…La cabeza es lo Sublime; el corazón, lo patético;

El sexo, la belleza; manos y pies son la proporción como el aire es al ave o el mar al pez;

Así es el desdén para el despreciable…

Proverbio del Infierno.

El Miserere

El viento se colaba por las costuras descosidas de la ropa de Mary. No había parado de correr desde que salió a escondidas de allí. O eso creía ella.

Habría podido ir más rápida si no fuera por el bulto que llevaba entre sus brazos. Un bulto que lloraba.

Era un bebé de apenas días de nacido.

Mary se encontraba en un lugar que no era el suyo. Venía de tierras romanas; había podido escabullirse dentro del barco que zarpaba para Inglaterra a tiempo. A tiempo de no caer en sus garras. Recordaba la mirada de ese ser que la amenazó desde el puerto, maldiciendo y jurando que la alcanzaría, a ella y a su bebé.

¿Qué culpa podía tener un ser tan pequeño, si solo hacía horas que había venido al mundo? Era muy importante para ella llegar a Fitero cuanto antes.

Allí estarían a salvo… por el momento.

Empezó a nevar. Ya no podía más. No quería dejar a su bebé pero las fuerzas la traicionaban.

-No llores. No pasa nada cariño mío.- dijo tiritando Mary. El bebé no podía mirarla, tenía los ojitos cerrados. –Tengo que llegar a Fitero cueste lo que cueste.-

La tormenta de nieve arreciaba a cada segundo. De pronto, entornando los ojos, vio una vieja cabaña abandonada.

-Allí podré, al menos, recobrar fuerzas.- pensó Mary.

Milagrosamente la puerta se abrió para alegría de ella. Cerró la puerta y miró a su alrededor.

Encontró un sillón roído y una pila de paja. Parecían esperarles.

Puso al bebé en dicha pila y ella se sentó exhausta en el viejo sillón.

En ese momento, el bebé abrió los ojos, azules como el cielo en verano y penetrantes como agujas aunque radiantes de paz.

-Tienes los mismos ojos que tu padre.- dijo Mary. Su memoria volaba a días mejores, donde ella, en compañía de un chico fuerte, atractivo y pelo color azabache, vestido con ropa informal, hacían planes para un futuro que nunca llegaría. Eran felices y se querían.Todo era perfecto hasta que llegaron ellos. Cuando Joseph (así se llamaba el muchacho) la abandonó, Mary estaba de tres meses. A partir de ese momento, todo le fue mal. Incluso para tener a su bebé se las tuvo que arreglar para que ellos no la descubrieran. Estuvo seis meses ocultando su embarazo con ropas anchas. Pero algo salió mal y descubrieron el engaño. Tuvo que huir… huir a alguna parte.

A alguna parte como Fitero.

Los pensamientos de Mary volvieron a la vieja cabaña. Su bebé volvía a llorar, posiblemente de hambre. Ella no tenía nada para darle, se habían agotado las provisiones que pudo coger del hospital y no podía darle el pecho porque el bebé ya lo había rechazado. Ya estaba temiendo por la vida del bebé, cuando aparecieron tres personas de la nada. Miraban a Mary con unos ojos fríos pero no parecían atacantes. Ella, del susto, tropezó y cayó de espaldas. Uno de ellos, el más alto y apuesto, le tendió la mano y la ayudó a levantarse. Reticente, se la dio y se levantó. Entonces, como una agradable música, escuchó la voz del que la había ayudado

-No temas por tu bebé. A unas millas se encuentra Fitero y allí encontrarás ayuda. Tu bebé crecerá, ayudará a muchos y será la esperanza de otros…pero esto, no lo verás con tus ojos.-

Mary no sabía que decir.

¿De dónde habían salido estas tres personas? ¿Por qué la conocían a ella y al bebé? ¿Cómo sabían lo de Fitero? ¿Y qué habrían querido decir con eso de que su bebé se iba a convertir en la esperanza de muchos? Iba a preguntarles quiénes eran cuando, un destello la cegó. A los pocos minutos, no había ni rastro de los tres extraños hombres. Pensó que se estaba volviendo loca, cuando vio ante ella, envueltas en un paño de terciopelo blanco, frutas de todas clases, así como tres hogazas de pan y un odre de leche. Parecía un milagro. Dio gracias al cielo y alimentó a su bebé. Ella se dispuso a comer la fruta. Era fresca, como recién lavadas, listas para comer. Le dieron nuevas fuerzas para continuar el viaje.

Según su extraño salvador, Fitero se encontraba a unas veinte millas. Cogió al retoño, lo arropó entre sus brazos, tapándolo con la manta que pudo coger del hospital donde dio a luz y continuó su camino.

En efecto, caminadas las veinte millas, apareció ante sus ojos la abadía de Fitero. Sus muros blancos eran inconfundibles. Ya antes la había visto, cuando pertenecía a…

-¿Quién va?- preguntó una voz.

Mary salió del ensimismamiento y respondió.

-Nos acogemos a sagrado padre, tanto yo como este bebé.-

El cerrojo cedió y se abrieron las puertas.

Al fin se encontraba en Fitero. Al fin se encontraban a salvo.

-Deseo ver al abad Abel. Decidle que Mary Valerie está aquí.- dijo en un tono de cansancio.

El fraile, levantó de pronto la cabeza y la miró de arriba a abajo.

-¿Mary? ¿Mary Valerie?- preguntó nervioso.

Ella asintió, extrañada.

El fraile salió corriendo en dirección de otra puerta, pero más pequeña, que se encontraba en la otra parte del gran patio.

