-Eso no importa. Y nunca me lo dijo. –
-Olvidaba que eras un Mesías. Lees los pensamientos. –
Sárah sonrió levemente.
-Ha sido a la persona que más he querido en toda mi vida. Cuanto habrá sufrido al verme… así. –
-No sabía nada. – mintió Sárah. Quería ahorrarle más pesar a su amigo.
-Raro viniendo de Michael. Me resultará extraño hablar de él en pasado. – dijo apesadumbrado.
-No lo hagas. Michael sigue vivo entre nosotros. Mientras siga en nuestros corazones, vivirá para siempre. Además, nos tienes a nosotros, John. – dijo Sárah dándole un beso en la mejilla. John agradeció el gesto besando la mano de la muchacha.
-Dime que todo saldrá bien, Sárah. Cuando lo dices tú, suena de una manera distinta. Inspiras confianza y traes esperanza. Por cierto, sabrás a lo que te atarás si sales victoriosa, ¿verdad? –
Sárah asintió. Tras eso, John salió en busca de Peter y los demás, dejando a Sárah sola en medio de la plaza.
-Es algo que deberé asumir por el bien de todos. -
Adelmo, Adirael y Alessandro velaban el cuerpo sin vida de Joseph.
-No puedo creer que nos haya dejado. – dijo Alessandro.
-Los justos son los que pagan las consecuencias de los malvados. – respondió Adelmo.
-Ya no hay que preocuparse por él. Lo que os debería de preocupar es lo que está por llegar. –
dijo Adirael mirando al cielo.
Adelmo y Alessandro lo imitaron. El cielo se había tornado de un rojo fuego que aterraba.
Marconni volvió en sí. Pero más le hubiera valido no hacerlo. A su lado, y traspasado por una viga de un edificio destruido, yacía sin vida el abad Gerónimus. El superior de Ottobeuren había dejado de existir. Se persignó y empezó a rezar delante del cuerpo.
En palacio, Karl acompañado por Georginno y Bitrianni, daba las últimas instrucciones a la guardia suiza.
-Tenemos que proteger la única entrada que queda intacta. – decía el recién renovado cardenal.
-Me alegro que al fin hayas sentado esa cabezota que tienes y regresaras con nosotros, Karl. – dijo Bitrianni.
-Siempre he acudido a la llamada de mis amigos. –
-¿Siempre? – preguntó Georginno.
-Casi siempre. – corrigió Karl.
-¡Eminencia! ¡Eminencia! – gritaba un miembro de la guardia al tiempo que corría como un poseso.
-¿Qué ocurre? –
-Malas noticias, Eminencia. Su santidad… Julio III… ha muerto. –
-No puede ser… - dijo Bitrianni.
-¿Estás seguro de eso? – preguntó Karl.
-Tan seguro como que estoy hablando con el futuro Papa, Eminencia. – dijo el guarda y se arrodilló ante Karl.
-Mal momento para volver, viejo amigo. – dijo Bitrianni ante un pasmado Gerginno.
-¿Y Sárah? – preguntó Karl.
-Sigue luchando. –
-¿Sola? –
-No. - Un gesto de triunfo apareció en los ojos de Karl.
-Aún no está todo perdido. – dijo Karl adivinando con quien estaba Sárah.
-¡Beqa! ¡Beqa despierta! – decía Sárah zarandeándola. Beqa abrió los ojos.
-Sárah… ¿qué fue ese tremendo golpe? ¿Dónde está John? –
-Tranquila. Está junto con Peter y los demás. –
-¿Has visto que cielo? – preguntó Beqa alzando la vista.
-Ya lo he visto. Se acerca cada vez más. –
-¿Hay que utilizarlo? –
-Para eso está aquí, para ser utilizado. –
-¿Y si sale mal? –
-No tiene por qué. – dijo mostrando el pergamino.
-Espero que no me haga daño unirme a ti. – dijo Beqa cogiendo la mano de Sárah.
-Te acostumbrarás. – dijo riendo ésta.
-Bueno, allá vamos… - dijo Beqa y, junto a Sárah, se dirigieron al centro de la plaza donde el obelisco había sido construido hacía siglos.
John buscaba desesperado a Peter y a los demás. Aunque pensaba en cómo le iban a recibir después de saber que Samael lo poseyó. Al cabo de unos minutos, reconoció a los lejos a alguien que le era muy familiar.
-¡Peter! – gritó.
Peter volvió la vista hacia él. Al principio pareció desconfiar, pero algo distinto en la mirada de John, le hizo saber que estaba en presencia de su viejo amigo.
-¡John! Viejo zorro. Sabía que lograrías salir de ese monstruo. – dijo abrazándole. Nancy fue hacia él con gesto alegre.
-No lo hubiera conseguido sin la ayuda de Sárah y Beqa. –
-¿Aún están allí? –
-Ahora es cuando todo empieza… o todo termina. – dijo John. Peter lo miró de reojo.
-Sigues hablando como siempre, tío. –
John volvió a abrazar a su amigo, contento y aliviado por lo bien que lo había recibido. Para él, todo estaba ya bien. O casi…
Las ventanas del balcón principal de palacio se abrieron de par en par. Por ella, Karl, Georginno y Bitrianni salieron al exterior. El semblante de Karl se tornó apesadumbrado. Todo estaba destruido. El obelisco, la cúpula, el puente, la avenida…
-Cuantas víctimas inocentes, Señor. – dijo suspirando. Bitrianni y Georginno miraron alrededor.
-Mirad, ahí están Sárah y Beqa. – dijo el muchacho. Karl contempló lo que había cambiado su querida niña. Ya no era la ingenua adolescente de hace tiempo. Se encontraba en presencia de otra Sárah. Tan ensimismado estaba pensando en mejores tiempos, que no se dio cuenta del color del cielo.
-Amenaza tormenta. – dijo Bitrianni.
-Esto no es una tormenta – dijo Karl. En seguida, gritó para advertir a las chicas.
-¡Cuidado! ¡Está aquí! –
En efecto. Tras un estruendo de relámpagos y bajo una nube roja como el cielo que las rodeaba, Samael, con su verdadero rostro, apareció. Todavía tenía el aspecto de lo que fue, un ángel de Dios. Su rostro era hermoso, pero sus facciones daban a entender sus crueles intenciones. Las alas blancas habían dejado paso a las alas demoníacas de los murciélagos. Su cabello, suelto al viento, de color oscuro, parecía no tener fin. A diferencia de Uriel, su armadura era negra como la brea y el carbón.
-Todo será oscuridad. – dijo en cuanto apareció.
-¿Cómo se habrá podido recuperar tan pronto? – dijo Beqa.
-Y no solo eso. Ha aparecido con su aspecto original. Sin duda alguna, Beqa, el niño que llegó del cielo, era una carcasa. –
Beqa se mordió los labios. Su estratagema había fallado.
-No te culpes. Yo tampoco me di cuenta. – dijo Sárah para tranquilizarla.
Samael bajó al suelo. Su aspecto era amenazador, como si en cualquier momento fuera a explotar.
-Samael, tu hora ha llegado. Vas a pagar por todos tus crímenes y maldades. ¿Ves a ese hombre en el balcón de palacio? Es el futuro Papa, el que calmará al mundo cuando tú hayas desaparecido. - dijo Sárah señalando hacia arriba.
-Más nos hubiera valido que no nos señalara. – dijo Georginno.
-No seas cobarde. Hay que dar la cara ante el enemigo. – le reprendió Bitrianni.
-Sárah… ¿cómo puede saber que seré el futuro Papa? – se preguntó Karl.
-¿Acaso has olvidado que es un Mesías? Lo sabe todo. – dijo Bitrianni. Karl resopló.
Samael echó un rápido vistazo hacia el balcón. Escupió al suelo y una lengua de fuego surgió a sus pies. La recogió, la hizo crecer con su aliento y la mandó en dirección al balcón.
-¡¡¡Cuidado!!! – gritaron Bitrianni y Geoginno. Karl permaneció en su puesto como si de una estatua se tratase. Cuando la lengua de fuego iba a tocarle, Uriel la paró con un gesto de su brazo.
-Estos aposentos están protegidos contra seres como tú y sus acciones. – dijo el ángel calmadamente. Samael parecía enfurecido, pero en el acto volvió a mirar a Sárah y Beqa.
-Sabía que ese punto estaría bloqueado para mí. Por eso he actuado así. –
Sárah y Beqa se colocaron una al frente y la otra detrás del ángel caído.
-Deberían de pasar a la acción sin más preámbulos. – dijo Karl. –Samael no es de los que se amilanan por cualquier cosa. –
En efecto. Con un simple movimiento de sus manos, la tierra se abrió bajo los pies de Beqa y Sárah, que estuvieron a punto de caer. No tuvieron más remedio que volver a estar espalda contra espalda.
-¿Y bién, Sárah? ¿Cómo lo hacemos? – preguntó Beqa.
-Ya se me ocurrirá algo. Mientras nos esté leyendo el pensamiento no podremos unirnos y utilizar el Miserere. –
-¿Y cómo lo hacemos entonces? Si lee nuestras mentes, siempre estará preparado para impedir la unión y para parar cualquier ataque nuestro. –
-Si. Es un auténtico problema. – dijo Sárah resignada.
Peter, John, Nancy, Sandra y Sofi en cuyos brazos dormía Mary, estaban expectantes ante cualquier cosa que pudiera ocurrir.
-¿Por qué no se oye el clamor de la batalla? – preguntó John.
-Es extraño. Deberían de haber hecho ya la unión. –
-Peter, no les habrá pasado nada, ¿verdad? – preguntó Sandra.
-Tranquilícese. Sárah sabe cuidarse por sí misma. Y Beqa no es una excepción. – dijo Peter. Aunque él mismo estaba preocupado por ellas. El Miserere estaba en manos de Sárah. Beqa estaba a su lado. John había salido del cuerpo de Samael. Éste se encontraba frente a frente a las dos reencarnaciones mesiánicas. Todo encajaba por fin en el puzle más complicado que Peter había visto jamás… pero no actuaban. Algo estaba pasando en la plaza de San Pedro.
-Iré a echar un vistazo. – dijo al final Peter.
-No, Peter. Sárah no querría que te metieras en la boca del lobo. ¿Qué pasaría si tanto a ti como a ella os pasase algo? ¿Qué sería de Mary? – inquirió John.
Peter miró a su hija plácidamente dormida en brazos de Sofi.
-Lo hago por Mary, John. – dijo y, tras decir eso, salió corriendo calle abajo.
-Vaya un idiota. – dijo John dando una patada al suelo.
-Un idiota con dos pares muy bien puestos. – dijo Nancy.
De nuevo cayeron Sárah y Beqa tras un tremendo golpe de Samael. Por mucho que hicieran, el ángel caído siempre se anteponía a sus movimientos. Y por lo tanto, no podían utilizar el Miserere.
-Esto va de mal en peor. – dijo Georginno desde el balcón. Karl presenciaba la escena sin poder hacer nada. Tenía que haber alguna manera de distraer, aunque solo fuera unos escasos segundos, a Samael para que las chicas lograran el tiempo necesario para realizar la unión y desplegar el poder del Miserere, el cual brillaba más que nunca en manos de Sárah, deseando ser pronunciado.
-¿Ese no es Marconni? – preguntó Bitrianni sacando a Karl de sus pensamientos.
El monje tenía razón. Marconni, cojeando, llevaba a Gerónimus en brazos, sin vida. Karl hizo un gesto a la guardia para que fueran en su ayuda y abrieran las puertas de palacio. En menos que canta un gallo, Karl se encontraba frente a frente con Marconni.
-Lo encontré traspasado por una viga. – dijo sin inmutarse. –Ya he rezado por su alma. –
-Marconni, sé cuánto apreciabas a Gerónimus. Lo tenías como… -
-… como un padre, si. Él me enseñó todo lo que sé. Aunque últimamente he aprendido cosas a sus espaldas. –
-¿Cómo cuáles? – preguntó Karl.
-Nunca me enseñó a respetar a los demás. No en cierto sentido. Cuando Adelmo volvió de Londres, sentí celos. Todo Ottobeuren sabe que Adelmo era el favorito de Gerónimus. Yo ansiaba tener ese privilegio. Por muchas cosas que hiciera, nunca me lo agradecía. Pero me callaba porque le respetaba. Al saber que me eligió a mí para volver al Vaticano, me llené de orgullo y pensé: “He superado a Adelmo en este aspecto”. Pero me equivoqué de nuevo. Sus ideas se basaban en las del joven monje. A raiz de ese momento, me preocupé más por mí y por los demás. Ellos no tienen la culpa de mis antipatías. - explicó Marconni.
-Adelmo te necesita, querido amigo. Tus consejos le servirán de ahora en adelante para tomar sus decisiones. –
-Si hay un después… -
-Lo habrá. Ya lo verás. Oremos para que así sea. – dijo Karl agarrando el hombro de Marconni. Éste, asintió y por primera vez, sonrió.
-Necesitamos tiempo. – dijo Beqa secándose un fino hilo de sangre que salía de su cabeza.
-Un tiempo que no disponemos, por desgracia. Para nuestros ataques, impide que realicemos la unión… Ya no sé que más hacer.-
En eso, un muchacho que Sárah conoció de inmediato apareció en escena.
-¡Peter! ¿Qué haces aquí? Corres peligro. –
-Vengo a ayudarte. He escuchado lo último que has dicho. Yo te daré ese tiempo. –
-¡No! – exclamó Sárah.
-Peter, Samael no es un simple miembro de Némesis y ya está. Es el líder, el ser superior, el ángel caído original. No lograrás nada luchando contra él. Eres humano. – dijo Beqa.
-Dejadme intentarlo. Solo pido eso. –
-He dicho que no, Peter. – dijo Sárah. Pero fueron interrumpidos por unas llamas provenientes de Samael. Peter chocó contra Sárah y Beqa salió despedida por los aires. Fue tal la explosión, que los cimientos del palacio temblaron. Ante tal ruido, Karl volvió a salir al balcón.
-¿Qué ha sido eso? –
-Samael ha lanzado un ataque de llamas hacia las chicas y hacia un muchacho que acababa de llegar. – dijo nervioso Georginno.
Karl intentaba ver dónde estaban, pero la nube de polvo y las piedras se lo impedían.
-¡Si ese el único poder que tenéis, es una decepción para mí, que esperaba algo diferente de unos Mesías! – gritaba como loco Samael.
-Si no pudieras leernos los pensamientos te ibas a enterar de lo que valemos, hijo de puta. –
dijo Beqa saliendo de debajo de unas piedras. Peter ayudó a Sárah a ponerse en pié.
-Sárah, por favor. Es nuestra única oportunidad. Déjame intentarlo, sólo te pido eso. A cambio, tendréis el tiempo suficiente para uniros. –
-Pero Peter… -
-Date prisa en decidir, Sárah. ¡Mira! – dijo Beqa señalando hacia el palacio. Samael, utilizando su poder, estaba destruyendo poco a poco pero efectivamente, el palacio papal. Karl, junto a Georginno, Bitrianni y Marconni se tambalearon y cayeron al suelo.
-¡Karl! – gritó Sárah. –Hay que hacer algo. –
-Yo voy. Si o si. Estoy decidido a correr el riesgo. –
-Peter… - dijo Sárah.
-Decídete pronto, Sárah. –
-… ten cuidado, ¿vale? No quiero que mueras. Mary te necesita… y yo también. – dijo Sárah.
-Mi vida… - dijo Peter cogiendo sus manos.
-¡Deja de tratarme como un Mesías! – dijo enfadada Sárah y quitando sus manos. Peter la miró extrañado.
-Soy tu futura esposa. – dijo al momento y lo besó como nunca antes lo había hecho. Beqa miró para otro lado y se metió un dedo en la boca, como vomitando.
-Volveré. – dijo Peter tras el beso. Y salió en pos de Samael.
-Las cosas del amor me dan ganas de vomitar. – dijo Beqa.
-Ya llegará tu momento. – dijo Sárah.
-¿Crees que llegará después de todo esto? –
-Luchemos juntas para que así sea. – dijo Sárah. Ambas amigas se cogieron de la mano y asintieron juntas. El momento de la verdad se acercaba.
Por la cabeza de Peter pasó como un rayo, todos sus recuerdos junto a Sárah: cuando la vio por primera vez en el Pub Edén y fue muy borde con él, cuando se presentaron más tranquilamente, cuando bailaron y fueron a la ribera del Támesis e hicieron el amor bajo la lluvia, el nacimiento de Mary… Parecía como si, en esencia, Sárah lo estuviera acompañando en su encuentro con Samael.
Éste, triunfante, seguía sembrando el caos y la destrucción. No paraba de derribar cosas, de hacer uso de su poder para acabar con las pobres personas que, buscando una salida, se metieron de lleno en plena plaza de San Pedro.
-¡Alto! – gritó Peter al llegar. Samael dejó por un instante lo que estaba haciendo y lo observó. Una carcajada resonó en el lugar.
-Un insignificante humano quiere desafiar al ángel caído más letal de la creación. Esto no me lo esperaba. –
-Quizás no sea tan insignificante. – dijo resuelto Peter.
-Hablas mucho y haces poco. – dijo Samael. Abrió sus ojos rojos y rodeó a Peter en un círculo de fuego.
-Mierda… - pensó Peter. Ahora estaba neutralizado. Samael volvió a reir a carcajadas.
-¿Ves, Peter Débereh? Eres un insignificante humano. Yo en cambio, soy Samael, el verdadero ángel del caos. Y muy pronto, el que se sentará en el trono del pescador y gobernará con mano de hierro a los demás. El infierno volverá a la Tierra y la convertiré en un páramo estéril. –
-Deberías de cambiar de decorador, Samael. – dijo alguien desde atrás. Adirael había hecho acto de presencia sin que el ángel demoníaco lo hubiera percibido. De esto se dio cuenta Peter.
-¡Traidor a tu orden! – exclamó Samael señalándole con el dedo.
-Tu orden es una farsa. ¿Cuándo te hubieras deshecho de Némesis? ¿Al tener el control del mundo? ¿Al haberte librado del poder del Vaticano? ¿Cuándo Sárah y Beqa hubiesen muerto? Tienes el suficiente poder para hacerlo todo tú solo. No necesitabas a Némesis para nada. ¿Quién es el traidor ahora? – dijo Adirael desafiante.
Samael recelaba. ¿Cómo había podido entrar en su mente?
-Utilizas lo que te enseñaron para ponerlo en mi contra. –
-Por fin lo has descubierto. Si él, -dijo mirando a Peter-, es un insignificante humano, aquí tienes a alguien de tu talla. –
Samael pareció estallar de furia. De la nada, una espada apareció en sus manos.
-Eso es… lo estaba esperando. – dijo para sí Adirael. Igualmente, otra espada apareció en las manos de éste.
-¿Empezamos? – dijo y, de un gran salto, ambos se enzarzaron en un duelo de espadas increíble.
Mientras tanto, Peter, ya libre del círculo de fuego, logró hacer entrar en la plaza a Sárah y a Beqa.
-Vaya Peter, lo has logrado. – dijo Beqa.
-Dejad los aplausos para más tarde. Samael está ocupado con Adirael. Es la oportunidad que estábamos esperando. ¡Uníos! –
-Si, por fin he dejado de notar la presión de los ojos de ese loco. – dijo Beqa. Sárah asintió aliviada.
-Te quiero. – dijo Peter.
-Y yo más. – respondió Sárah. Con un gesto de su dedo pulgar, Peter salió de la plaza a tiempo de ver arriba un choque de espadas de Samael y Adirael.
-Bueno Beqa. Llegó el momento. –
-Por mi madre… -
-Por la mía y por Joseph, mi padre… -
-Por Michael… -
-Por Nancy… -
-Por nuestros amigos que han luchado a nuestro lado… -
-Por el futuro de este bello planeta… -
-Por el amor, por Peter y por Mary. – dijo finalmente Sárah.
Samael y Adirael juntaron las caras mientras forcejearon con las espadas.
-Estas acabado. – dijo Adirael.
-No cantes victoria tan pronto. – dijo mordazmente Samael. En un descuido de Adirael, el ángel caído chasqueó los dedos y tres enormes serpientes lo apresaron. La espada de Adirael cayó. Estaba maniatado.
-¿Qué me dices ahora? –
-Has jugado sucio, Samael. Muy de tu estilo. - Adirael, aún sin fuerzas para soltarse, seguía desafiando al que fue su mentor.
-Te dije que te mataría con mis propias manos y lo voy a cumplir. – dijo. Colocó la punta de la espada en el corazón de Adirael. –Despídete de este mundo. – Alzó la espada y… un fuerte tronar lo dejó todo en silencio. Adirael sonrió. Samael, mirando al cielo, contempló horrorizado que había cambiado de color. El rojo sangre había dejado paso a un blanco casi inmaculado.
-Me has tendido una trampa. – dijo mirando a Adirael.
-He cerrado mi mente y a la vez, he dado el tiempo suficiente para que Sárah y Beqa… -
Samael miró hacia la plaza. Ya no había dos muchachas ahí abajo.
Los cuerpos de Sárah y Beqa se juntaron espalda con espalda. Sárah, levantó el Miserere en alto y, al unísono, ambas gritaron:
-¡Ego Sun! –
Una burbuja transparente las rodeó. Dentro parecía haber agua. Las dos muchachas, sintieron como todo su ser se fundía con el de la otra, sin apenas sufrir dolor. Un rayo de luz subió hacia el cielo, limpiándolo de ese color rojo plomizo que parecía no acabar nunca. Un tronar ensordecedor dejó paso a un silencio sepulcral. El mundo entero había callado. El mundo entero estaba observando. El mundo entero fue testigo del advenimiento de un Mesías.
-¡Samael! – gritó desde la burbuja. Con un gesto de la mano, la dicha burbuja explotó. La persona que había aparecido no era ni Sárah ni Beqa. Una larga cabellera rubia, unos ojos de un color rosa claro, piel blanca como la nieve y vestida con una túnica blanca adornada con finos hilos de oro, dieron a entender a Samael que la unión se había realizado y había surtido efecto.
-¡Mesías! – gritó Samael olvidándose de Adirael, el cual, contemplaba maravillado al ser que apareció en la plaza.
-Por fin nos vemos las caras. – dijo Samael llegando al suelo.
-Será por poco tiempo. – contestó el Mesías. Su voz era como el tañir de una campana de bronce pero a la vez, grave.
-Estás muy seguro. –
-No sabes cuánto. – y sacó el Miserere.
-¡Espera! – exclamó Samael con los ojos fuera de sus órbitas.
-¿Y ahora qué? –
-Sigues las órdenes de ese Dios tuyo, ¿verdad? ¿Has pensado alguna vez por qué no hace nada por los humanos, esos que tú tanto defiendes? –
El Mesías no decía nada.
-Lo único que hago es anticiparme a lo que Él hará cuando se canse de la Tierra. ¿Crees que acabando conmigo terminará todo? Estás muy equivocado, Mesías. Lo que lograrás es acabar con el obstáculo que tiene tu Dios para destruir la Tierra con sus propias manos. Óyeme bien esto: ¡Lo perderás todo! –
El Mesías, alzando el brazo derecho, lo lanzó por los aires.
-Del que estás hablando es de ti mismo. Mi Dios solo quiere lo bueno para su creación. Tuviste envidia por que dio alma a los hombres. Y engañaste a Lucifer para que se revelara contra Dios. Al castigarlo injustamente, te dejó el camino libre para tu venganza. – decía mientras lo seguía elevando por los aires.
-¡Detente! – gritaba fuera de sí.
-Si Dios no hace nada por la Tierra, es simplemente, porque confía en los humanos. Algún día sabrán lo que hay que hacer. Y ese día, ¡créeme!, ha llegado. - Con un ademán de su mano, Samael paró en seco en el aire.
-Mesías… -
Abriendo el Miserere, empezó a leer:
-MISERERE MEI, DEUS, SECUNDUM MAGNAM MISERICORDIAM TUAM
IN INIQUITATIBUS CONCEPTUS SUM: ET IN PECCATIS CONCEPIT ME MATER MEA
AUDITUI MEO DABIS GAUDIUM ET LAETITIAM: ET EXULTABUNT OSSA HUMILIATA. -
Del cielo bajaron ángeles armados que rodearon a Samael. Uriel, Miguel y Gabriel hicieron lo mismo. Se abrió un agujero en el cielo blanco que dejó caer un haz de luz poderosísima que cayó sobre Samael.
-¡No tienes… nada… Mesías…! – gritaba mientras su cuerpo se desmembraba.
El Mesías, acercándose a Samael, lo miró con ojos serenos.
-Yo tengo mi alma y mi fé. Qué tienes tú… ¿“ángel”? -
Samael, mirando a su gran rival, empezó a desaparecer. Los ángeles, Uriel y sus hermanos se adentraron en la luz. Un grito se escuchó desde dentro y una explosión lo envolvió todo.
A eropuerto de Roma.
El vuelo procedente de Londres, Inglaterra, acababa de tomar tierra. Además de los otros pasajeros, en el vuelo iban Sárah, Nancy con la pequeña Mary y Sandra. Ésta última, oculta con unas gafas de sol enormes que le prestó Nancy y un pañuelo morado en la cabeza. No quería que nadie de la secta la reconociera.
Sárah miró a su alrededor.
-De nuevo aquí. –
-¿Qué dices? – preguntó Nancy.
-Nada, nada. Estaba pensando en voz alta. – respondió su amiga. Al coger en brazos a la pequeña, un fuerte mareo hizo que casi se le cayera al suelo.
-¡Sárah! – exclamó Nancy.
-Nancy… ha estado aquí… Lo noto. Hará como… una hora… Hay que salir de aquí.- decía atropelladamente. Nancy miró a todos lados.
-Pero si esto está la mar de tranquilo. ¿Estás segura? –
-Tan segura como que te estoy hablando. –
-Joder Sárah. – dijo cogiendo a Mary.
-Ella tiene razón. Hay que salir de aquí. Y sé el sitio perfecto. – dijo en ese momento Sandra.
-Me parece buena idea. Disculpadme un minuto. La naturaleza me llama. – dijo Nancy.
-No es buen momento para… - dijo Sárah.
-No he visto a un tío que esté buenísimo… Es que si no voy ahí, me lo hago encima. Los nervios… ya sabes. – dijo señalando los servicios. Sárah rió.
Al cabo de breves instantes, y ya resuelto el problema, Nancy se agachó a colocarse bien las botas. Fue cuando vio, debajo de unos asientos, una extraña caja muy bien envuelta.
-¿Una bomba? – se dijo para sí. Dirigiéndose hacia la caja, la sacó de debajo del asiento. Pegó el oído a la caja. Dentro no parecía haber nada. Y pesaba más bien poco.
-Mira, me servirá para guardar mis cosméticos. – dijo resuelta. De nuevo fue donde estaban Sárah y Sandra.
-Has tardado un poco, ¿no? – preguntó su amiga.
-Perdona. Me he entretenido cogiendo esta pequeña caja que me he encontrado. La utilizaré para guardar mis cosas. –
-Venga, vámonos. – dijo Sandra.
El olor era insoportable.
Adelmo junto a Adirael se encontraban en lo que parecía ser una sala contigua a un gran salón. Adirael contó que antes era una sala de espera para las personas que deseaban entrar en las filas de Némesis hacía más de cincuenta años.
-Menos mal que tengo un guía que sabe por dónde va. – dijo Adelmo. Adirael se paró en seco.
-No creas que me siento orgulloso de haber pertenecido a este lugar. - Su voz sonó fría y distante.
-Lo siento. – se apresuró a decir el joven cardenal. Adirael hizo un gesto de pasotismo y siguieron adelante. El silencio reinante solo era interrumpido por los pasos que daban y por la respiración agitada y nerviosa de Adelmo.
-Respiras muy fuerte. – le indicó Adirael.
-Perdón por vivir. – dijo enojado Adelmo.
-No me malinterpretes. Pero Samael es muy astuto y tiene oídos muy finos. Puede oir volar un mosquito a kilómetros mientras él esté aquí. –
Adelmo se sorprendió. Empezaba a pensar que Adirael era una caja de sorpresas que aún no había revelado la traca final. Sintió lástima por él por todo lo mal que le habían tratado.
-Para. – dijo poniendo su mano en el pecho de Adelmo. Éste tragó saliva.
-¿Qué pasa? –
-Ahí dentro hay alguien. – dijo señalando una puerta oscura.
-¿Tú crees? – preguntó contrariado Adelmo. Adirael asintió con la cabeza. Se colocaron a ambos lados de la puerta.
-Cuando yo diga “tres”, la abriremos de golpe. ¿Entendido? –
-Blanco y en botella. – contestó Adelmo muerto de miedo.
-Uno… dos… ¡tres! – exclamó Adirael. Juntos echaron la puerta abajo con sus hombros y ante la vista de Adelmo, un muchacho aprisionado con cadenas le devolvió la mirada.
-¡Peter! – gritó Adelmo en cuanto se hubo acostumbrado a la oscuridad.
-¿Adelmo? ¿Eres… tú? – dijo con dificultad. Adirael se apresuró a socorrerle.
-¿Quién eres tú? – preguntó aturdido Peter.
-Soy de los vuestros. – dijo Adirael.
-Cuanto me alegro de verte, Peter. Veníamos a espiar cualquier movimiento de ese ser de los infiernos y te hemos encontrado a ti. –
-Tengo que hablar con Sárah… la caja… el pergamino… en el aeropuerto… - decía agarrándose a Adirael.
-Está febril. Hay que sacarlo de aquí. – dijo Adirael. Adelmo, después de que con una fuerza sobrehumana Adirael rompiera las cadenas, se echó a Peter sobre su espalda.
-¡Rápido! Siento como su presencia se reafirma más. – dijo Adirael. En eso, y tras Adelmo, apareció rodeado de unas nubes oscuras y con unos ojos rojos que echaban fuego, Samael.
-¿Dónde creeis que lleváis a mi invitado especial? – preguntó. Adelmo y Adirael ni se volvieron. Estaban paralizados.
-La fiesta está a punto de empezar y vosotros pretendéis llevaros la sorpresa. Eso no está bien. – dijo con sarcasmo.
-Maestro… - dijo Adirael dando la cara.
-Adirael… que agradable sorpresa. Creía que estabas muerto. –
-Para algunos, si. – respondió tan frío como siempre.
-¿Qué haces? – dijo en voz baja Adelmo.
-Solo pretendía impedir que este sujeto cumpliera con la misión que Julio III le había asignado. Iba a hacerlo cuando hiciste acto de presencia. – dijo sin mirar la cara de Adelmo. Éste no se podía creer las palabras de Adirael.
-¿Qué dices? – dijo con una furia que se le estaba despertando en su interior. Fue cuando Adirael le guiñó un ojo. Adelmo comprendió.
-Deshazte de él, entonces. – dijo inmisericorde Samael. Adirael asintió.
-Adirael… - dijo Adelmo sin confiar en todo en él. Adirael avanzó hacia ellos con los brazos estirados, como un autómata. Pero algo no cuadraba. Uno de los dedos de Adirael señalaba hacia abajo. Adelmo hizo caso. Estaba en medio de una trampilla camuflada como si fuera una alfombra. Adirael le volvió a guiñar un ojo. Tras decir con los labios la palabra GRACIAS, con Peter a cuestas dio un salto y rompió la trampilla, cayendo los tres amigos por ella.
-¡Maldito mocoso! – gritó Samael. Y como apareció, se esfumó.
La caída parecía no tener fin. Adelmo intentaba por todos los medios que Peter no sufriera daño alguno. Adirael no lograba sujetarse a algo que sobresaliese. Todo era caída libre hasta que…
-¡Aaaaaay! – exclamó Adelmo chocando con la espalda de Adirael. Peter cayó sobre la mullida hierba. Estaban fuera de la mansión de puro milagro.
-¿Dónde estamos? –
-Fuera. Tenemos que volver al palacio del vaticano antes que Samael despliegue todo su poder. – dijo Adirael.
-Adirael. – dijo Adelmo parando en seco al monje. Éste se volvió y miró los ojos del joven cardenal. Brillaban de emoción y una sonrisa de oreja a oreja le hacía mucho más jovial.
-Gracias por lo que has hecho por Peter y por mí. Te has arriesgado a que ese ser te… -
-Después me lo gradecerás. ¡Vamos! – dijo Adirael y, cogiendo esta vez al maltrecho Peter en su fornida espalda, pusieron rumbo a palacio.
Samael, en lo más alto de la mansión los vio partir. Sus dientes rechinaban de puro odio.
-Este golpe bajo ha sido una verdadera sorpresa, Adirael. Con mucho gusto te mataré con mis propias manos dentro de breves horas. Solo tengo que esperar que esté en perfectas condiciones el as que guardo bajo la manga. –
Alguien apareció detrás de ella. Llevaba una gran túnica negra con capuz puntiagudo. Parecía la muerte reencarnada.
-Veo que al fin despiertas. Nos vamos. Ha llegado la hora. – dijo Samael. Y ambos, desaparecieron.
Faltaban cuatro horas para la medianoche. Sárah, Nancy, la pequeña Mary y Sandra llegaron al Vaticano. Sárah reconoció aquella pensión destartalada donde Sandra se disponía a entrar.
-Es la pensión de Sofi. – dijo con una débil sonrisa.
-¡Querida! – exclamó alguien desde dentro.
-Baja la voz, ¿quieres? Lo único que me hace falta es que sepan que he vuelto. – dijo Sandra.
-Y traes más gente contigo. Mírala que interesante. Pero… si es… -
-Hola Sofi. – dijo Sárah. Sofi se abalanzó hacia ella. Un gran abrazo aprisionaba a la pobre Sárah, que sintió sus costillas crujir.
-¡Para! ¿Qué quieres, asfixiarla? – dijo Sandra. Sofi la soltó con una sonrisa.
-¿Por qué no me dijiste quién eras en realidad cuando nos conocimos, querida? –
-No era el momento. – dijo Sárah tocándose los brazos. –Mira, recuperé a mi hija. – dijo señando a Nancy.
-¿Esta muchacha es tu hija? – preguntó Sofi.
-Oiga, se refiere a esta. – dijo levantando a Mary la cual sonrió. Sofi rió tras su error también.
-Yo soy Nancy, amiga de Sárah. Un placer conocerla, señora Sofi. –
-El placer es mío, querida. Llegáis en un momento crítico. – dijo Sofi.
-¿Qué pasa? – preguntó Sandra.
-Hará como más de una hora que llegaron a palacio con un hombre más muerto que vivo. Pobre muchacho. –
-Explícate. – dijo Sárah.
-El joven cardenal Adelmo con otro hombre que no conozco. Llevaban a un muchacho moribundo dentro de palacio. Que tragedia. –
-¿Habrá empezado la batalla? – dijo Nancy.
-No lo sé, pero hay algo distinto en el aire. Se avecina algo. – dijo Sárah mirando por la ventana la cúpula del palacio de San Pedro.
-¡Aprisa! ¡Llevadlo a mis aposentos! – decía Joseph. El cuerpo moribundo de Peter era llevado por Adelmo y Adirael. El periodista decía cosas incoherentes, sin sentido. De sus muñecas aún pendían las cadenas que lo habían tenido preso en la vieja mansión de Némesis.
-Está muy mal. Necesita un médico. – decía implorante Adelmo.
-Llamaré al doctor de su santidad. – dijo Alessandro adelantándose pasillo arriba.
-Dios mío, que mal aspecto tiene. – dijo Joseph. Adelmo reprimió un quejido. Adirael abrió la puerta de los aposentos del papa con la pierna, manera poco ortodoxa pero la situación no era de las que se puede decir “tranquila”.
-Lo encontramos encadenado en un cuarto completamente oscuro. Tiene signos de violencia. – dijo Adirael dejando a Peter en la cama.
-¿Encadenado? Dios todopoderoso, ¿qué clase de monstruo es Samael? – dijo Joseph.
-Uno que dentro de poco estará frente a palacio. Tenemos que hacer entrar en razón a este hombre. Creo que nos puede decir algo que nos dará cierta ventaja. – expuso Adirael convencido.
-Sárah… la caja… el pergamino… - dijo en ese momento Peter.
-Lleva diciendo esas palabras desde que lo rescatamos. – aclaró Adelmo a Joseph.
-Hay que llamar a Sárah. – dijo al instante.
-Pero santidad, prometimos no hacerlo hasta pasados tres días. Fue su palabra. Estará aún aturdida por la muerte de Michael. – dijo apesadumbrado Adelmo.
-Pero Peter la necesita. –
-¡Santidad! – gritó Alessandro entrando desesperado en la recámara.
-¿Qué ocurre? –
-No se lo va a creer pero… mire quien ha llegado. – dijo haciendo entrar a un hombre ataviado con ropajes de sacerdote. Los ojos de Joseph parecieron salirse de sus órbitas. Adelmo no podía creer que hubiera regresado.
-¡Karl! – gritaron a la vez.
Marconni miraba por la ventana. Sentado a pocos metros de él, Gerónimus meditaba.
-Ha llegado la hora. – dijo en ese momento Marconni.
-¿Está aquí? – preguntó sin mirarlo el abad.
-A pocos metros de la entrada de la ciudad. –
-Esto se pone feo, querido amigo. La muchacha no aparece, de la otra no sabemos nada y el periodista… está más muerto que vivo. –
-¿Lo ha visto? – inquirió Marconni.
-Sí. Hará pocos minutos. Lo traían Adelmo y nuestro misterioso amigo. Pero no creo que llevara encima… eso. –
Marconni lo escrutó de arriba abajo.
-Tomaremos el plan B. – dijo el abad resuelto.
-¿Está seguro? –
-No nos queda más remedio. Y no podemos esperar. La seguridad de este palacio depende ahora de nosotros.-
Karl dejó su maleta al lado de la cama donde reposaba Peter. Cuando vio el aspecto que el pobre muchacho tenía se llevó las manos a la cara.
-Te encomendé una misión que podría acabar con tu vida y casi lo hace. Espero que sepas perdonarme. – dijo.
-Karl… ¿qué… qué haces aquí? – dijo Joseph sin poder creer que su viejo amigo hubiera regresado tras largo tiempo ausente. Karl lo miró. Se fundieron en un emotivo abrazo. Adelmo, tomando a Adirael por el hombro, los dejó a solas con Peter.
-Joseph, -dijo tras ver que estaban a solas-, encomendé a Peter custodiar la única posibilidad de salvación que tenemos. Desde Jerusalén me informaron que estaba en sus manos, pero, ahora… no veo por ninguna parte lo que tenía que traer a este palacio. –
-¿A qué te refieres? –
-Al Miserere, Joseph. Al Miserere. La salvación que en manos de tu hija, nos dará la libertad y la paz que todos deseamos. –
Joseph palideció. El Miserere había aparecido al fin. Y nada menos que en Jerusalén, la Tierra Santa.
-¿Cómo llegó a manos de Nicholas? –
-Por pura casualidad. Un pequeño pescador lo encontró mientras faenaba y lo llevó al convento franciscano con la intención de sacar algún dinero extra por él. Gonzalo y Rodrigo me pusieron al tanto en cuanto lo tuvieron en sus manos. Nicholas y yo nos pusimos de acuerdo para que Peter volara a Jerusalén y volviera con el Miserere a Roma para dárselo a la única persona capaz de utilizarlo: Sárah. – explicó Karl.
-Pero Sárah está en Londres. La mandé para que recuperara fuerzas. Has de saber que su mejor amigo, Michael, fue asesinado por Darkiel. –
-¿Michael muerto? Pero… ¿cuándo…? –
-Sárah se tomó la justicia por su mano. Le… arrancó el alma y posteriormente la quemó. Es el castigo que les espera a los asesinos en el reino de Nuestro Señor. –
Karl no podía digerir todo eso tan rápido. En eso, abriendo las puertas de golpe, entraron Bitrianni y Georginno.
-¡Karl! Nos alegramos mucho de tu regreso. – dijeron casi a la vez.
-Ellos me mantenían informado de todo cuanto ocurría en vuestro palacio y en Ottobeuren. – dijo mirándoles con aprecio. Joseph resopló sorprendido.
-Veo que no te fuiste del todo de aquí. - Hizo una pausa. –Karl, ocupa tu lugar. Eres el cardenal
más importante, el cardenal impectore. El que tiene mayor poder de los noventa y nueve cardenales que componen la curia romana. -
Karl lo observaba a él y a Peter.
-Sárah necesita un poder donde apoyarse y que mejor que tú, que tan fielmente la has protegido desde que era nada más que una niña. Tú la has aconsejado, la has consolado, la has ayudado, la has educado… le has enseñado a conocer la vida. –
Karl seguía callado.
-¿Aún sigues así? Lheiria no existe. Además no era el verdadero Lheiria y lo sabes. No tienes más muros que romper. Tienes el camino libre para hacer lo que deberías de haber hecho hace veintiséis años. –
-¿Dónde está Beqa? – preguntó Karl.
-De Beqa no tenemos noticias. – dijo Joseph.
-¿Dónde está mi túnica de cardenal? – preguntó Karl. Joseph lo miró. Unas lágrimas cayeron por sus mejillas.
-Sea bienvenido, cardenal impectore. – dijo agarrándose a sus brazos.
Sárah daba de comer a Mary. La pequeña pareció satisfecha por el gesto de su madre, ya que, cuando hubo comido la última cucharada y hubo eructado, quedó profundamente dormida.
-Es un encanto. – dijo a su lado Sofi. Sárah agradeció sus palabras con una sonrisa. –Se parece mucho a ti, querida. –
-No, se parece mucho al padre. – dijo la muchacha acostándola en una cuna improvisada por Sofi compuesta de un cesto grande de ropa.
-¿Aún no has hecho las paces con él? –
-Estoy perdida en ese sentido, Sofi. Me siento dolida por lo que me hizo. Me prometió que nunca más me iba a ocultar algo. Pero en el fondo… -
-… le echas de menos. – terminó Sofi. Sárah asintió triste.
-Querida, estáis hechos el uno para el otro. Estoy segura que esté donde esté está pensando en ti y en vuestra hija. –
-Yo también lo creo. Hay algo dentro de mí que me está diciendo que lo ayude, pero… ignoro donde está. ¿Sabes una cosa? –
Sofi cogió las manos de Sárah.
-Le quiero con toda mi alma. Aún después del daño que me hizo… -
-Si a eso se le puede decir “daño”… - interrumpió Sofi.
-Aún después del daño que me hizo, - siguió Sárah, - mi corazón late por él. Mis ojos ansían volver a verle. Mi cuerpo desea unirse al suyo. –
-Que palabras más bonitas, querida. – dijo Sofi empezando a llorar. Sárah le ofreció un pañuelo. Sofi se sonó escandalosamente, dejando a Sárah conteniéndose para no reir.
-Mira por donde ha entrado en mi modesta casa la futura reina del mundo. –
-Solo lo saben unos cuantos. No quiero que lo difundas por ahí. –
-¿Por quién me has tomado, querida? No soy una cotilla. - A su espalda tosió Sandra. Sárah levantó una ceja de aprobación.
-¡Sárah! – gritó Nancy. Todas miraron a las escaleras que daban a las habitaciones. Nancy bajaba como una loca.
-Baja la voz. La pequeña se acaba de quedar dormida. –
-Quise meter mis pinturas y cosméticos en la caja que encontré en el aeropuerto y… mira. –
Sárah cogió la caja ya abierta. En su interior, un pergamino que emanaba un delicado brillo dorado hizo que se sentara en el suelo de golpe.
-Es… esto es… -
-¿Qué es, Sárah? No nos tengas en ascuas. – suplicó Nancy.
-El Miserere. –
Un estruendo resonó en la sala. Los cuadros que estaban en las paredes cayeron al suelo. El suelo empezó a temblar.
-¿Qué pasa? – dijo Sandra alarmada.
-¡Un terremoto! – gritó Nancy cogiendo a Mary. Ésta, asustada, empezó a llorar.
-Eso no ha sido un terremoto. – dijo Sárah levantándose con la caja en sus manos. Miró por la ventana. La escena era apocalíptica. La cúpula de la basílica del Vaticano estaba destruida. El obelisco de la plaza de San Pedro yacía en el suelo, partido por la mitad. El fuego lo rodeaba todo. La gente corría despavorida. Entonces distinguió en lo alto de lo que quedaba de la cúpula destruida al causante de aquel caos: Samael. Y no estaba solo.
Joseph corría acompañado de Alessandro en busca de un refugio seguro tras el tremendo impacto en la cúpula. Adelmo, junto a Adirael, llevaban a Peter que poco a poco iba recuperando la consciencia. Karl, había mandado a la guardia suiza a las puertas de palacio a defenderlas de una más que posible invación del enemigo.
-¡A las puertas, rápido! – gritaba el recién nombrado cardenal. La guardia corría como almas que lleva el diablo.
En el refugio de las catacumbas del Vaticano, ya instalados a la espera de noticias del exterior, Joseph rezaba.
-Dios mío, protégenos en estas horas malignas. - Alessandro no se separaba de su lado. En eso, llegaron Adelmo, Adirael y Peter, que milagrosamente, ya caminaba.
-¿Qué ha pasado? – preguntó en cuanto hubo entrado.
-Nos ha atacado. – respondió tajante Joseph.
-¿Y por qué no la llamáis? –
-Di mi palabra de no molestarla durante tres días, Peter. Volvió a Londres para recuperar fuerzas. No puedo incumplir nada. –
-¡Pero si está en Roma! – exclamó fuera de sí el periodista. Joseph pareció quedarse pequeño.
-Pero… si me dijo que… -
-Y lo hizo. Regresó a Londres pero ahora está aquí. Ignoro el motivo de este repentino regreso pero lo importante es que está aquí. –
-Entonces solo falta encontrar a Beqa para que el Miserere sea utilizado. – dijo con un brillo en los ojos Alessandro. Peter permaneció callado.
-Que alguien se ponga en contacto con Sárah Nazario Valerie. – ordenó Joseph. Alessandro se disponía a cumplir la orden cuando Peter le interrumpió.
-Dejadme que lo haga yo, santidad. – Joseph. Alessandro y Adelmo lo miraron con excepticismo.
-¿Por qué? – preguntó al final Joseph.
-Porque a mí me escuchará. Sé que si alguno de ustedes la reclama no vendrá tan facilmente. Si se entera que estoy entre ustedes, no durará en venir. Sárah sigue siendo una persona humana.
Tiene miedo… aunque no quiera admitirlo. –
-Iré con él. – dijo Adirael. Peter asintió.
-Está bien. Pero tened cuidado. Samael es muy ladino. – dijo Joseh. Tras decir esas últimas palabras, salieron del refugio en dirección a las puertas de palacio.
La guardia intentaba apagar las llamas que habían aparecido de la nada en los pasillos. La cúpula, ya destruida, había dejado una gran obertura en el techo. Pero extrañamente, no habían accedido por ella para entrar en palacio.
-Es terreno sagrado y bendecido. No podría poner un pié aquí dentro aunque quisiera. No, hasta que hubiera corrompido el terreno. – explicó Adirael tras advertir que Peter miraba hacia arriba y luego hacia los lados.
-¿Cómo sabes tú tanto? –
-Pertenecí a la secta. Ahora, solo pertenezco a mí mismo. –
-Sabia decisión. – dijo Peter contento del cambio. –Hay gente que todavía piensa correctamente. - Adirael lo miró sorprendido. No esperaba esa respuesta.
-Salgamos. Necesito cobertura. –
-¡Sárah tienes que salir y dar la cara! Ese monstruo se va a salir con la suya y tú estás aquí quieta con el Miserere en las manos. – dijo Nancy histérica. Mary intentaba coger el sueño en brazos de Sofi.
-Esto no funcionará sin Beqa. Y no percibo su presencia. – dijo Sárah sin fuerzas.
-Querida, reacciona. El mundo te necesita. – dijo Sandra.
-¡No es tan fácil! No puedo ir allí, presentarme como Mesías, decir algunas palabras y luchar. Necesito apoyo. Y no tengo ninguno. –
En eso, le sonó el móvil. Cuando vio el nombre que aparecía en la pequeña pantalla descolgó rápidamente.
-¿Dónde estás? –
-¡Sárah! Mi amor, mi vida, perdóname por favor. Necesitamos tu ayuda. Estoy junto con Adelmo y Julio III atrapado en las catacumbas del Vaticano. Alessandro y un nuevo amigo también se encuentran ahí. –
-¿Y qué quieres que haga yo, Peter? –
-Es muy largo de explicar por teléfono, cariño. Pero tienes que saber que me entregaron el Miserere en Jerusalén y lo traje a Roma. Pero lo dejé caer en el aeropuerto cuando me atacó Samael. –
-Peter, el Miserere lo tengo yo… -
-¿Cómo? –
-Si… Nancy encontró una caja que aparentemente no contenía nada y se la llevó para guardar sus cosméticos. Cuando la abrió, se encontró con el pergamino. –
-Por una vez en la vida, esa chica me ha sorprendido. –
Nancy que lo había oído puso cara de pocos amigos.
-Sárah… ayúdanos. Vuelve a palacio. Te estaremos esperando. No pienses en Beqa. Aparecerá
en cuanto sienta el poder del Miserere. Créeme. Te quiero. - Y se cortó la comunicación tras una explosión.
-¡Peter! – exclamó Sárah. Se le resbaló de las manos el móvil.
-¿Sárah? –
-Me voy. Nancy, cuida de mi hija. Si no volviera dile que… -
-No digas eso ni en broma. Ya he perdido a Michael. No pienso perderte a ti también. Vamos contigo y nos quedaremos en la retaguardia. –
-No quiero que os pase nada. Y menos a mi pequeña. –
-Querida, no menosprecies mis aptitudes de camuflaje. – dijo Sofi. Sárah sonrió levemente.
-Salid diez minutos después de yo hacerlo. Y cuidaos mucho. – dijo. Las tres mujeres asintieron. Mary emitió un leve gruñido de queja por no conseguir conciliar el sueño.
Peter y Adirael se levantaron doloridos del suelo. A su alrededor, solo había destrucción. Samael los había pillado. La estridente carcajada que Peter escuchó a su izquierda se lo hizo pensar.
-Gracias por darme la bienvenida. – dijo. El ángel caído se pavoneaba viendo a los dos maltrechos Peter y Adirael recuperar las fuerzas.
-Nos has atacado a traición, por la espalda. – argumentó Adirael.
-Muy propio de gente cobarde e insensata. Sin escrúpulos. – terminó Peter. Pero Samael parecía estar sordo.
-Vuestras palabras solo consiguen alagarme. ¿Qué más da el momento? Hay que actuar sin pensar en las consecuencias. –
Peter lo miraba con recelo.
-Además, lo mismo piensa mi invitado especial. – dijo Samael y, chasqueando los dedos, a su lado apareció una figura toda vestida de negro.
-¿Quién es? ¿Otro sectario? – preguntó Peter. Adirael agarró el brazo de Peter.
-No, Peter. Ya es de los suyos. - Peter volvió a mirar al recién llegado. Éste, quitándose la capucha, dejó de ocultar el rostro.
-No… no puede ser… Pero… ¡Beqa! – exclamó Peter lleno de terror.
-¿Cuándo debo empezar, mi señor? – dijo Beqa. Parecía en trance.
-Espera. Llegará en cualquier momento. – dijo risueño Samael. Beqa se impacientó.
-¡No le escuches! – gritó Peter. Una presión en el estómago le hizo ir hacia atrás, dando de lleno en los restos del obelisco de la plaza de San Pedro.
-¡Peter! – exclamó Adirael llendo hacia él, pero de nuevo, una fuerza invisible le hizo esta vez a él, elevarse por los aires.
-Muy bien, Beqa. Veo que tus poderes han crecido desde la última vez. – dijo Samael. Beqa reía como loca.
-No… no eres tú, Beqa. Reacciona… soy Peter. ¿Recuerdas? - Pero cada vez que hablaba, los golpes volvían a hacer mella en él.
-Es totalmente imposible, Peter Débereh. Mi voluntad ha ganado a la suya, al igual que hizo con la de tu amigo John. – dijo Samael. Peter no podía soportar el odio hacia ese ser. La simple presencia de Samael acababa con cualquier esperanza y alegría.
-¿No os parece genial? Beqa a mi lado, el palacio del Vaticano prácticamente destruido, el Miserere perdido y tu amorcito sin ninguna posibilidad de hacer algo. –
-¡Te equivocas Samael! – gritó alguien a su espalda. Samael y Beqa miraron hacia atrás. Sárah, más bella e imponente que nunca, apareció por la avenida que daba a la plaza del obelisco. Más
atrás, se podía ver a Sandra, Sofi, Nancy y la pequeña Mary.
-Menuda sorpresa, Sárah. Creía que no te dignarías a aparecer. – dijo con sarcasmo Samael. Sárah hizo un gesto de desaprobación.
-Pues aquí estoy. Y no vengo con las manos vacías. – dijo mostrando el Miserere. El pergamino emitía destellos dorados. Samael retrocedió, pero al momento reaccionó.
-Te recuerdo estúpida niña que no funcionará sin ella. – dijo mostrando a Beqa. Sárah la miró impasiva.
-Devuélvela a su ser. – pidió. Samael empezó a reír estridentemente.
-¿Qué la devuelva a su ser? ¿Con quién crees que estás hablando? - Beqa miraba a Sárah y viceversa.
-Por fin me podré desquitar, Sárah. –
-Beqa reacciona. Te traigo una sorpresa. – dijo sin dejar de sonreir.
-No te burles de mí, Mesías mediocre. – espetó Beqa ante la sonrisa de Sárah.
-No me malinterpretes querida amiga. No me refiero a este pergamino. Solo quiero que veas a alguien. - Un fuerte golpe echó para atrás a Sárah. Un hilo de sangre salió de su boca.
-¡Sárah! – gritó Peter. Sárah se levantó y puso la mano en señal de parada. Peter frenó. Adirael fue hacia el periodista para alejarlo lo más lejos de la zona.
-¡No! Déjame estar a su lado. – decía Peter.
-Ha llegado el momento de la gran batalla entre el bien y el mal, Peter. Tú, como humano que eres, no puedes hacer nada. – dijo Adirael. Peter se sentía impotente. Sárah estaba en peligro y él solo huía.
-¿Sangras? Creía que eras el Mesías. – dijo Samael. Sárah, ante la burla, emuló a Beqa. La fuerza de Sárah tumbó a la muchacha. Otro hilo de sangre apareció pero esta vez de la frente de Beqa.
-Digo lo mismo. Beqa y yo seguimos siendo humanas a pesar de nuestro rango divino. Tú también eres un humano. Tu base es humana. Estás ocupando el cuerpo y el alma de uno de mis amigos y aprovechándote de eso has cometido sucios crímenes en contra de la humanidad. Debes ser erradicado inmediatamente. Así lo manda el poder divino. – dijo Sárah.
-Te has vuelto loca, necia. – dijo Samael enviando su legión de demonios hacia Sárah. Ésta cerró los ojos, dijo unas palabras en una lengua ininteligible y un escudo plateado la envolvió. Los seres demoníacos no pudieron ni rozarla.
-Me toca a mí. – dijo, y chasqueó los dedos. Al instante, Uriel, Miguel y Gabriel aparecieron con sus armaduras doradas. Cada uno capitaneaba un grupo de diez ángeles armados con escudos y lanzas. Superaron en número a los demonios. Samael lo contemplaba rabioso.
-Beqa, tu turno. – ordenó.
Beqa se abalanzó hacia Sárah, agarrándola por el cuello. La defensa de Sárah fue inútil contra ella. Uriel y los demás peleaban contra los demonios, sin prestar atención a Sárah.
-Esta escena me suena, querida. ¿No es lo que debería haber pasado en el museo de Londres? –
-Beqa… no eres tú misma… Lucha contra la voluntad de Samael… puedes hacerlo… hazlo por tu madre… -
-No utilices trucos conmigo Sárah. Mi voluntad pertenece a mi señor Samael. Y mi madre está muerta desde hace años y tú lo sabes. La promesa que me hiciste fue una trampa que me tendiste para que me aliara a tu causa. –
-Te… equivocas… Mira… allí… - decía medio ahogada Sárah. Beqa miró a lo lejos. Una mujer de mediana edad, con ojos llorosos, contemplaba la escena.
-¡Suéltame! ¡La va a matar! – decía Peter al tiempo que intentaba zafarse de Adirael. Pero la fuerza del monje era increíble.
-¿Ma… madre? – dijo Beqa. La presión del cuello de Sárah iba disminuyendo. Samael explotó de cólera.
-No hagas caso de las palabras de ella, Beqa. Es una mentirosa. – decía sin parar.
-Hija, Irene, mi vida, soy mamá… soy Sandra Cicarrelly. – dijo Sandra acercándose a Beqa.
-No estás muerta… mamá… yo…. - y cuando dijo eso, una lágrima resbaló por su mejilla. Cuando cayó al suelo, un brillo dorado rodeó a la muchacha. Samael apartó la vista, deslumbrado. Los demonios desaparecieron con semejante brillo. La batalla se paró. Fue entonces cuando Sandra abrazó por primera vez después de veintiséis años a su única hija, Irene.
-Mamá… tenía ganas de estar contigo. He sufrido mucho sin tu presencia. –
-Lo sé, cariño, lo sé. – decía Sandra llorando también. Sofi y Nancy desde donde estaban lloraban de emoción.
-¡Beqa, ayuda a Sárah! ¡Te necesita! – exclamó Peter. Beqa reaccionó y miró a Sárah, malherida y casi desfallecida.
-¡Sárah! Te curaré las heridas. – dijo y, colocándole la mano encima de la cabeza, las heridas y el cansancio desaparecieron de Sárah. -¿Eso es lo que yo creo? –
-Si, Beqa, el Miserere. Ha aparecido. Tenemos lo que hace falta para deshacernos de él de una vez por todas.-
Beqa lo miraba maravillada. Joseph, Alessandro y Adelmo llegaron a la plaza.
-¡Y al fin se cumple la profecía! El bien frente al mal. La pureza frente a la maldad. El alter ego del Mesías se unirá a éste y juntos erradicarán de este mundo al caos reencarnado. – dijo Joseph. Sárah lo miró.
-Tú eres el causante de todo esto, sucio perro. El fruto de tu estúpido amor hacia esa mortal nunca será mi muerte. ¡Desaparece! – gritó Samael. Una daga apareció en la mano del ángel caído que la arrojó hacia el distraído Joseph.
-¡Padre! – dijo Sárah dándose cuenta de la trayectoria de la daga. Pero fue demasiado tarde. La daga traspasó el pecho de Joseph ante la mirada de todos los allí presentes. En ese momento aparecieron Gerónimus y Marconni.
-Atiéndele mientra te damos tiempo. No sabemos lo que duraremos frente a ese monstruo. – dijo Gerónimus. Sárah, con lágrimas en los ojos, asintió y fue junto con Beqa a socorrer a Joseph. La sangre manaba a chorros del pecho. El rostro de Joseph estaba demacrado y cadavérico.
-Ha llegado mi hora. – decía tosiendo.
-No, padre. No puedes morir ahora. No ahora que por fin te he encontrado. – dijo Sárah poniendo sus manos en el pecho.
-No te esfuerzas Sárah, es muy tarde. – dijo Beqa.
-Hija mía, te lo quería contar desde el primer día que pusiste tu pie en palacio. Pero las circunstancias… me lo impidieron. –
-No hables. No tienes nada que reprocharte, padre. Mamá te amó hasta su muerte y yo no soy nadie para cambiar eso. –
-Mi pequeña Sárah… - dijo Joseph vomitando sangre.
-Se nos va. – dijo Beqa tomándole el pulso.
-Soy el Mesías. Tengo el poder para hacer milagros. – dijo Sárah.
-No funcionará con alguien de tu misma sangre. – dijo a su lado Uriel.
-¿Y por qué no me lo dijiste con Michael? – preguntó Sárah sin fuerzas.
-No murió de muerte natural. Lo mataron. –
Sárah negó con la cabeza. No soportaba no hacer nada para ayudar.
-Sárah, permíteme un último deseo… antes de irme con mi amor. –
-Claro papá, dímelo. –
-Nunca te separes… de Peter ni de tu hija… Amaos y sed felices. – y diciendo esto último, rozó por última vez el rostro de Sárah y espiró.
-¡Papá! – exclamó Sárah. El grito se escuchó en toda la plaza. Peter por fin se zafó de Adirael.
Corrió hacia Sárah y se abrazó a ella, a la vez que la apartó del cadáver de su padre. Beqa se abrazó de igual modo a su recién recuperada madre.
-Una escena muy tierna, de verdad. Me conmueve el corazón. – dijo Samael.
-Tú no tienes corazón. – dijo Beqa desafiante.
-Peter, ahí están Nancy, Sofi y nuestra hija. Ve junta a ellas y llévalas a un lugar seguro. No mires atrás. – dijo Sárah.
-Pero Sárah… -
-¡Hazlo por favor! Esto se ha convertido en algo personal. - Peter la miró sorprendido. Nunca antes la había visto tan segura de sí misma.
-Madre, vaya también con Peter. Adelmo, y ustedes dos, haced igual. – dijo hablando a Adirael y Alessandro. Ambos asintieron. Sandra miró a su hija.
-Ten cuidado, Irene. - Beqa le sonrió cariñosamente, le tiró un beso y siguió a Sárah.
-¿Vais a desafiarme las dos? Mirad cómo tiemblo. – dijo Samael. En eso, Marconni y Gerónimus le sujetaron desde atrás.
-¡Cuidado! – gritó Sárah.
-Sárah, es tu única oportunidad. Arranca de Samael el cuerpo de tu amigo. De ese modo le dejarás debilitado por unos minutos. Aprisa, no podremos estar así mucho tiempo. – dijo Marconni.
-¡Perros! – exclamó Samael intentando liberarse. Su poder era tal que los monjes no podían soportarlo.
-¿Pero cómo lo hago? – preguntó Sárah.
-Sárah, pon tu mano sobre la mía. – dijo Beqa. Sárah, sin pensárselo dos veces, hizo caso a su amiga. De ambas manos, salió una especie de fino hilo rojo hacia Samael. El hilo entró en el pecho del ángel caído haciéndole un daño increible. Su dolor era inmenso. Una fina y plateada presencia emergió del pecho de Samael y fue en ese momento cuando ambas muchachas tiraron hacia atrás. La forma plateada tomó forma y John se desplomó a los pies de Samael.
-¡John! – dijo Sárah.
-¡Malditos! – exclamó Samael. Desplegó todo su poder y tanto los monjes como John y las chicas fueron barridas.
A l día siguiente, hubo un cónclave extraordinario. Joseph, bajo la personalidad de Julio III, declaró a Sárah Nazario Valerie como legítima reina de Roma, sucesora al trono del pescador y Mesías de la paz. Aunque al principio hubo reticencias, pronto quedaron convencidos los noventa y siete cardenales. Y antes de terminar, presentó en la capilla Sixtina a la muchacha. Fue recibida por una fuerte ovación. Incluso hubo algún que otro llanto. En sitios de honor, Bitrianni, Marconni, Geronimus, Adelmo y Georginno también aplaudían. Al finalizar el cónclave, hubo un minuto de silencio seguido por un par de oraciones por el alma del amigo de Sárah, Michael. Los padres del malogrado muchacho también estaban allí. Abrazaron a Sárah y los tres no dejaron de llorar en algunos minutos. El consulado británico preparó todos los trámites para que el cuerpo de Michael volviera a Londres para recibir sepultura.
-Me gustaría asistir, santidad. – pidió Sárah. Joseph no puso objeción y, junto a la pequeña Mary, volvió a Londres, sin importarle dónde estuvieran Peter, Beqa y Samael. A cambio, prometió volver en tres días.
-De acuerdo. Tienes tres días. Pero me gustaría que me hicieras un favor. – dijo Joseph.
-¿Cómo iba a negarme santidad? Después de todo lo que ha hecho por mí. – dijo ruborizada Sárah.
-Habla con Karl. A mí no me hizo caso cuando le llamé para que volviera. Sé que a ti te escuchará. –
-Por supuesto, santidad. Así lo haré. Una última cosas antes de irme: si Peter aparece en palacio, decidle dónde estoy pero que no me busque. Decidle también que Mary está bien y que está conmigo. –
Joseph frunció el seño.
-Hija mía, no me parece bien esto que me pides. Él te quiere y seguramente vaya a donde tú estés. –
-Confío en usted. – dijo y, por primera vez desde que lo conoció, le dio un pequeño beso en la mejilla. Joseph, viéndola partir de palacio, se rozó donde le había dado el beso.
-Santidad, ¿y si aparece Beqa? – preguntó Adelmo.
-Le daremos las instrucciones precisas y esperaremos a Sárah. Tenemos aún tres días. – respondió Joseph.
Llovía en Londres.
Desde que bajaron del avión, los sentimientos de Sárah invadieron su cabeza y su corazón. Cada rincón le recordaba a Michael. En ese bar fue donde le confesó su condición sexual. En el banco del parque le dijo que se matriculaba en la misma universidad que ella y Nancy…
Nancy. ¿Cómo se lo diría? No es que se llevaran muy bien, pero en el fondo se tenían cariño. Sería un golpe muy fuerte para ella.
Asistió al funeral y consiguiente entierro de su amigo. Fue cuando, viendo como se hundía más el ataúd en la tierra, se dio cuenta que ya no le vería más, no le escucharía reir más, no le contaría sus problemas más… Se había ido su paño de lágrimas, el hombro donde se apoyaba en momentos de bajón. Despidiéndose de los padres y diciéndoles que podrían contar con ella para lo que hiciera falta y que nada les iba a faltar mientras ella estuviera viva, llamó a un taxi y se dirigió a la mansión Free.
Los jardines de la mansión olían a Peter. Las rosas blancas olían a Peter. Todo olía a Peter. Llamó a la aldaba de la puerta. Desde fuera, se escucharon pasos.
-¿Quién es? – preguntó una voz desde dentro.
-Nany ábreme. – respondió Sárah.
Nany, sorprendida por oír esa voz, abrió de par en par las puertas. Quería saber si era verdad que quien estaba fuera era…
-¡Señorita Sárah! ¡Cuánto me alegro de volver a verla! ¡Dios bendito! ¡Qué preciosidad de criatura! – dijo de una vez.
-Nany, tranquila. Vengo desde Roma y no he pegado ojo. Déjame al menos pasar, secarme, darle de comer a Mary y contarte. – dijo casi riendo.
-¡Sárah! Tía, que bien que hayas vuelto. No sabes quién está desde hace dos días en la mansión… Que mala cara traes. ¿Y esa sobrina favorita mía? Me la como. – dijo cogiendo a Mary y dándole besos. La pequeña sonreía. Nany llamó a dos criados para que subieran a la habitación principal las maletas de Sárah.
-Gracias Nany. ¿Puedes prepararme una de esas sopas tuyas tan buenas? – pidió Sárah.
-Eso no tiene que decirlo, señorita. Ahora mismo voy. Me alegro que hayáis regresado usted y el señorito Peter. – dijo sin darle tiempo a Sárah a decir algo.
-Sárah, tienes que contarme todo lo que me he perdido. ¿Sabes que llamé al apartamento de Peter para hablar con Michael y nadie me cogió el teléfono? ¿Dónde se habrá metido ese tío? – decía Nancy.
-Nancy… -
-Y eso no es todo. Beqa tampoco da señales de vida. Tiene el móvil apagado desde hace qué se yo. Y Peter no me coge las llamadas. Llamo y llamo y nada de nada. Indignante. – seguía diciendo Nancy.
-Nancy, escucha… -
-¿Y lo que te tengo que contar? Que fuerte, que fuerte, que fuerte, tía. Vas a flipar. –
-¡Nancy! ¡Basta! Tengo que decirte una cosa muy importante.- dijo irritada Sárah.
-Perdona mujer. ¿Qué te pasa, a ver? –
-Antes dame a Mary. – pidió. Nancy se la pasó a sus brazos.
-Es muy duro lo que tengo que decirte. Pero mejor, voy a ir por partes. – dijo Sárah.
-Me pondré entonces cómoda. – dijo irónicamente Nancy. Cuando Sárah le decía esa frase, iba para largo.
-Secuestraron a Mary. – empezó a contar.
-¿¡Qué?! – exclamó Nancy.
-Déjame contarte y luego me haces todas las preguntas que quieras. – suplicó Sárah a su amiga. Ésta asintió alucinada.
-La pequeña fue secuestrada cuando llevábamos una semana en Roma. Un desaprensivo que ya ha tenido su merecido. Era… un miembro de Némesis, concretamente el que debería de haberme matado cuando era apenas un bebé. Esto último me enteré por boca de Peter. Él ya lo sabía. Sabía que la secta seguía en activo y me lo ocultó. Después de prometerme que jamás me iba a ocultar algo. Dejé el hotel donde me hospedaba y llegué a la ciudad del Vaticano. –
-Alucinante. ¿En qué piensa Peter? – dijo Nancy.
-Cuando llegué allí, el instinto me decía que mi hija estaba cerca. Caí en una trampa ideada por ese asesino y así fue como aparecí en el refugio que la secta tiene en el Vaticano. Hubiera muerto sin duda, de no ser por Michael que llegó a tiempo para salvarnos a la pequeña y a mí. -
-¿Michael? ¿Nuestro Michael haciendo de héroe? Yo aquí preocupada por saber dónde estaría y mira por donde estaba con vosotros en Roma. –
-Cuando le vi también me sorprendí, Nancy. Ignoraba su estancia en Roma. Si hasta coincidí con él en mi camino hacia el Vaticano. Iba disfrazado de monje junto a unos amigos de Adelmo. Todo estaba planeado por Peter. –
-Bueno, supongo que Peter te ha dado una explicación. - dijo Nancy.
-Lo hemos dejado. – dijo Sárah besando las manitas de Mary.
-Cariño… lo siento mucho. Pero, ¿estás segura de lo que has hecho? –
-Me ha decepcionado, Nancy. Como amigo y como confidente. Me harto de contarle mis cosas, mis temores, mis planes de futuro… mi vida. Y mira como me lo paga. Estoy muy dolida con él. Y más cuando hay un inocente de por medio que ha pagado las consecuencias de un plan mal organizado. –
-¿Lo dices por Mary, verdad? – dijo Nancy mientras acariciaba la mejilla del bebé.
-No… Me refiero a Michael. –
-¿Se ha quedado allí? La verdad no me extraña. Seguramente habrá visto a un semental o algo por el estilo. –
-Ha muerto. –
El silencio se hizo en el salón. Por las mejillas de Sárah resbalaron lágrimas. Nancy estaba callada.
-¿Qué… qué dices, Sárah? Te estás quedando conmigo… ¿no? –
Sárah negó con la cabeza. Nancy, nerviosa, se llevó una mano a la boca. Un ataque de ansiedad la envolvió. Sárah, llamando a un criado y dándole la pequeña, ayudó a su amiga.
-Nancy, respira. – dijo intentando ayudarla. Nancy respiraba con dificultad.
-Trae un calmante. Rápido. – pidió a Nany que había llegada alertada por el criado. El fármaco apenas hizo efecto en la pobre muchacha.
-No Sárah. ¿Verdad que no? Es una broma de ese imbécil. Dentro de nada aparecerá por la puerta, me gritará “¡Que inocente eres, mala pécora!” y yo le reprocharé la gracia. ¿Verdad Sárah? ¿Verdad? –
-Cielo, vengo ahora mismo de su funeral. El consulado británico ha llevado a cabo todos los trámites para que su cuerpo recibiera sepultura en tierra inglesa. Sus padres están destrozados. Y yo más. Murió en mis brazos. –
-¿El señorito Michael ha muerto? – preguntó horrorizada Nany.
-Una jugarreta de Darkiel. Ese disparo debería de haber ido hacia mí, no hacia él. – dijo Sárah llorando. Nancy hacía lo mismo.
-Pobre señorito. – decía Nany.
-¿Peter lo sabe? – dijo Nancy.
-No. – respondió fríamente Sárah.
-¿No ha venido con usted, señorita? – preguntó Nany.
-Nos hemos dado un tiempo, Nany. Él supongo que seguirá en Roma. Pero la verdad, no me
importa lo más mínimo. –
-¿Y Beqa? – preguntó Nancy. Sárah se encogió de hombros.
-¿Dónde está Irene? Tú no eres ella. – dijo una voz desde las escaleras. Las tres mujeres miraron en esa dirección.
-¿Quién es esa mujer? – preguntó Sárah.
-Señorita, esta mujer es la madre de Beqa, quiero decir, Irene. Sandra Cicarrelly. – dijo Nany. Sárah la miró como si de un fantasma se tratase. Allí estaba. La mujer que Beqa creía perdida en tierras romanas. La mujer que su “padre” le dijo que se había suicidado cuando ella nació. La persona que había prometido encontrar.
-La madre de Beqa… - repitió Sárah despacio.
Tras despedirse de Gonzalo, Rodrigo y Nicolás, Peter tomó el último vuelo que le llevase a Roma. Quería volver lo más rápido posible para encontrar a Sárah, Beqa y Mary.
-Solo pido que estén bien. – decía.
Era casi medianoche cuando llegó a Roma. No había ni un alma. La caja donde reposaba el Miserere la agarraba con una fuerza increíble. En eso, cuando se disponía a salir del lugar para dirigirse al hotel donde se hospedaba, una persona que hacía días que no veía y que su sola presencia le heló la sangre, apareció a su lado.
-Hola Peter. –
-¡John! Que susto me has dado. Se diría que has salido de la nada. –
-Más o menos. – respondió sarcásticamente. Peter agarraba la caja con más fuerza.
-¿De dónde vienes? –
-De Londres. He tenido que cerrar unos acuerdos con una empresa anunciadora. Me voy a dedicar al mundo empresarial. – dijo evasivamente. John le miró suspicaz.
-Que mal sabes mentir, Peter. No me extraña que Sárah te haya abandonado. – dijo. Peter miró enfadado a su amigo.
-Sárah no me ha abandonado, está en… ¡Un momento! ¿Cómo sabes tú…? - El corazón de Peter latía a mil por segundo.
-Yo sé muchas cosas, Peter. Sé que te abandonó para ir en busca de vuestra hija. ¿Y sabes qué? ¡La encontró! - dijo John. Su voz parecía cambiada. Su mirada no presagiaba nada bueno. Curiosamente no había nadie a su alrededor.
-No puede ser… - dijo Peter separándose de él.
-Ha sido fácil, Peter. Tengo el suficiente poder para hacer desaparecer medio planeta. Cómo no iba hacer desaparecer a las personas que pululaban por el aeropuerto. Sé de dónde vienes. De Tierra Santa. ¿Qué llevas en esa caja que con tanto ahínco proteges? ¿Es un juguetito para tu hija? ¿O es un juguetito para Sárah? - dijo intentando quitarle la caja.
-¡Quita tus sucias garras, Samael! – exclamó Peter.
-Vaya, veo que sabes quién soy. – dijo John. Pasó una mano por su rostro y al retirarla, el rostro que Peter vió era de otra persona. Sin embargo, el cuerpo era sin duda de su amigo.
-Monstruo… - dijo Peter.
-Eso es un cumplido para mí. Has venido en el momento equivocado, Peter Débereh. Tu amorcito no está en Roma, ni siquiera en el Vaticano. Ha vuelto a Londres junto al bebé. Si, Peter. – dijo al ver la cara del periodista. –Recuperó a vuestra hija. Mi siervo cometió un fallo imperdonable y recibió un golpe por la espalda de ese amigo tuyo… Michael, ¿no? Una lástima que no sirviera
para nada. –
-¿A qué te refieres? – dijo Peter. Sus piernas le temblaban.
-¿No lo sabes? Qué pena. Siento mucho ser yo quien te diga que ese amigo tuyo… está muerto. –
Peter tropezó en su intento de huir del lado de ese ser. La noticia le cayó como un jarro de agua fría.
-¡Mientes!- gritó.
-¿Quieres pruebas? Observa. – dijo Samael. Sus ojos rojos, traspasaron los de Peter. Éste, presenció horrorizado la escena. Era la plaza de San Pedro. Estaban Sárah, Michael, Adelmo, un hombre con una pequeña en el brazo derecho, su hija, y una religiosa en el izquierdo. De pronto, dejó libre a la religiosa y, sacando una pistola, disparó. Vio claramente la dirección que tomaba la bala. Impactó en el cuerpo de Michael. La visión desapareció bajo una luz azul. Peter totalmente hundido, se dejó caer en el suelo del aeropuerto.
-Michael… no regresaste a Londres. Me hiciste caso y no solo eso. Fuiste en busca de Sárah y la salvaste. – dijo empezando a llorar.
-Una pena, si. Una pena. – dijo Samael.
-¿No te apiadas de él ni siquiera cuando sabes que está muerto? Os llevabais muy bien. Erais amigos. – dijo Peter.
-¿Cómo voy a ser amigo de un humano? Vuestra raza merece ser borrada de la creación. Y es lo que pienso hacer. – dijo triunfante.
-¡John, vuelve en ti! – gritó.
-No te molestes, necio humano. Tu amiguito no tiene voluntad. Se la he robado para ocupar su cuerpo. ¿No es genial? Poseo el cuerpo de un humano en su máxima plenitud y el poder necesario para autoproclamarme soberano de la Tierra. – dijo exultante. Peter estaba asqueado.
-Tu sed de poder no tiene límites. –
-¿Sed de poder? Te vuelves a equivocar. No es sed de poder lo que tengo, aunque el poder siempre es tentador. Es sed de venganza lo que me mueve a hacer lo que estoy haciendo. Vuestro Dios misericordioso es el culpable de ser como soy. -
-Pecaste de avaricioso. – respondió Peter. Un fuerte golpe que no supo de donde venía, hizo caer hacia atrás al muchacho.
-¿Te ha dolido? Lo siento. – dijo Samael burlonamente. Peter se secó la sangre del labio. El poder de Samael era tal, que le hacía asestar golpes sin mover ni un músculo.
-¿Qué vas a hacer conmigo? – preguntó Peter levantándose.
-¿Contigo? Déjame pensar… Anda, es verdad. No puedo dejar que te escapes cuando sabes quién soy y has tenido acceso a mis planes. Pero eso tiene solución. –
-¿Vas a matarme? – dijo Peter.
-¿De qué me serviría? Tú te vienes conmigo. – dijo colocando su mano en el hombro de Peter. En cuestión de segundos, y bajo una nube roja, los dos desaparecieron del aeropuerto. El tiempo volvió a correr y las personas volvieron a aparecer y a reanudar sus trabajos como si nada hubiera pasado. Todo había sido una trampa. Pero algo era nuevo en ese lugar. Una caja que antes no estaba allí. Bajo unos asientos de acero, la última esperanza de la humanidad esperaba al portador que lo utilizase. En el último minuto, Peter logró que no cayera en manos de Samael.
Sandra se postró ante Sárah. Sabía perfectamente quien era ella.
-Mi reina… la reina de todo y de todos. – dijo mirándola con devoción. Sárah la levantó.
-Sandra Cicarrelly… la madre de… - decía sin poder creérselo.
-La madre de Irene. Mi hija. La hija que me arrancaron cuando nació. Ese mal nacido de Alastor fue quien arruinó nuestras vidas. –
-Pero ella cree que está en Roma en un psiquiátrico o algo así. Le prometí que la ayudaría a encontrarla. –
-Pues mira por dónde has cumplido esa palabra. – dijo Sandra. Nancy y Nany, que aún no se habían repuesto de la pérdida de Michael, contemplaban la escena.
-¿Dónde está? – preguntó Sandra.
-En Roma. En el mismo hotel donde estaba hospedada yo. – dijo Sárah.
-Llévame allí. Por favor. Sé que me necesita. Por alguna razón sé que me necesita. –
-Tranquila. Mañana a primera hora volveremos a Roma. – dijo acariciándola.
-Pero Sárah, si acabas de llegar. – dijo Nancy.
-No voy a permitir que a Beqa, perdón, Irene, el destino le juegue la misma jugada que a mí. Mañana mismo, - dijo mirando tiernamente a Sandra, -estarás con tu hija. –
Sandra le besó las manos.
-Eres lo que el mundo necesita, Sárah. Tu madre estaría muy orgullosa de ti. –
-¿Conoció a mi madre? – preguntó Sárah curiosa.
-Y tanto. Éramos amigas íntimas. La conocí cuando estaba embarazada de ti. Ese hombre no os debió abandonar. –
-No se lo tengo en cuenta. – dijo Sárah.
-¿Cómo que no, querida niña? Eligió el camino más fácil: ser papa y desde su trono, observarlo todo y actuar en la sombra. –
Esas palabras fueron como unas bofetadas en la cara de Sárah. ¿Papa?
-Creo que está equivocada, Sandra. Mi padre debe de estar muerto o en otro país. –
-¿Quién te ha contado eso? Tu padre, Joseph Nazario, es el actual papa: Julio III. – dijo Sandra.
Sárah cayó desmayada.
Todo era oscuridad alrededor de Peter. No tenía ni idea de dónde se encontraba. Pero solo le preocupaba una cosa: Samael había poseido de alguna manera el cuerpo de John. ¿Y Adán? Las cadenas le sujetaban ambos brazos. Tenía que salir de allí de cualquier modo. Se hizo daño al intentar librarse de las cadenas.
-Sárah… - dijo en su impotencia. Asestó un puntapié a la pared rocosa. No sabía cómo había llegado ahí. Solo recordaba la forma que el aeropuerto se desvaneció dejando paso a la oscuridad.
Cerca de la mazmorra, Samael jugueteaba con el anillo de prometido de Peter.
-Utilizaré esto para desestabilizar a esa chica. Muy pronto… nos veremos las caras. Y será cuando te lleves una desagradable sorpresa. - dijo socarronamente. Volvió a mirar hacia una puerta que estaba en el salón.
-Me ayudará. Sabe lo que le conviene. –
Nancy y Nany hicieron volver en sí a Sárah con unas sales. La muchacha, bastante aturdida debido al impacto de lo que acababa de escuchar, buscó a Sandra.
-¿Es cierto lo que me has contado? – le preguntó.
-¿De qué me serviría mentirte si sabes leer el pensamiento? – contestó rotundamente Sandra.
-Está bien. Nos vamos. – dijo.
-¿Qué? Pero… si acabas de llegar, cielo. Espera al menos hasta mañana como dijiste. – dijo Nancy.
-Tendría que estar en Roma dentro de tres días, pero esto es importante. Ella debe encontrarse con su hija… y yo encontrarme con mi padre. Hay cosas que no pueden esperar. – dijo cogiendo el móvil y llamando a un taxi.
-Vale, vale, vale. Pero esta vez me voy contigo. – dijo Nancy tajante. Sárah la miró.
-No pongas esa cara. Quedarme aquí no conseguirá quitarme de la cabeza lo que le ha pasado a Michael. Además, necesitas a alguien que cuide de Mary. –
-Como quieras. Solo te pido una cosa: no metas a Peter en esto. Es asunto mío. – dijo Sárah. Nancy asintió. Por detrás, cruzó los dedos.
Ciudad del Vaticano, Roma.
Palacio papal.
Georginno supo de la desgraciada muerte de Michael por medio de Adelmo. Éste, supo que entre él y Michael había pasado algo. Pero no se lo tuvo en cuenta. Lo que alguna vez hubiera entre el chico y él, había quedado enterrado cuando se vistió de cardenal.
-Pobre Michael. Aún no me lo puedo creer. – decía triste Georginno.
-Imagínate cómo estará Sárah. Se fue, prácticamente, en sus brazos. – contó Adelmo.
-¿Se sabe algo de ella? –
-Vuelve dentro de tres días. Será entonces cuando todo empiece o todo termine. – dijo Adelmo.
-No me gusta cuando das dos respuestas en una sola frase. –
-Deberías de estar acostumbrado. – dijo Adelmo mirando la cara del muchacho.
-¿Sabes? – dijo Georginno para no seguir mirándole. –No me hago a la idea de que seas cardenal. –
-Pero la túnica me sienta bien, ¿verdad? – dijo Adelmo girando sobre sí mismo.
-Podrías posar para la próxima temporada en Milán. – dijo burlonamente Georginno. Adelmo rezongó.
-Te he echado de menos. – dijo Adelmo.
-Y yo. –
Adelmo cogió las manos de Georginno. El corazón de éste latía veloz.
-… No podemos hacer esto. – dijo Adelmo pero sin soltar sus manos. Georginno levantó la cara.
-Será lo mejor. - Las retiró. Adelmo sonrió. Joseph, acompañado de Geronimus, paseaba por allí. Adelmo, se puso de pié en cuanto los vio acercarse.
-Santidad. Abad. – saludó.
-Te estábamos buscando, Adelmo. Geronimus quiere que estés presente en lo que tiene que contarnos el nuevo monje. –
-Si, por supuesto. – dijo Adelmo.
-Pues vamos. – dijo cortante Geronimus. Joseph miró a Georginno. Le dio una palmada en el
hombro y le regaló una sonrisa, la típica de un padre a un hijo.
Cuando hubieron llegado a la recámara papal, el monje ya estaba esperándoles. Marconni fue el último en entrar y, por consiguiente, el que cerró la puerta. Alessandro recibió la orden de no dejar pasar a nadie, fuese quien fuese.
-Pues aquí estamos. – dijo Joseph sentándose en su sillón.
-Antes de que él hable, déjame ponerte en situación. – dijo Geronimus.
-Adelante. – dijo Joseph. Adelmo se puso cómodo.
-Nos lo encontramos más muerto que vivo tirado en una calle de Roma, cerca de la fontana de Trevi. Tenía una herida muy seria en la cabeza, pero milagrosamente, estaba con vida. Logró escapar de su verdugo en un despiste de éste. – dijo Geronimus mirando al misterioso monje.
-Eso ya me lo has contado. – dijo Joseph.
-Lo que no sabes es quién era su verdugo. – volvió a decir el abad.
Joseph se encogió de hombros.
-Darkiel, en su papel como cardenal Lheiria. –
Joseph miró a Adelmo. Adelmo permanecía serio.
-Como Adelmo sabe, el cardenal Lheiria venía a nuestra abadía para estar al corriente de todo lo que se maquinaba allí. Sabía que uno de mis frailes estaba realizando una misión secreta llevada a cabo por el Vaticano para descubrir a la secta en Londres. –
-No fuimos nosotros. – matizó Marconni. Geronimus corroboró lo que dijo con la cabeza.
-Era mi mano derecha. Se pudo enterar de cualquier manera. Incluso por mí. – dijo Joseph.
-El caso es que, el infiltrado que le informó está ahí. – dijo señalando al monje. Todos le miraron. Fue cuando el monje se quitó la capucha que ocultaba su rostro. La cicatriz era intimidante, no tanto como su rostro. Reflejaba el odio y la desesperanza.
-Así es como queda un miembro de la secta cuando logra salir de ella. – dijo Geronimus. –No le queda otra cosa que el odio hacia todo lo que ha presenciado y realizado y la desesperanza por haberlo perdido todo. Pero nos ha sido muy útil. –
-¿Cómo se llama? – le preguntó Joseph.
-Adirael. – respondió el monje.
-“El ángel caído número trece.” – dijo Adelmo como recordando algo que había leído.
-¿El último de los ángeles que se rebelaron contra Dios? – preguntó Joseph.
-El último siervo de Samael. ¿Quiere esto decir que no queda nadie más de la secta? – dijo Adelmo.
-Solo uno. – dijo Adirael.
-¿Y puede decirnos quién es? –
-Él. – contestó el monje.
-¿Samael? – preguntó Joseph. Al escuchar ese nombre, el monje se llevó las manos a los oídos y se puso bastante nervioso. Marconni logró tranquilizarle.
-Este hombre está totalmente atormentado. No creo que pueda servirnos de ayuda. – dijo Joseph.
-Espera. Aún no te que contado lo mejor. – dijo Geronimus.
Joseph y Adelmo esperaron las palabras del abad.
-Uno de los planes de ese ser, era volver a la vida y poseer un cuerpo para pasar inadvertido. Casi le sale mal la jugada cuando el ritual falló. Pero ese ser es muy astuto. Consiguió esconderse en una persona. –
-¿Se sabe quién es? – dijo Joseph.
-¿Y eso que importa? Lo que nos interesa es que ese ser es vulnerable. Es mortal. – dijo el abad
excitado.
-Pero si lográramos acabar con él, también moriría la persona que está poseída. – dijo Adelmo.
-Es un riesgo que hay que correr. – dijo Geronimus.
-¡Me niego a arriesgar la vida de un inocente! – exclamó Joseph.
-Piénsalo. Nosotros nos vamos. Te dejamos a Adirael. – dijo el abad. Junto con Marconni, salieron de la recámara.
-Siempre será el mismo. – dijo Joseph.
-Yo estoy con usted en lo que se refiere a no querer acabar con la vida de un inocente. – dijo Adirael. Joseph y Adelmo lo miraron sorprendidos.
-No estoy de acuerdo con algunos puntos de vista del abad Geronimus y este es uno de ellos. Le estaré eternamente agradecido por lo que ha hecho por mí, pero su forma de hacer las cosas difiere mucho de mi forma de actuar. - El monje no había hablado así delante de Geronimus y de Marconni.
-¿Y qué propone? – preguntó Joseph aún aturdido por la sorpresa.
-Ir a buscar información a la vieja mansión. Me ofrezco voluntario. –
Sárah preparaba todo para el inminente viaje a Roma. Si lo que Sandra le había contado era verdad, Julio III le tendría que dar muchas explicaciones. ¿Julio III? Ese nombre ya no le decía nada. Joseph Nazario, si. El representante de Dios en la Tierra era su propio padre. ¿Por qué abandonó a su madre y a ella?
-Sé lo que estás pensando. – dijo alguien a su espalda. Era Uriel.
-Vaya, te echaba de menos. Hace tiempo que no sé nada de ti. No pude darte las gracias cuando nos sacaste a Michael y a mí de ese sitio. – dijo. Al decir el nombre de su amigo, la tristeza volvió a su rostro.
-Es mi obligación: proteger al Mesías. Siento mucho lo de tu amigo. –
Sárah negó con la cabeza, resignada.
-Sabes que lo que hiciste estuvo mal, ¿verdad? – volvió a decir Uriel.
-¿A qué te refieres? – dijo Sárah mientras cerraba su maleta.
-Le quitaste el alma por querer vengarte de Michael. –
-No tuve otra opción. –
-Si que la tenías. Nunca usamos nuestro poder en beneficio propio. Solo por el bien de los demás. –
-¿Y qué hubieras hecho tú? – dijo Sárah dando la cara al ángel.
-Iba a morir de todas formas a mano de los humanos.-
-¡Quería matar a mi hija! – gritó Sárah. Uriel la tranquilizó con una mano en su frente. En el acto, Sárah sintió cómo su ira desaparecía.
-Estabas cegada por el dolor y la rabia, Sárah. Es lógico que actuaras así. Nadie te lo ha reprochado. Solamente lo he dicho para que lo supieses. La pequeña no sufrirá más daño alguno. Eso te lo puedo asegurar. – dijo. En el acto, chasqueó los dedos y un brillo rosado rodeó a Mary.
-¿Qué has hecho? – preguntó Sárah.
-Ese aura que le rodea será invisible para los demás excepto para ti. Le proporcionará invulnerabilidad. ¿No es eso lo que quieres para tu hija? Nada ni nadie podrá hacerle daño. Si alguien lo hiciese, sufriría las consecuencias. –
-¿Sabes que a veces me das miedo, Uriel? – dijo Sárah cogiendo a la pequeña.
-Son gajes del oficio. – dijo sarcásticamente el ángel.
Adirael, acompañado por un dudoso Adelmo, se dirigían al bosque donde empezaba el camino que les llevaría directamente a la vieja mansión donde supuestamente se encontraría Samael. Adelmo, desde que salió del palacio vaticano, no paraba de repetirse que la idea de ir a espiar al ángel caído no era buena, y menos, viniendo de un hombre que daba la impresión de estar trastornado.
-No muerdo. – dijo Adirael. Adelmo pegó un respingo.
-¿A qué te refieres? –
-Estás intentando evitar estar a mi lado. Ni siquiera me preguntas nada. ¿No se supone que somos un equipo? –
-Discúlpame, pero para mí esto es muy violento. Me dirijo con una persona que apenas conozco y que sé que ha estado en la secta, hacia el lugar donde radica el mal. ¿Cómo crees que me siento? –
Adirael rió. Era la primera vez que Adelmo escuchaba la risa de ese hombre.
-He estado haciendo un papel hasta ahora, Adelmo. No me fio ni de Geronimus ni de Marconni. Sin embargo, y viniendo del mismo lugar, eres diferente. –
Adelmo no sabía si tomárselo como un cumplido o un insulto.
-No es mi intención que te lo tomes a mal. Simplemente he dicho que tus ideas y convicciones no concuerdan con los ideales de esa abadía. Bueno, quizás con Bitrianni y ese chico… Georginno. –
-Son buenos amigos. Bitrianni es el único que me dirigió la palabra cuando llegué. Georginno fue después. –
-Ya. ¿Y cuándo empezaste a acostarte con él? –
Esto último pilló a Adelmo fuera de juego. No sabía qué decir. Su cara se puso blanca como la nieve y sus piernas empezaron a temblar.
-¿Qué has dicho? –
-Pues eso. ¿Qué cuándo empezasteis a acostaros? –
-Yo no tengo ninguna relación con Georginno. –
-¿Estás seguro? –
-¡Completamente! – exclamó seguro de sí mismo.
-Eso no es lo que dice tu corazón. Parece triste y… se siente traicionado. –
-¿Cómo? – preguntó perplejo.
-Más tarde continuaremos esta interesante conversación. Mira. – dijo dejando con la palabra en la boca a Adelmo y señalando a lo lejos. La mansión apareció, rodeada de zarzas. Habían llegado a su destino. Adelmo tragó saliva. No sabía ya si estaba nervioso por haber llegado al lugar en cuestión o, si era por las palabras de Adirael.
La sensación que sintió al mirar la mansión, fue de verdadero terror. Parecía sacada de una de esas novelas góticas de misterio de Agatha Christie.
-¿Tenemos que entrar ahí? – preguntó temeroso Adelmo.
-¿Tú qué crees? – le respondió Adirael. Adelmo tragó saliva.
-Está bien. Pero pasa tú primero. – dijo esbozando una leve sonrisa. Adirael, haciendo caso de las palabras del joven cardenal, se internó en la oscuridad de la mansión, que, extrañamente, tenía las puertas abiertas. Tras él, Adelmo estaba completamente en blanco, sumido por el miedo.
J erusalén.
Hacía más de media hora que Peter pisó suelo israelí. Para él, no era desconocido esa país. Hacía tiempo tuvo que viajar adonde se encontraba por causas de trabajo.
-Y ahora, ¿por dónde empiezo? – se dijo.
En eso, un hombre a lo lejos parecía querer llamar su atención. Peter lo miró. El hombre seguía queriendo que se acercara. Al final, fue hacia él. Cuando más se acercaba empezaba a darse cuenta que no vestía con el atuendo típico de los israelitas ni el atuendo normal y corriente de las personas. Vestía el hábito franciscano.
-Usted debe ser Peter… Peter Débereh. ¿No es así? –
-Así es. ¿Con quién tengo el placer de hablar? – dijo Peter muy educado.
-Oh, disculpe. Soy el padre Gonzalo. Pertenezco a la orden franciscana que el vaticano… -
-… mandó a Jerusalén hace tiempo y bla bla bla… Ya. - dijo con desgana el muchacho.
El fraile lo miró entre sorprendido y cómico.
-Eso es. Le manda el padre Karl, ¿verdad? Buen amigo mío. Lástima que no siguiera en el lugar que le corresponde. –
-Oiga, perdóneme pero, ¿podríamos ir al grano? He dejado en Roma asuntos importantes. –
-¿Asuntos importantes? ¿Acaso lo que hemos encontrado no lo es? – dijo suspicaz Gonzalo. Peter lo escrutó de arriba abajo.
-Me muero de calor. ¿Sería tan amable de llevarme a su convento? Allí podríamos hablar más tranquilamente. –
-Claro. Acompáñeme. - dijo Gonzalo. Se montaron en el taxi que los esperaba en la salida del aeropuerto y se adentraron en el casco antiguo de la ciudad.
Faltaban pocos kilómetros para llegar a la ciudad del Vaticano.
Geronimus y Marconni, acompañados por una tercera persona totalmente oculta en un hábito de fraile, rezaban para que todo lo que tenían planeado saliera a la perfección.
-¡Éste no está en New York, Nany! Te lo digo yo. Aquí hay gato encerrado. – decía Nancy enfadada.
-Cálmese señorita. Puede que el señorito Michael esté en otro sitio y no en el apartamento. –
-Si tiene el móvil apagado. – dijo Nancy tirando el suyo al sofá. –Aquí pasa algo. –
-Llame a Peter. Seguro que él le podrá explicar. -
-Ni soñarlo. Está muy bien donde está con Sárah y Beqa. Éste me va a oír. – dijo cogiendo el bolso y saliendo refunfuñando de la mansión.
-Esta juventud de hoy en día… - dijo Nany volviendo a la cocina.
En los jardines de la mansión, fue cuando Nancy se dio cuenta que aún llevaba en la mano la tarjeta que le dio aquella mendiga que se presentó por sorpresa en la mansión.
-Esta dirección… ¿de qué me suena? – decía mientras se dirigía a su coche. Abrió la puerta, se sentó y se puso el cinturón.
-Creo que está cerca de aquí. Voy a echar un vistazo. –
No tardó mucho en dar con la dirección. El lugar le fue familiar.
-Pero si es la empresa Némesis. – dijo observando el lugar. Lo que hace meses era uno de los edificios más lujosos y emblemáticos de todo Londres, se había convertido en un amasijo de hierros y cristales rotos.
-¿Qué ha pasado aquí? Parece como si hubiera explotado algo desde dentro. –
Con mucho cuidado, se adentró en el edificio.
-¿Oiga? ¿Hay alguien aquí? Esta mañana estuvo en la mansión de los Free y dejó una tarjeta. – dijo levantándola con la mano.
Nadie salió a su encuentro.
-¿Qué estoy haciendo aquí? – dijo volviendo al coche.
-Mi hija… está en esa mansión. – dijo una voz. Nancy se volvió asustada. La mendiga estaba apoyada en una de las vigas destrozadas que se encontraba en el suelo. Su aspecto era aún más deplorable que cuando llegó a la mansión.
-Que susto me ha dado. – dijo Nancy acercándose a ella. No le faltaba precaución.
-Veo que al final ha aceptado venir. – dijo la mendiga.
-La dirección me era familiar. Esto era la empresa Némesis. Pero ahora… -
-Está así por su culpa. – dijo con la mirada perdida.
-¿Por culpa de quién? –
-Él. - dijo la mendiga.
-Una respuesta concreta. – pensó Nancy.
-¿Por qué no ha venido ella? – volvió a preguntar la mendiga.
-No está en Londres. – respondió Nancy.
-Una respuesta concreta. – dijo, pero en voz alta, la mendiga. Nancy advirtió que le había leido el pensamiento.
-En la mansión vivimos tres chicas. Yo me descarto porque a mi madre la ví esta mañana en las tiendas Harrol´s. Sólo quedarían Sárah y Beqa. –
-Yo busco a Irene. – dijo tímidamente la mendiga.
-No conozco a ninguna Irene. –
-Sin embargo tus ojos me dicen lo contrario. Has estado con ella, has hablado con ella, has reído con ella… Irene está en esa mansión. –
-Le repito que… -
-¡Mira! Esta es su foto. La recorté de los periódicos. –
Nancy cogió la foto. Estaba arrugada. Alucinó.
-¡Beqa! – dijo mirando la foto.
-No… Irene. Beqa no es su verdadero nombre. –
-Flipo. – dijo Nancy sin dejar de mirar la foto.
Michael no podía creer que Joseph le hubiera dicho a estas alturas que no era su padre.
-Un buen amigo de tu madre, ese soy yo. – dijo Joseph sin mirar a Sárah. Ésta escuchaba atenta.
-¿Usted la conoció? ¿De verdad? Por fin encuentro a alguien que estuvo cerca de ella. ¿No es fantástico Michael? – dijo animada Sárah.
-…Si, claro. – dijo de mala gana éste. Joseph le dirigió una mirada suplicante.
-Cuénteme santidad. Si fue amigo de mi madre, deberá saber cosas de mi padre. ¿Quién era? ¿Por qué nos abandonó? –
-Eso. – dijo con sorna Michael.
-Es muy complicado de explicar, querida niña. La cobardía es muy mala consejera. – respondió Joseph.
-La cobardía… Si, por cobardía hacemos cosas que más tarde nos arrepentimos. – dijo Michael. Joseph volvió a mirarle, pero esta vez fue de reproche.
-Mi padre… ¿nos abandonó por cobardía? No lo entiendo. Hace tiempo me dijeron que estaban muy enamorados. ¿Su amor no era verdadero? –
-¡Por supuesto que lo era! – exclamó Joseph. –Ella me lo dijo. – dijo más calmadamente.
-¿Entonces? Tuvo que haber un motivo por el cual nos abandonara, santidad. –
-Claro que lo hay. Pero no consigo recordar con claridad. Estoy muy viejo y no logro pensar como antes. – se excusó Joseph.
-No se disculpe. Bueno, aquí me tiene, santidad. Supongo que tendré que demostrar lo que soy, ¿verdad? –
Joseph negó con la cabeza.
-Conmigo no hará falta, Sárah. Sé muy bien quién eres. -
Michael respiró tranquilo.
-Se lo agradezco, santidad. – dijo Sárah cogiendo sus envejecidas manos. Joseph no sabía qué hacer. Michael solo pensaba que padre e hija estaba frente a frente y ninguno hacía nada. De Sárah era comprensible al no saber nada del asunto pero… ¿por qué Joseph no había dicho nada?
-¡Santidad! – gritó Alessandro entrando en ese momento en la recámara.
-Alessandro… ¿qué modales son esos? ¿Qué pasa? - dijo enfadado Joseph.
-Ha vuelto… ha vuelto. – decía sin aire.
-¿Quién ha vuelto? –
-Lheiria… quiero decir, Darkiel. Está en la plaza de San Pedro. Ha cogido a alguien de rehén. Se trata de… –
-Viene por mí. No quiero que por mi culpa sufra gente inocente. – dijo Sárah levantándose de su asiento.
-¿Dónde vas? Tú de aquí no te mueves. – dijo Michael.
-Irás donde está tu hija. Allí permanecerás hasta que el peligro haya pasado. – dijo Joseph.
-Pero santidad… - dijo Sárah.
-Sárah, obedece. – dijo Michael. –Yo estaré contigo. – Joseph asintió.
-¿A quién ha cogido como rehén? – dijo Michael.
-De eso mismo quería hablarles. No sé cómo ha podido despistar a la guardia, pero lo ha hecho. Se trata de la hermana Beatriz. - dijo apesadumbrado Alessandro. La cara de Sárah se tornó pálida.
-¿La hermana Beatriz? ¿A ella solamente? – dijo Joseph temiendo la respuesta.
-Y una pequeña… la hija de… - dijo señalando a Sárah. Michael se llevó las manos a la cara. Inexplicablemente, Sárah permaneció inexpresiva.
-Voy a salir. – dijo convencida.
-¡No! – exclamó Joseph. –Eres demasiado valiosa para que te perdamos. –
-Déjela santidad. Ella sabe lo que hace. – dijo en ese momento Adelmo. Todos le miraron,
incluída Sárah.
-La mandas a una muerte segura. – dijo Joseph.
-Se equivoca. Ven, Sárah, te acompaño. Demuestra quien eres y que se repita el milagro que realizaste en Londres. – dijo Adelmo. Una sonrisa aparecía en sus labios. Sárah, cogiendo su mano, salió de la recámara.
En la plaza de San Pedro y frente al obelisco que tantas veces consoló a Joseph, Darkiel, que sujetaba con un brazo a la religiosa y con el otro a la pequeña Mary, la cual lloraba, no hacía más que gritar que alrededor de su cintura llevaba un cinturón provisto de bombas.
-¡Que salga aquí! – decía fuera de sí. -¡Ya te has escapado dos veces, pero no habrá una tercera! ¡Sal, maldita! –
Desde el balcón donde todas las mañanas bendecía Joseph a la gente allí reunida, Alessandro y el mismo Joseph contemplaban la escena.
-Está fuera de sí. – dijo el secretario.
-Dios, protege a tu sierva Beatriz y a esa pobre criatura. – dijo Joseph mirando al cielo. Un cielo que amenazaba tormenta.
La guardia suiza no se atrevía a actuar. En cualquier momento podía arrancar una anilla de una bomba y toda la plaza, el palacio y las personas allí congregadas serían barridas de inmediato.
-¡Por tu culpa mi señor no confía en mí! ¡Exijo una venganza! – seguía gritando.
La gente decía cosas como “Deja al bebé”, o “Qué te ha hecho la pobre monja”.
-¡Si no sales mataré a las dos! ¡¿Qué dirá tu amorcito cuando sepa que su hija ha muerto de manos de Darkiel y que su propia madre no hizo nada por evitarlo?! –
Un silencio se hizo alrededor de la plaza. La puerta de palacio se abrió de par en par. Una muchacha de cabello oscuro, mirada al frente y con decisión, salió por ellas. A su lado derecho se encontraba un joven con atuendos cardenalicios. A su izquierda, un muchacho que nadie conocía.
-Michael, si me pasara algo, dile a Peter que cuide de la pequeña.- dijo cogiendo la mano de su amigo.
-No seas agorera, preciosa. Cuando todo esto acabe, volveremos a Londres y nos tomaremos unos copazos en Edén. Todos estaremos ahí contigo. – dijo Michael apretando su mano.
-Sárah, ten mucho cuidado. Ese sujeto juega con los sentimientos de las personas. No consientas que lo mismo que pasó en Fitero ocurra aquí. Tienes que vivir, ¿me oyes? Eres la esperanza de todos. – dijo Adelmo cogiendo la otra mano de la muchacha. Sárah asintió con esa mirada de bondad que tanto impactó a Adelmo cuando la conoció.
-¡Vaya! ¡Al fin apareces! – dijo Darkiel.
-Dios mío, de nuevo se repite la historia. – dijo Joseph cerrando los ojos. En su mente, las escenas que tanto le costó olvidar volvieron a ella. Karl le había contado por encima cómo habían muerto Mary y Abel. ¿Se repetiría de nuevo la tragedia?
-Suelta a la hermana Beatriz y a Mary. – dijo Sárah.
-¡¿Encima me das órdenes?! ¡Maldita seas por toda la eternidad Sárah Nazario Valerie! – gritó Darkiel. Sárah abrió los brazos. Los abrió en forma de cruz.
-¡Dispara Darkiel! ¡Sacia tu venganza! – gritó.
-¿Pero qué hace? – dijo Alessandro desde el balcón. Joseph no perdía detalle de lo que hacía su hija.
-¿No soy el motivo por el cual tu señor no confía en ti? ¿No soy yo la culpable de tu degradación? ¿No deberías de haberme matado hace veintiséis años? – decía Sárah desafiante. A Darkiel se le salían los ojos de las órbitas.
-Cuidado Sárah. Le estás poniendo nervioso. – dijo Adelmo sin apenas abrir la boca.
-¿Más todavía? – dijo Michael.
-¡Suéltalas! – volvió a gritar Sárah.
La gente empezó a huir despavorida. En cualquier momento se iba a desatar la tragedia. En eso, Darkiel observó atentamente la situación.
-¡Está bien Sárah! Sólo soltaré a una persona. – dijo dejando libre a la religiosa. –Vamos, vete de aquí. - La hermana Beatriz, sollozando, salió como pudo de la plaza.
-¡Veo que por fin entras en razón! – dijo Sárah un poco aliviada. Ahora solo faltaba que dejara a la pequeña.
-¡No te hagas ilusiones! ¡Solo la he dejado escapar para tener la mano libre para disparar! – dijo.
En un abrir y cerrar de ojos sacó su arma y se escuchó un disparo. Sárah gritó. Joseph casi se cae del balcón.
-Pobre pequeña. – dijo Alessandro desde el dicho balcón.
Adelmo abrió los ojos tras cerrarlos por el ruído. Pudo ver que la pequeña seguía con vida al igual que Sárah. Pero, ¿por qué tenía parte de su túnica morada manchada de sangre? Se volvió y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo que hizo que cayera sin fuerzas al suelo. Sárah se volvió aterrada. Darkiel estaba triunfante.
-Eso te pasa por intentar hacerme daño, sucio inglés. –
El cuerpo de Michael yacía en el suelo. El muchacho sufría convulsiones provocadas por el tremendo impacto. En un descuido, la guardia suiza neutralizó a Darkiel, logrando rescatar a la pequeña.
-¡Dejadme! ¡Dejadme! Tengo que matarla… tengo que matarla… Jajajajaja. – decía en su locura.
Sárah corría hacia Michael.
-Lo siento… No lo ví venir. – decía desesperado Adelmo.
-Michael… Michael… - decía Sárah llorando. Un guardia llegó al lugar donde estaban con la pequeña. Adelmo se hizo cargo de ella. Un trueno se escuchó en medio de la plaza. Empezaron a caer las primeras gotas.
-Michael, no me dejes cariño. Mírame, mírame. – decía Sárah. Michael abrió los ojos.
-No te preocupes por mí, preciosa. Bicho malo nunca muere. – dijo con una sonrisa. Vomitó sangre. Joseph y Alessandro llegaron en ese momento.
-¡Rápido! Al hospital del Vaticano. – dijo Joseph.
-Déjelo santidad. Ha llegado mi hora. Tenía razón Adelmo cuando decía que no reúno las condiciones para ser un héroe. Siempre meto la pata. – decía mientras le daban más convulsiones.
-No digas eso, Michael. Has cambiado. Eres el mejor. – decía Adelmo.
-¿Ves? Si Adelmo dice que eres diferente, será porque has cambiado. Nos haces mucha falta, Michael. Sobre todo a mí. – dijo Sárah cogiendo y besando su mano.
-Preciosa, tú tienes a Peter y a Mary. No estás sola. – dijo. La sangre no paraba de salir de su pecho. La lluvia era copiosa. Caía con una furia como nunca se había visto.
-Adelmo, métase dentro con la pequeña. – dijo Joseph. Adelmo aceptó a regañadientes. En parte se sentía culpable por lo que le había dicho a Michael.
-Michael, no te vayas… Me prometiste que volveríamos a Edén a celebrar nuestro regreso a Londres. Lo prometiste, ¿me oyes? Michael… ¿Michael? No… no…. ¡Nooooooooo! ¡Michael! – gritó Sárah. La mano de su amigo resbaló de las suyas. Alessandro comprobó que no tenía pulso. Michael había muerto víctima de una bala directa al corazón disparada por Darkiel, el asesino más buscado de todos los tiempos.
Lejos de alli, Nancy sintió una punzada en el pecho. Miró hacia el cielo, azul con algunas nubes. A su lado, la mendiga que decía ser la madre de Beqa a la que llamaba Irene, la miraba sin saber qué hacía.
-Tengo un mal presentimiento. – pensó Nancy.
Peter se despertó de un mal sueño. Se sentía mal. No recordaba el sueño, pero sabía que alguien había sufrido un accidente o algo por el estilo. Aún no habían llegado él y Gonzalo al convento franciscano. El fraile le miró asustado.
-Tiene mala cara. No se preocupe. Pronto llegaremos y podrá descansar. –
Peter volvió a reposar la cabeza en el asiento.
-Algo va mal. Lo sé. - dijo para sí.
En la mansión de los Free, Nany preparaba un baño de agua caliente para la mendiga. Llegó con Nancy y lo primero que pidió fue darse un baño.
Cuando se hubo secado y puesto una ropa que Nancy le ofreció (un poco pasada de moda, por eso se la dio), fue cuando volvió a preguntar por su hija.
-Quiero ver a mi hija. Tengo que contarle muchas cosas. –
-Y tanto. ¿Por qué desapareció? – preguntó Nancy.
-No desaparecí. Hicieron que desapareciera. Ese maldito bastardo. Ojalá se esté pudriendo en el infierno. – dijo llena de ira.
-¿Se refiere a su esposo? – dijo Nany.
-¡No era mi esposo! – gritó la mendiga. Nany pidió disculpas.
-Era lo que era… un maldito hijo de puta. Déspota, machista, engreído, egoista… y asesino. - Esto último lo matizó.
-No se estará refiriendo a… Alastor Cicarrelly, ¿verdad? – dijo Nancy.
-¡El mismo! Ese es el culpable de que mi niña no esté conmigo. Me la arrancó cuando nació. Me volví loca encerrada en ese lugar. –
-¿Y qué hacía en las empresas Némesis? – dijo Nancy.
-No tengo dónde ir. –
-Siga contando, por favor. – dijo Nany.
-Me drogaron y me dejaron en las afueras de Roma, a merced de lobos y otros animales. Estuve alimentándome de lo que encontraba, hasta que, un día, ví en un periódico que unos campistas dejaron donde me ocultaba, que la secta Némesis había sido erradicada de las calles romanas. Pero no hablaban de Irene. Fue cuando pude volver a la ciudad. Regresé a la mansión donde se ocultaban esos locos… y no encontré ni rastro de mi bebé. Mi Irene. – dijo llorando.
Nancy y Nany la consolaron como pudieron.
-Durante todos estos años, pensé que también había muerto. Pero un día, pasé por un restaurante pidiendo limosna y vi por la televisión la presentación en sociedad de una tal Beqa Cicarrelly. Cuando miré hacia la pantalla, casi me dan arcadas al ver a esa sabandija al lado de mi hija. –
-Justo cuando la secta planeó asesinar a los mandatarios de las naciones invitadas a la
inauguración del Teatro Real. – dijo Nancy.
-Pobre señor Arthur. – dijo Nany secándose las lágrimas.
-Me oculté en el cargamento de un avión que se dirigía a estas tierras y no tuve más que seguir las indicaciones que me llevaron a las empresas Némesis. Pero de nuevo… ni rastro de Irene. –
Nancy la escuchaba atenta.
-Pues aquí no está… de momento. Está en Roma, junto a unos amigos míos. Si quiere, puedo llamarla al móvil y decirle que vuelva lo más rápido posible. – dijo Nancy. La mendiga abrió los ojos y parecían suplicar a la muchacha que lo hiciera.
-A todo esto… no nos ha dicho su nombre. – dijo Nany.
-Sandra. Sandra Cicarrelly. –
-¿Cicarrelly? Pero, ¿ese no es el apellido de Alastor? – preguntó Nancy.
-No, es el mío. Para pasar inadvertido en todas partes, adoptó mi apellido. En Italia, es famoso. – dijo Sandra.
-Vaya con la mendiga… - dijo Nany aturdida.
La pequeña Mary dormía tranquilamente en la cama de Joseph. Resultaba casi cómico ver a una personita tan pequeña en una cama tan grande. La hermana Beatriz no le quitaba ojo de encima mientras se curaba los arañazos que ese loco le había provocado. La normalidad había vuelto a la plaza de San Pedro desde hacía un buén rato, pero la normalidad jamás volvería en la vida de Sárah.
No dejaba ni un segundo de estar junto al que había sido su mejor amigo. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar.
-¿De qué me sirve ser lo que soy si no puedo arrancarle de las garras de la muerte? – decía desesperada. A su lado, Adelmo se hacía el duro para no flaquear. Pero ya no podía más.
-Es la ley de la vida. Nacemos para morir. –
-¡A Michael le han matado! – exclamó Sárah. Su voz resonó en la sala. Adelmo se mordió los labios.
-¿No se supone que una vez resucité a Lázaro? Era su mejor amigo. Michael es el mío. ¿Por qué no puedo? –
Adelmo negó con la cabeza. –No puedo responderte, Sárah. –
Sárah, resignada ya a que nunca más oiría reír a Michael, se levantó de su asiento.
-¿Dónde vas? – preguntó Adelmo.
-Quiero verle. –
-No te encuentras bien. Necesitas descansar. – dijo Adelmo poniendo sus manos en sus hombros. Sárah se apartó bruscamente.
-Dejad ya de decirme lo que tengo y lo que no tengo que hacer. Soy más fuerte de lo que os imagináis. Sobreviví a la muerte de mis padres y hermano adoptivos. Esto no me impedirá seguir adelante con la profecía del Miserere, tranquilo. – dijo Sárah. Sus palabras sonaron con sorna. Adelmo, avergonzado, la dejó marchar. Solo pensaba en una cosa: la profecía debía cumplirse. Costase lo que costase. Pero había olvidado que Sárah seguía siendo lo que era: una persona normal y corriente con sentimientos.
En las catacumbas, y encadenado de pies, manos y cuello, Darkiel resoplaba inquieto. No le gustaba estar en ese sitio.
-¡Sacadme de aquí! ¡Os mataré a todos! – gritaba. Dos miembros de la guardia suiza le hicieron callar pinchándole el estómago con una lanza. Dio resultado.
Por las escaleras, se escucharon pasos. Los guardias al ver llegar a la persona que bajaba, se postraron de rodillas.
-¿Qué hacéis? – preguntó Sárah.
-Mesías, su santidad Julio III ha informado a toda la guardia de vuestra identidad. – dijo uno arrodillado. Sárah parecía incómoda.
-Levantaos. ¿Dónde está Darkiel? –
La voz de la muchacha espabiló a éste. Si no fuera por las cadenas que lo sujetaban, se hubiera abalanzado hacia ella. Uno de los guardias señaló con la cabeza el lugar donde se encontraba.
-Podéis iros. Quiero estar a solas con él. –
-Pero Mesías… -
-¡Me llamo Sárah! – dijo sin mirarlos.
-…Sárah, no podemos dejaros a solas con ese asesino. Podría haceros daño. –
-Id tranquilos. Será poco tiempo. – dijo más calmada. Los guardias aceptaron a regañadientes. Cuando se hubo quedado frente al asesino de su mejor amigo, fue cuando, con una entereza de mil demonios, abofeteó el rostro de Darkiel.
-Zorra… - dijo escupiéndola.
-Es lo menos que puedo hacer. ¿Por qué lo has hecho? –
-Solo cumplo órdenes. –
-Tus órdenes eran acabar conmigo, no con él. –
-¿Y qué más da? El golpe que me dio por la espalda ese estúpido me hizo mucho daño. –
-Más daño me ibas a hacer tú a mí. Él solo me salvó de tus sucias manos. - Darkiel la miraba sin pestañear. La locura se reflejaba en sus ojos.
-Y aún puedo hacerte daño. – dijo relamiéndose los labios. Luego rió descaradamente.
-Sigues dándome pena. – dijo Sárah dándole la espalda.
-¿Dónde te crees que vas? ¡Aún no he terminado de hablar contigo! – gritó Darkiel.
-Tu papel en esta historia ha terminado, Darkiel. Por todos tus crímenes en contra de la humanidad debes de ser castigado. – dijo subiendo las escaleras.
-¿Castigado? No sabes lo que dices niña. Mi señor vendrá en mi ayuda. Me rescatará y podré vengarme de ti. Y si para hacerte más daño tengo que matar a tu hija, con mucho gusto lo haré. - Sárah se paró en la escalera.
-Y cuando el cuerpo de esa mocosa esté en mis manos, la descuartizaré y me la comeré a pedazos. –
No hubo terminado de pronunciar esa última palabra cuando un gesto de dolor le hizo convulsionarse. Ante él, Sárah con la mano derecha abierta frente a su pecho lo miraba desafiante a la vez que serena. El cuerpo de Darkiel hizo una última convulsión. Su cuerpo quedó colgando de las cadenas, sin vida. En la mano de Sárah, una luz blanca se movía. Cerrándola de golpe, la luz blanca desapareció. Le había arrancado el alma. Michael había sido vengado. Llorando amargamente, terminó de subir las escaleras. Cuando hubo llegado arriba, Joseph la esperaba junto a los guardias.
-Que Dios se apiade de su alma. – dijo santiguándose. Sárah lo miró. Al momento asintió. Joseph la arropó en sus brazos.
-Volvamos a mi recámara. Hay algo que debes saber. –
En la destartalada mansión, Samael permanecía en estado de trance. Al volver en sí, supo de inmediato que su siervo había dejado este mundo.
-No importa. Me queda ella. – dijo mirando hacia la puerta de la derecha del salón.
Sárah entró en la recámara de Joseph. Dentro estaban esperando tres personas. Les eran totalmente desconocidos. Pero para ellos, ella no lo era. Se levantaron nada más ver llegar a la joven y dos de ellos se postraron ante ella.
-No consigo acostumbrarme a esto. – dijo Sárah al oído de Joseph. Éste sonrió levemente.
-Mi viejo amigo Geronimus. ¿Qué tal estás? – preguntó Joseph dándole un abrazo.
-Mejor que tú, seguro. – respondió sarcásticamente el abad.
-Veo que te acompaña el fiel Marconni. – dijo dándole otro abrazo.
-Santidad. – dijo Marconni complacido. Joseph miró a la tercera persona que se encontraba en la recámara.
-¿Y él es…? –
-Un nuevo monje. Le recogimos más muerto que vivo en las calles de Roma. – dijo Geronimus.
-Un placer, hermano. – dijo Joseph. El monje no dijo nada. Ni siquiera se movió.
-Aún le quedan secuelas, santidad. – dijo Marconni.
-¡Marconni! Luego. – dijo Geronimus. Marconni obedeció.
-¿Esta es la persona que puede darnos información acerca de Némesis? – preguntó en voz baja Joseph.
-Tenlo por seguro. – dijo Geronimus. –Sárah, es un honor conocerte. Largo tiempo hemos estado esperando tu llegada. –
Sárah pareció aliviada por que por fin alguien la había llamado por su nombre.
-Lo mismo digo. Es para mí un honor estar frente al superior de la gran abadía de Ottobeuren. – dijo estrechándole la mano.
-¿Y dónde está mi discípulo? – dijo Geronimus.
-¿Adelmo? En seguida vendrá. Está avisado. –
-¿Qué ha pasado ahí fuera? Una algarabía se escuchaba desde lejos. – dijo Marconni.
-Ha aparecido Darkiel. – dijo Joseph.
Marconni y Geronimus se santiguaron.
-Intentó terminar lo que empezó hace veintiséis años. Pero no lo logró. He aquí la prueba. – dijo señalando a Sárah. Ésta permanecía callada.
-Me alegro que estés sana y salva, Sárah. – dijo Geronimus.
-Hubiera preferido ser mil veces la víctima antes que Michael. – dijo.
-¿Quién es ese Michael? – preguntó Marconni.
-Darkiel lo mató a sangre fría. Ella misma acaba de darle el descanso eterno. – dijo Joseph. Geronimus miró desconcertado a la muchacha. Durante unos segundos hubo una conexión entre Geronimus y Sárah. La mente de la muchacha estaba abierta al abad, al igual que la suya hacia ella. Pudo ver el renacer del ángel caído, como un flashback. La imagen se desvaneció en cuestión de segundos, al igual que la conexión.
-Geronimus, ¿te encuentras bien? – preguntó Joseph.
-Sí. Ahora quiero descansar. El viaje ha sido agotador. – respondió. En ese momento, entraron Adelmo, Bitrianni y Georginno.
-Algo me decía que estabais también aquí. – dijo Geronimus.
-Teníamos que cumplir la misión que nos encargó Karl. – dijo Bitrianni.
-Lo sabemos. ¿Por qué creéis que salisteis de la abadía sin que nadie os siguiera? – dijo Marconni. Georginno miró a Bitrianni y éste miró a Georginno.
-Adelmo, acompaña a nuestros invitados a sus respectivas habitaciones. – pidió Joseph. Adelmo así lo hizo. Sárah se quedó a solas con el pontífice.
-Santidad, ¿puedo haceros una pregunta? –
-Claro. –
-Darkiel pronunció mi nombre al completo. Me llamó Sárah Nazario Valerie. ¿Nazario es el apellido de mi padre? –
Joseph tragó saliva.
-Contestadme, os lo ruego. –
-Si, pequeña. Ese es el apellido de tu verdadero padre. Joseph Nazario. – respondió al final. Sárah permaneció impertérrita. Ya sabía algo más acerca de su padre. A Joseph no le hizo gracia darle ese dato.
-¿Te sentirías mejor si hago venir aquí a alguien que te entiende y te conoce tal y como eres? –
-Esa persona era Michael. No creo que podías hacer nada por mí. –
-¿Qué te parece si hago volver a nuestro querido amigo Karl? –
Un fuerte sentimiento de alegría inundó a Sárah. Con Karl en palacio, estaría más tranquila.
-Veo que por fin has sonreído. Duerme un poco al lado de tu hija. Te informaré de todo lo que suceda a partir de ahora. –
El convento franciscano se levantó muy cerca del templo de Jerusalén. Miles de personas se arremolinaban alrededor de él. En la entrada del convento, algunos frailes esperaban el coche donde venían Gonzalo y Peter. Cuando hubo bajado frente a la entrada, el aire fresco de la tarde lo terminó de despertar.
-Bienvenido. – dijo un fraile. Peter se volvió.
-Me llamo Rodrigo. Soy el encargado de guiarle por el convento. Nuestro superior aguarda su visita. Le ha informado el padre Karl. –
Peter resopló.
-Quiero volver cuanto antes a Roma. Tengo asuntos que atender. – dijo cortante.
-Como guste. Por aquí, por favor. - Y se abrieron camino hacia el interior del convento.
Los jardines interiores eran magníficos. Los arcos hacían un conjunto maravilloso con el verde de los jardines. Pero había muy pocos frailes.
-No somos muchos, señor Débereh. El cristianismo en Jerusalén es escaso. Aquí se procesa el judaísmo. – explicó Rodrigo.
-¿No me diga? – pensó Peter. –Por cierto, ¿de qué forma se ha encontrado la reliquia? –
-Se puede decir que llegó a nuestras manos por medio de un milagro. –
-Según tengo entendido, esa reliquia estaba oculta en Fitero. – dijo Peter. Rodrigo lo miró sorprendido.
-¿Conoce la leyenda? – preguntó seguidamente.
-Lo suficiente. – volvió a responder cortante.
-Al Miserere no se le busca. Aparece. –
Peter recordó las palabras de su viejo mentor, Arthur. La misma frase.
-Por aquí. – dijo el fraile ante una puerta de caoba. Dentro, y sentado frente a una amplia ventana, un fraile de avanzada edad y espesa barba blanca lo esperaba.
-Pase, pase, señor Débereh. – dijo el anciano.
Peter así lo hizo. Rodrigo se quedó fuera.
-Es un verdadero milagro, ¿no cree usted? – preguntó el anciano.
-Depende de a lo que se refiera usted como milagro. – dijo Peter.
-La llegada de esa muchacha en nuestra era. Por fin se hará justicia en este mundo. Y una justicia divina nada menos. –
Peter estaba molesto. Demasiado sabía el anciano. Aunque debería de haber sido informado por Karl.
-Oiga… - dijo Peter.
-Padre Nicolás. – dijo el anciano.
-… Padre Nicolás, no quiero que este asunto salga de estas paredes. –
-Por supuesto. Karl nos ha avisado de su inmensa discreción. Créame, Sárah está a salvo de habladurías y suposiciones. - El anciano parecía seguro de sí mismo.
-Supongo que querrá verlo. – dijo en el acto.
-¿Ahora? – preguntó Peter.
-¿Le parece pronto? – dijo riendo Nicolás.
-No… pero… -
-Tenga. – dijo Nicolás entregándole una caja. Peter la sostuvo en sus manos. No pesaba nada. La abrió. En su interior, y atado con un fino hilo de oro, el manuscrito que haría que Sárah y Beqa cumplieran con la profecía del Miserere. Una emoción embargó al periodista.
-Sé lo que está pensando señor Débereh. Pero tiene que dejar de lado el amor que siente por ella para que pueda actuar. Luego, solo Dios sabe lo que pasará. – dijo Nicolás.
-Debo volver a Roma. Cuidaré esto más que a mi propia vida. – dijo Peter.
-Que así sea, joven. En tus manos está el poder que nos salvará a todos… incluido a aquellas que lo utilicen. –
Peter no entendió muy bien esa frase.
L a recién llegada no paraba de mirar a todas partes. Pero a la vez que curiosa, se veía que estaba expectante, como esperando a alguien.
-¿Y dice que está buscando a su hija? - volvió a preguntar Nany.
La mendiga asintió nerviosamente.
Nany estaba desconcertada.
-Bueno, en ese caso, dígame su nombre y veré lo que puedo hacer. –
-El caso es que su nombre… -
-¡Hola Nany! – dijo en ese momento Nancy.
-Señorita, viene usted como caída del cielo. Vea. - dijo Nany señalando a la mendiga.
Nancy la miró de arriba abajo.
-¿Viene buscando limosna? Traeré mi bolso. –
La mendiga le cogió del brazo antes de que se hubiera ido.
-Tú la conoces, ¿verdad? Conoces a mi hija. La hija que me arrancaron. ¿Dónde está? –
Nancy, asustada por el extraño comportamiento de la mendiga, quiso zafarse de ese agarre, pero le fue imposible. La fuerza de la mujer era impropia de una de esa edad.
-¡Voy a llamar a seguridad! – dijo Nany.
-¡No! Me voy, pero volveré. Sé que está aquí. Cuando la veáis decidle que la estoy buscando. Dadle estas señas. Y gracias… - dijo la mendiga abandonando la puerta de entrada de la mansión.
Nancy y Nany se quedaron plantadas allí, como estatuas.
-¿Está loca? –
-No lo creo. Parecía más bien desesperada. –
-¿Desesperada? Joder, casi me rompe el brazo. - decía Nancy tocándose el lugar donde la mendiga la cogió.
-Tiraré el papel que me ha dado. Creo que no servirá de nada. –
-Trae, yo lo haré. - dijo Nancy mirando hacia donde se fue la mendiga. Cuando la hubo perdido de vista, miró el papel.
-No me lo puedo creer. – dijo al hacerlo.
-¿Qué pasa señorita? –
-Nada, nada, Nany. Eh… oye, por casualidad no sabrás el número de teléfono del apartamento de New York de Peter…-
-¿Ya te vas? –
Adelmo iba tras Michael por los pasillos de palacio. Michael guardaba silencio. Su cara reflejaba preocupación y miedo.
-¿Qué te pasa? – Adelmo volvió a preguntarle sin obtener respuesta alguna.
-¿Qué ha ocurrido ahí dentro? ¿Por qué sales tan apresuradamente, si solo hace media hora
que entraste? ¿No habrás metido la pata? –
Michael paró.
-Estoy francamente harto de que no confiéis en mí. Harto de ti y de Peter. Mi misión aquí ha terminado. Me voy. Tengo asuntos más importantes que atender. ¿Te ha quedado claro? –
Adelmo lo miró sobresaltado. Jamás había visto de esa manera a Michael.
-No puedes dejar tirado a su santidad. –
-Puedo… porque él mismo me lo ha ordenado. Por cierto, deberíais de aprender a escucharle como Joseph Nazario, no como Julio III. Os llevaríais una sorpresa. –
-¿Cómo sabes…? –
-Basta con saber tratar a una persona. No le interesa ningún título, ningún dogma ni ley… Sólo le interesa ser feliz en lo que le quede de vida. –
Adelmo lo cogió del brazo.
-¡Basta ya! ¿A dónde te crees que vas dejando el palacio? No sabes guiarte por la ciudad. –
-Me serviré de mi instinto. –
-No te consiento que además me des órdenes de cómo tratar a su santidad. –
-¡Cardenal Adelmo! - exclamó una voz a sus espaldas. Los dos se volvieron.
-¡Santidad! –
-¡Joseph! –
Éste había salido de sus aposentos a los pasillos. Su cara denotaba cansancio y malestar.
-Deja ir a Michael. Tiene que cumplir un cometido. –
Adelmo volvió a sobresaltarse.
-¿Michael? Se confunde santidad. Es Arthur Free. –
-No le hemos conseguido engañar. - dijo Michael zafándose de la mano de Adelmo.
-Ven a mi recámara. Tenemos que hablar. – dijo Joseph. Adelmo asintió, viendo como Michael salía de los pasillos en dirección a la plaza de San Pedro.
Cuando hubo entrado en la recámara, se sentó en el mismo sitio donde lo hizo Michael, frente por frente de Joseph.
Un corto silencio incomodó al joven cardenal.
-Ruego sepas disculparme sant… Joseph. –
-Ella está a menos de una hora de aquí. –
Adelmo se llevó las manos a la cara.
-Peter definitivamente tiene valor. –
-Ha venido sola. –
Adelmo miró a Joseph.
-¿Sola? –
Joseph asintió.
-Necesitará a Michael. Él ha ido en su búsqueda. –
-Pero si no sabe guiarse por ahí. –
-Le he dicho dónde puede estar con toda seguridad después de contarme el por qué mi hija está sola aquí. –
-¿Le has dicho la verdad? - preguntó Adelmo conociendo la respuesta.
-Tenía esto. - dijo Joseph enseñando el colgante.
Adelmo lo abrió y la foto de una muchacha apareció.
-Es… -
-…Mary. El amor de mi vida. – dijo Joseph.
-Dios bendito. – dijo santiguándose Adelmo.
-Michael vino desde Ottobeuren disfrazado de monje y por el camino recogieron a Sárah. Venía buscando a su hija. –
-¿Buscando? –
-Ha sido secuestrada y, mucho me temo, que ha sido… -
-… ¿Darkiel? Entonces era verdad que sabía del paradero de tu hija. - dijo Adelmo utilizando por primera vez ese trato con Sárah.
-Tanto Sárah como la pequeña se encuentran en ese lugar. A ese sitio se dirige Michael. Es la última esperanza que nos queda. Debemos confiar en él. Y sé que tendrá éxito. –
-¿Cómo puedes estar tan seguro? Michael es un poco lento para estas cosas. –
-Hay alguien que también lo necesita. Esa persona le da fuerzas. Y no se trata de su amiga. Pero creo que para esa persona… es demasiado tarde. –
Adelmo no entendía nada.
¿Qué habrán hablado Michael y Joseph en la intimidad de la recámara papal?
(Diez minutos antes)
-Espera. – dijo Joseph.
Michael se volvió.
-Antes de irte, déjame ayudarte. –
-¿Cómo? –
-Cuéntame lo que ha pasado desde que llegasteis a Roma. –
Michael se sentó apesadumbrado. Si hubiera sabido antes lo que le iba a deparar el viaje, se hubiera quedado en Londres con Nancy.
-… Peter me pidió que fuera de incógnito con ellos. Quería tener a alguien de reserva por si las cosas fallaran. –
-¿Por si las cosas fallaran? –
-Creo que Karl le informó de lo ocurrido en Londres después del atentado. La autoría ha recaído en Némesis. –
Joseph tuvo un escalofrío.
-Oh, he dicho el nombre. –
-No tiene importancia Michael. Te lo ruego, sigue. –
-Con nosotros iba Beqa, la hija de Alastor, el presidente de… de esa organización. - dijo rehusando decir de nuevo el nombre. –Quizás estéis enterado de que está de nuestra parte. Yo me hospedaba en la habitación que estaba frente a la de Sárah y Peter. Una noche, harto de estar encerrado, me decidí a salir de esas cuatro paredes. Me encontré con un viejo amigo que… ¡Dios mío! - dijo en ese momento.
-¿Qué sucede? – inquirió Joseph.
-Si como usted dice Samael sigue en activo… John está en peligro. –
-¿John?–
-Disculpe Joseph, pero debo irme de inmediato. No es solo Sárah la que corre peligro. –
-De acuerdo. Pero dime qué hacía sola en el camino hacia el Vaticano. –
-Busca a su hija. A la pequeña Mary. La ha secuestrado un desconocido. –
-¿Mary? Le ha puesto el nombre de su madre. Eso solo puede significar una cosa. –
-Que sabe la verdad… a medias. –
-¿A medias? –
-Sabe quien fue su verdadera madre… pero desconoce cualquier información sobre su verdadero padre. –
A Joseph se le encogió el corazón.
-¿Joseph? –
-Sé quien ha sido. Escúchame…
Todo era oscuridad en la vieja mansión. Cuadros hechos jirones y caídos en el suelo, telarañas por doquier, cortinas roídas, muebles estropeados y tirados en cualquier sitio y forma…
Sárah empezaba a tener sus dudas de si en este horrible lugar estuviera su hija. Pero el pálpito de una madre es un radar perfecto. Y seguía presintiendo que estaba cerca.
-Pequeña… Mary… Soy mamá. Por favor, llora para mamá para que pueda ir a buscarte. Aunque sea un leve balbuceo… -
Sárah no pararía hasta encontrarla. Abrió una puerta y entró en lo que antaño sería un gran salón, pero que ahora estaba sumido en tinieblas. Las ventanas estaban tapiadas. La luz no entraba por ningún sitio. Fue en ese momento cuando un golpe en la nuca la sumió en esas tinieblas. El suelo desapareció y creyó que flotaba.
Cuando abrió los ojos, no podía moverse. Estaba inexplicablemente atada de pies y manos. Incluso amordazada. Miró a todas partes. Alguien estaba sentado en un sillón corroído por los años de dejadez. Estaba bebiendo una copa. Cuando hubo saciado su sed, la tiró hacia la pared. La copa estalló, hecha añicos. Con toda seguridad se encontraba ante el que secuestró a su hija. Pero ahora, también estaba ella secuestrada.
-Vaya, vaya, vaya. – dijo levantándose del sillón. Sárah advirtió que se trataba de un hombre. La oscuridad lo seguía invadiendo todo. Pero no se encontraba en el salón de ventanas tapiadas. En la estancia, las cortinas estaban echadas.
-¿Sabes cuánta vergüenza me has hecho padecer, necia niña? – volvió a decir el hombre.
Sárah no entendía nada.
-Años de esfuerzos, echados por la borda tan solo por tu culpa. Deberías de haber muerto en su día. –
¿Quién era este hombre?
Se acercó hacia ella. Con una brutalidad pasmosa, la abofeteó. El dolor fue espantoso. Ese hombre, fuera quien fuera, poseía una fuerza sobrehumana.
-Olvidaba que estas amordazada. – dijo irónicamente. De inmediato le quitó el esparadrapo de la boca. Sárah no profirió ni un leve quejido.
-¿Quién eres? ¿Dónde está mi hija? ¿Qué quieres?– dijo armándose de valor.
-Cuantas preguntas juntas, ¿no? Para ser quien eres, desconoces aún muchas cosas. Pero, aún así, te contestaré a las dos primeras preguntas con un solo gesto. Observa. - dijo dirigiéndose a las cortinas. Las descorrió. La luz entró a borbotones en la estancia oscura. Sárah tuvo que cerrar sus ojos ante el destello. Cuando poco a poco se habituó a la luz del sol, con sorpresa y temor vio cerca de ella, al lado de ese hombre, un pequeño moisés de recién nacido. Dentro de él, su hija, apaciblemente dormida, desconocía por completo lo que estaba pasando a su alrededor.
-Una pregunta contestada. He aquí a tu hija. – dijo con sorna.
-No la toques, mal nacido. –
-Es curioso. Eso me dijo el inepto de tu amorcito. –
-¿Peter? ¿Has hablado con Peter? Entonces puedo estar tranquila. Estará buscándonos y pronto dará con nosotras.-
-Lo dudo mucho, querida. Desconoce el emplazamiento de esta mansión. Tú has llegado aquí gracias a mí. Te he dejado pasar por el bosque hasta llegar a este sitio sin hacerte el más mínimo daño. Para las demás personas, el camino del bosque no existe o, mejor dicho, no lo pueden ver.-
Sárah lo miraba con desprecio.
-En cuanto a la siguiente pregunta… ¿no sabes quién soy? –
-¿Cómo voy a saberlo? No te he visto en mi vida. –
-Que segura estás de tus palabras Sárah. O debería llamarte… ¿Mesías? –
Sárah se asustó. Nadie, a excepción de los suyos, sabía su condición divina.
-No sé de qué me habla. –
-¡No te hagas la tonta conmigo! Veintiséis años creyendo que estabas muerta… y mira por donde apareces en Roma. Me lo pones en bandeja. ¿No es genial? - dijo sacando una pistola del pantalón.
-¡No dispares a mi hija! – gritó Sárah.
-Tranquila, no es mi intención deshacerme del señuelo para llevar a cabo mis planes. Simplemente, voy a refrescarte la memoria. –
Sárah desconfiaba.
-Verás, hace tiempo que no lo uso. Estoy en busca y captura, vivo o muerto, en varias ciudades y estados. Y en todas… aparezco de esta guisa. - dijo colocándose un sombrero negro de ala ancha. -¿Logras recordar? –
Sárah negó.
-No te he visto en mi vida. –
-Vamos, haz memoria. Si de verdad eres quien dicen que eres, no tendrás problemas. Vamos, un esfuerzo. - dijo con sorna el hombre.
La mente de Sárah empezó a funcionar. Ese sombrero de ala ancha oscuro, esa cara, esa forma de hablar y de actuar, le sonaban. ¿Dónde había visto antes a ese hombre? De pronto, como un flashback se encontró tras unos cristales. A su alrededor, una cálida sala. Fuera, y bajo una lluvia incesante, varios monjes sin vida yacían en el suelo. Un hombre ataviado con un hábito de monje de cuyas piernas manaba sangre, estaba sujeto del cuello por un hombre que llevaba el mismo sombrero de ala ancha del mismo color que el secuestrador de su hija. Varios metros alejada, una muchacha con una medalla que terminaba en una cruz con punta roja, lloraba. El monje cayó al suelo y se escuchó un disparo. La muchacha la miró mientras moría. De sus labios, salió un nombre.
-¡Darkiel! - dijo Sárah mirando al hombre que tenía delante.
-¡Bingo! Has tardado lo suyo, querida. Aunque eras apenas una recién nacida, tu condición divina te dota de una memoria extraordinaria. Fui yo, quien mató a esa rastrera. Y al imbécil de su amigo el frailecillo. Pero cuando te busqué para completar mi misión, no pude encontrarte. Me gané un castigo que aún hoy me duele recordar. Luego, y tras la erradicación de Némesis de Roma, tuve que quedarme aquí actuando como un necio cardenal. Órdenes de Alastor, mi señor. Injustamente asesinado por esa traidora. –
-Fue por ese ángel caído que ustedes quisisteis despertar. –
-Y lo hicimos, querida. – dijo Darkiel obviando el comentario que había hecho Sárah.
La muchacha no comprendía.
-Samael, el ángel caído, el innecesariamente castigado por ese Dios tuyo, sigue entre nosotros. De nada sirvieron tus poderes y los de esa pobre infeliz. –
-Dios mío… John. –
-No sé de quién me hablas. Muy pronto, el trono de Pedro será suyo. Erradicará el cristianismo y todo será oscuridad. Cualquiera que ose desafiarnos, será aniquilado en el acto. ¡Gloria a Samael! - gritó Darkiel.
-¿Y qué pinta mi hija en todo esto? –
-Querida, ahora viene lo mejor. El cuerpo que ha tomado “prestado” Samael, no le durará eternamente. Y qué mejor que una recién nacida para “vivir” por más tiempo. La acogerán los sumos sacerdotes que quedan de Némesis y la instruirán y educarán para unos fines determinados. Como debería de haber pasado hace veintiséis años. ¿No es maravilloso? –
-¡Sucio hijo de puta! No te saldrás con la tuya. ¡Devuélveme a mi hija! – gritaba Sárah
intentando quitarse las cuerdas.
-Me halagas con tus palabras, pero ha llegado el momento que esperaba desde hace tiempo. – dijo colocándose frente a Sárah. Ésta tragó saliva.
-Lo que debería de haber pasado hace veintiséis años, sucederá ahora. Por fin me habré vengado después de vivir lo que pasé gracias a ti. –
-¡Era solo una niña! - decía Sárah.
-Lo sé, pero con tu desaparición empezaron mis problemas. No sabes lo que padecí. –
-Tu señor fue injusto contigo. Te pido perdón por todo lo que has pasado. – dijo Sárah triste.
Darkiel la miró sorprendido.
-¿Me pides perdón? -
-Así es. No sé hasta qué punto habrás sufrido a manos de ese sádico, pero imploro que me perdones, si eso te reconforta. –
Darkiel chasqueó la lengua.
-Te voy a decir tres cosas: la primera, no llames sádico a mi antiguo señor. Era un genio. – dijo dándole otra bofetada. – La segunda, de qué me sirve perdonarte cuando el daño está hecho desde hace veintiseis años… -
Sárah no sabía que decir ni hacer.
-Y la tercera, que empieces a rezar. –
Puso la pistola en la frente de Sárah.
-No sabes lo que haces. –
-Cierra el pico, mocosa. - dijo cargando.
-No lograrás nada, Darkiel… - dijo Sárah. De sus ojos salían lágrimas.
-¿Lloras? Sabes que el final está cerca, ¿verdad? –
-En absoluto. No temo a la muerte. Más daño me harás separándome de mi hija y de la gente que quiero con solo apretar el gatillo. –
-¿Y por qué lloras entonces? ¿Te has vuelto loca? –
-Lloro porque me das pena, Darkiel. –
Los ojos de Darkiel estallaron de rabia.
-Uno, dos… - contó Darkiel. Sárah cerró los ojos. Vio a Peter. Ahora que no estaba a su lado, fue cuando se dio cuenta de lo mucho que lo amaba.
-… y… -
-¡TRES!- gritó alguien detrás de él. La silla al chocar con la espalda de Darkiel se hizo pedazos. Cayó al suelo inconsciente.
-¡Michael!- dijo Sárah abriendo los ojos al oír el ruido.
-Ahora no hay tiempo para explicaciones, preciosa. – dijo cortando las ataduras. –Rápido, coge a Mary y busquemos a John. –
-¿Cómo sabías dónde…? ¿Cómo sabes lo de…? ¿Qué haces en…? ¿Cómo has podido…?– decía Sárah aturdida al verle.
-Ahora no. Ese asesino despertará en cualquier momento. ¡Vamos! –
Michael cogió a la niña mientras Sárah salía de la estancia donde había pasado todo. Cuando Michael le entregó a la pequeña, la estrechó entre sus brazos.
-Luego tendrás todas las horas del mundo para abrazarla, Sárah. ¿Dónde está John? –
-No tengo ni la más remota idea. Debe de estar en cualquier rincón de Europa. –
-Te equivocas. Está aquí, en Roma. Le vi con mis propios ojos, al igual que Peter. Estaba muy raro. Actuaba de manera extraña. Creo que está poseído o algo así por Samael. –
-¿Por Samael? Entonces, ¿lo que me dijo Darkiel era verdad? El ritual tuvo efecto. Beqa va a alucinar. –
-Ya lo discutiréis más adelante. Hay que encontrar a John. –
-Sí. Vamos. – dijo Sárah.
La mansión era en verdad tétrica. El polvo y las telarañas lo invadían todo.
-¿El monje del carromato eras tú? Ya decía yo que me sonaba la voz. – decía Sárah. Michael le estaba contando todo lo sucedido desde que se marchó a Ottobeuren.
-Piénsalo mujer, no podía permitir que me pillaras. – dijo el muchacho giñando un ojo. El bebé emitió un leve quejido, pero se volvió a dormir en brazos de su madre.
-Peter no sabe que estás aquí. Eres genial Michael. – Éste sonrió.
-Cuando encontremos a John nos iremos de aquí. Te esperan en palacio. –
-¿En palacio? ¿A mí? –
-Ahora no te puedo decir nada. Ya lo entenderás todo cuando… ¡Mira! – gritó.
Ante ellos, una figura oscura emergió de las tinieblas. Sus ojos rojos como la sangre resaltaban en la oscuridad. La sola presencia de ese ser hizo llorar a la pequeña Mary.
-¿Quién eres? – dijo Michael.
No hubo respuesta. Los ojos rojos se acentuaron más.
-Déjanos pasar. Estás ante la presencia del Mesías. Tiene poder sobre toda maldad. – dijo Michael.
De nuevo no hubo respuesta.
-Hemos dejado K.O. a tu siervo. De igual modo podemos hacer lo mismo contigo. –
Sárah cogió del brazo a su amigo.
-No, Michael. No podrías hacer nada contra él aunque quisieras. Estamos ante el ángel caído más fiero del reino del infierno: Samael en cuerpo y alma. –
Michael volvió la vista hacia el ser. Empezó a temblar.
-¿Y ahora qué hacemos? No estás preparada aún… ¿verdad? –
Sárah negó con la cabeza. Michael tragó saliva. El ser empezó a acercarse. Ellos retrocedían.
-Estamos atrapados. – dijo Sárah. Mary lloraba. Cuando creían que no tenían escapatoria, un aura los envolvió. El ser retrocedió. La estancia quedó lejos. Estaban de nuevo en el comienzo del camino del bosque.
-¿Tú entiendes algo? – dijo Michael aturdido.
-Mira. – dijo Sárah señalando hacia arriba. En la copa del árbol, un ángel los miraba.
-¡Es Uriel! – dijo Michael.
-Gracias. – dijo Sárah. Uriel hizo una reverencia y desapareció.
-John se ha quedado dentro. Hay que volver. – dijo la muchacha.
-No podemos volver a entrar. Encontré el camino por casualidad. Quizás el haber estado junto a ti me ha dejado un halo de divinidad… muy pequeñito. – dijo Michael casi cómico.
-Pero… -
-Tranquila. Si hay algo en lo que esté seguro, es en que John sabe cuidarse solo. Esté o no esté poseído, sabrá lo que hay que hacer. –
Sárah lo miraba. Michael había cambiado. Mary dejó de llorar.
-Venga, tenemos que ir a palacio. Te esperan. –
Sárah, sin entender muy bien el por qué tenía que ir a palacio, hizo caso a su amigo y emprendieron el camino.
Darkiel despertó.
Le dolía la espalda y la cabeza.
-Maldita niña. Tiene una suerte increíble. –
-¡Darkiel! Miserable gusano, la has dejado escapar. La tenías en bandeja y se te ha escapado. –
Darkiel se postró nada más ver entrar a Samael.
-Lo siento mi señor. No volverá a pasar. –
-No lo dudes. Ahora mismo vas a ir tras ellos. Aunque tengas que ir al mismísimo palacio vaticano. –
-Pero… mi señor… -
-¿Qué palabra no has entendido? –
Darkiel se volvió a postrar y no tuvo más remedio que hacer caso.
-¿Oiga? ¿Estoy hablando con el portero del rascacielos donde vive el señor Peter Débereh? –
-Al aparato, señorita. ¿Se le ha olvidado dentro algo y quiere que se lo recupere? ¿Alguna ropa interior?–
Nancy puso cara de extrañeza.
-No… verá, quiero que me ponga con el que está actualmente en el apartamento de Peter. Se llama Michael. –
-Disculpe señorita, pero desde hace meses nadie viene a ese apartamento. Está vacío. –
-¿Está seguro? –
-¿Por quién me ha tomado, señorita? Yo cumplo con mi trabajo. –
-Perdóneme. Y gracias. - Nancy colgó confusa.
-Entonces… ¿dónde está Michael? –
Michael y Sárah llegaron junto a la pequeña Mary a la plaza de San Pedro. Hacía una tarde deliciosa, como para ir de paseo por cualquier sitio.
-Bueno, ya hemos llegado. –
-¿Cómo se le ocurrió a Peter hacerte pasar por Arthur Free? Cada día me sorprende más. –
-Bueno, también tiene algo que ver tu amigo Karl. – dijo Michael. Sárah torció la boca.
La invitó a seguirle. Sárah paró.
-Michael… no sé si estoy preparada para entrar… ahí. –
-Sárah, no vas a entrar ahí para que te pongan a prueba. Alguien te quiere ver. –
-¿Y quién es? –
-Julio III. –
-¿El papa? Ni lo sueñes. Me hará miles de preguntas. ¿Recuerdas lo que dijo Karl? Hasta el mismísimo hijo de Dios es una amenaza para el clero. –
-Nadie sabe quién eres en este sitio. El anonimato es absoluto. –
-… -
-Yo estaré a tu lado. – dijo Michael echándole el brazo por encima. Sárah asintió y juntos entraron en palacio.
Joseph, acostado en su cama, esperaba impaciente noticias. Quizás no debería de haber enviado a Michael a ese sitio. Si le pasara algo, no se lo podría perdonar. En eso, llamaron a la puerta.
-¿Si? –
Alessandro entró.
-Santidad, Sir Arthur Free ha vuelto. Requiere entrar en sus aposentos. –
Joseph se incorporó. Menos mal que había vuelto sano y salvo.
-Hágale entrar. - Alessandro asintió. Al minuto, Michael entró por la puerta. Su rostro denotaba emoción y nerviosismo.
-¿Y bien? –
-Traigo a alguien conmigo… santidad. –
Joseph se levantó como pudo de la cama. Las piernas le temblaban. Ante él, una muchacha de pelo oscuro como la noche, ojos penetrantes a la vez que tristes y con un evidente ataque de nervios hizo acto de presencia.
-Es… es un auténtico placer el conocerle, santidad… Julio III. –
Joseph no pudo evitar agarrarse a una silla cercana. La persona que había entrado era el vivo retrato de Mary, su Mary. Pero se trataba de Sárah, la hija que tuvieron hacía veintiséis años.
-Al fin has decidido venir. – dijo Joseph emocionado. Michael no paraba de mirar a uno y a otro.
Adelmo estaba en su despacho. No podía concentrarse en nada de lo que hiciera.
-Señor, ayúdanos en estas horas de tribulación. - dijo persignándose.
-¡Adelmo! Joseph te requiere en su recámara. El señor Arthur Free ha vuelto. – dijo Alessandro entrando. Adelmo se levantó en una milésima de segundo. ¿Sería posible que Michael hubiera tenido éxito?
Cuando abrió la puerta de la recámara, cayó de rodillas. Junto a Joseph estaban Michael… y Sárah que cargaba con la pequeña.
-Adelmo, ¿dónde están tus modales? Deberías de haber llamado. – dijo Joseph.
-Dis… discúlpeme Jos… santidad. – dijo en el acto el joven cardenal. Sárah fue a darle la bienvenida.
-Adelmo, cuánto tiempo. – dijo la muchacha.
-Es un honor tenerte bajo los techos de este palacio. – dijo besando su mano. La pequeña lloró.
-Mira, es mi hija. Bueno, mía y de Peter. Se llama Mary, Mary Débereh Parker-Valerie. –
Joseph tosió cuando escuchó el último apellido.
-Es tan preciosa como su madre. – dijo Adelmo mirando a Sárah y cogiendo la manita de la pequeña.
-Ya será menos. – dijo riendo.
-Adelmo, que alguien se ocupe de la pequeña. Llame a la hermana Beatriz. Le encantan los niños. Es de confianza, no te preocupes. – dijo Joseph. Lo último lo dijo mirando a Sárah. Ésta asintió.
-Como ordenéis, santidad. Antes, quiero hablar un momento con él. – dijo señalando a Michael.
-Adelante. – dijo Joseph. Michael salió de la recámara tras Adelmo. Cuando hubieron dejado alejada la puerta, comenzaron a hablar.
-Quiero pedirte disculpas por lo de antes. –
-No te preocupes. Está olvidado. –
-No, en serio. No confiaba en tus posibilidades. Veo que estaba equivocado. –
Michael sonrió bajando la cabeza, colorado.
-He hablado con Georginno. Parece que le has impresionado. –
-Es un buen chico. – dijo Michael.
-Lo es. Él fue quien me convenció de tus cualidades. Jul… perdón, Joseph me dijo que te había mandado él. Luego, Georginno, me acabó de convencer. –
-Le tendré que dar las gracias a los dos después. –
-Michael, has traído la luz a estos aposentos. El Vaticano sabrá recompensarte. – dijo Adelmo cogiendo las manos del muchacho. Michael frunció el seño.
-Ahora solo tiene que ocupar el sitio que le corresponde y todo habrá acabado. –
-¿A qué te refieres? – preguntó Michael.
-A Sárah. Para eso ha venido, ¿no? Para sentarse en el trono dorado. –
-¿Trono dorado? ¿De qué me estás hablando Adelmo? – dijo quitando sus manos de la del cardenal.
-Ella tiene que erradicar el mal del mundo. El trono del pescador la espera desde hace dos mil años. –
-No sé de qué va este tema, pero Sárah, en cuanto hable con Joseph, vuelve a Londres con nosotros. –
Adelmo cambió su rostro.
-¿Qué dices, Michael? Tiene que quedarse para que se cumpla la profecía. –
-La profecía no se verá cumplida sin Beqa. Y aún así, Sárah volverá a Londres. Su vida y los suyos están allí. – dijo Michael decidido y volvió a la recámara papal. Adelmo se quedó paralizado. En el fondo, el muchacho tenía toda la razón, pero el sitio adecuado para Sárah era amparada dentro de palacio. El lugar que por legitimidad le correspondía.
Una vez Michael hubo entrado y se hubiese sentado en un rincón dejando a Sárah y a Joseph más intimidad para hablar, empezó la conversación. La pequeña dormía placidamente en brazos de la hermana Beatriz.
-Puede llevársela a su despacho si lo desea. – dijo Joseph a la religiosa. Ésta no lo dudó ni un instante.
-Puede estar tranquila, hija mía. Me encantan los niños. Conmigo estará a salvo. –
Sárah se lo agradeció. Beatriz salió de la recámara con Mary.
-Bueno, al fin nos encontramos Sárah. –
-Santidad, tengo que reconocerle que estoy hecha un flan, si se me permite la expresión. –
Michael rió. Al igual que Joseph.
-No te preocupes. No muerdo. – dijo guiñándole el ojo a la muchacha. Ella respiró tranquila.
-Ya me ha contado Michael lo que has pasado. No sabes cómo me alegro que tanto tú como la pequeña estéis bien y hayáis salido de ese sitio. –
-Gracias, santidad. El no tener a mi lado a mi hija me hacía sentirme desesperada. Estar en una ciudad que no conoces más acrecentaba esa desesperanza. –
-Te entiendo. Cuando llegué a este lugar, me sentía una hormiguita. – dijo Joseph mirando el obelisco de la plaza de San Pedro.
-¿Solo una hormiguita? Yo me sentí insignificante. – pensó Michael.
-Bueno, te informaré. De nuestro lado tenemos a la mismísima Ottobeuren gracias a la unión que hemos hecho trayéndonos a Adelmo a palacio. El abad Geronimus, un viejo amigo, estará de camino. Karl está buscando el instrumento que nos llevará a todos a la gloria. Solo tenemos que traer a estos aposentos a Beqa. –
Sárah lo miraba extrañada. No sabía de qué estaba hablando.
-Discúlpeme, santidad. Pero, no entiendo nada de lo que está contándome. –
Joseph miró a Michael y luego miró a Sárah.
-¿No lo sabes? La profecía del Miserere. Erradicarás el mal en la colina del vaticano. Beqa está en Roma, Samael también… Todo encaja. Todo está preparado.-
-Pero yo no. – dijo cabizbaja Sárah. Michael se levantó y fue a donde estaban ellos.
-Santidad, ¿qué le hace pensar que esté lista para cumplir su cometido? El Miserere sigue desaparecido. Sin él, ni Sárah ni Beqa pueden hacer nada contra ese monstruo. –
-…-
-Hay que esperar. – dijo Michael decidido.
-La profecía no puede esperar. El mundo la necesita. – dijo Joseph.
-Y estoy de acuerdo. Pero también la necesita su hija… y yo… y Nancy… y Peter. –
Sárah miraba a Michael.
-Sabias palabras muchacho. Perdóname hija mía. He sido muy apresurado. – dijo Joseph. El decirle “hija mía” casi hace que se atragante.
-Debería de enseñarle el colgante. – dijo Michael.
-¿Qué colgante? – preguntó Sárah.
-Este. – dijo Joseph abriéndolo. Sárah contempló la pequeña foto que había en su interior.
-Pero… si es mi madre. – dijo en el acto. Joseph se comía las lágrimas.
-Sárah… cariño, él es… - dijo Michael lleno de emoción.
-… un amigo de tu madre. – dijo Joseph en el último momento.
Michael lo miró sorprendido.