Era en verdad muy grande. Altos árboles adornaban el patio y en todas partes se veían las habitaciones de los frailes, quizás rezando, quizás investigando. La abadía de Fitero no era solo un lugar de rezo y oración, también se dedicaban a la investigación religiosa y ayudaban a los lugareños con comidas y bolsas de dinero. Su misericordia y su bondad eran conocidas en toda Inglaterra.

Su atención se centró entonces en otra puerta, de color ébano, más pequeña que la que se dirigía el fraile con mucha prisa. Encima de ésta, había un letrero donde se podía leer: Biblioteca. Quiso relajarse en un lugar lleno de sabiduría como aquel, cuando alguien pronunció su nombre.

-Mary Valerie, alabado sea el señor que en su infinita misericordia te ha permitido escapar de ese lugar dejado de su mano. –

Era el abad Abel. Hombre corpulento para su edad, barba blanca recortada, ojos oscuros, y muy alto.

Se fundieron en un abrazo.

-Oh, no me acordaba del pequeño. Casi le ahogamos con nuestra alegría.- dijo irónicamente el abad.

Mary sonrió.

-Pero no hablemos aquí, que hace un frío enorme Mary. Hermano Richard, prepare los aposentos para nuestros invitados. – dijo el abad al fraile que había abierto la puerta. –Mientras tanto, ven conmigo hija mía.- dijo dirigiéndose a Mary.

Mary le siguió. El pasillo que tenían que recorrer hasta llegar a los aposentos del abad no era muy largo, pero le pareció infinito. Se distrajo viendo las distintas obras pictóricas que estaban colgadas desde Dios sabe cuándo. El bebé empezó a llorar de nuevo.

-Angelito, debe de estar mojado y asustado – dijo el abad. –Puedes cambiarle en mi despacho querida.- dijo notando la ruborización de Mary.

Ella volvió a asentir, avergonzada.

Al abrir las puertas del despacho del abad, un calor la acogió. La chimenea estaba encendida y la mesa preparada para ellos. Una cuna aguardaba al bebé. Mary, al poco de cambiarle y de darle algo de comer, le acostó en la cuna y al poco se durmió, mientras le cantaba una canción:

“COMO EL ARADO SIGUE A LAS PALABRAS,

DIOS RECOMPENSA LAS PLEGARIAS.”

-Veo que aún te acuerdas de él, Mary. – le preguntó al instante de terminar ella. -¿Sabes quién es ahora, verdad? –

-Si, y sé en qué se va a convertir con el tiempo. Seguro que lo logra; es más terco que una mula y cuando se le mete algo en la cabeza no para hasta que lo consigue. Pero… - antes de continuar, titubeó. Al final, prosiguió: -Pero le obligaron a aceptarlo-.

-Hija mía, los caminos de Dios son inescrutables, incluso para ellos. – sentenció el abad.

Cuando Mary se volvió para estar cara a cara con el abad, éste vio como por sus mejillas caían dos lágrimas. Con un pequeño cedazo se las secó.

-No dejes que el presente te aflija, querida niña. Tienes en tu poder algo muy importante para los mortales. Solo tienes que saber esperar.- concluyó el abad sentándose en su sillón. Mary le miraba extrañada.

-Abel, ¿por qué has afirmado cuando terminé la canción de cuna, que aún me acordaba de Joseph?- preguntó Mary. Su complicidad con el abad, que ya venía de antaño, se manifestó al tutearle.

-Mary, Joseph y yo éramos uña y carne. Esa canción de cuna se la inventó él, además, sabe mis secretos al igual que yo sé los suyos. Sabía de tu existencia por ejemplo, desde el día de vuestro compromiso, que por cierto, me las ingenié para encontraros ese rincón en Roma lejos de las miradas indiscretas. Recuerda que él era…- relató Abel.

-Ya lo sabía en ese momento- le interrumpió Mary, dejando al abad con la boca abierta. –Lo supe desde el primer día que le conocí. –

Abel, abrió un pequeño cajón de su mesa de escritorio y sacó lo que parecía un diario. En su cubierta se leía:

PROPIEDAD DE JOSEPH NAZARIO

-¿Lo cogiste tú?- preguntó Mary. Al verlo, recordó todas las cosas que anotaban en él. Cuando Joseph la abandonó forzadamente, creía que había desaparecido.

-Aquí se habla de algo más que una triste historia de amor Mary. Joseph no te contó todo.- dijo Abel.

Mary estaba extrañada. Creía que ella y Joseph lo compartían todo. –Mientras busco ropa para que te cambies, que te tendrás que contentar con uno de nuestros hábitos me temo, te daré tiempo para que leas…a partir de aquí.- le indicó Abel. – Vuelvo en unos minutos.-

Mary se dispuso a coger el pequeño diario. Rozó las finas líneas escritas con unos de sus dedos. Recordó cuando ella y Joseph escribían en dicho diario sus temores, sus alegrías, sus secretos. Si lo compartían todo, ¿cómo es que Abel sabía algo que ella no? Abrió el diario por donde le había indicado el abad y leyó.

Al cabo de unos minutos, la puerta del despacho del abad se abrió y entró éste con un hábito entre sus manos. Lo que vio le encogió el alma. En la silla, Mary abrazaba al bebé y lloraba desconsoladamente. El diario se encontraba alejado de ella, seguramente al saber por fin lo que Joseph le ocultó, lo tiró en un ataque de ira.

-Sabía que pasaría esto- dijo Abel. –Le dije a Joseph que te lo dijera pero no me hizo caso; dijo que era pronto y que al final comprenderías.-

Mary levantó la mirada. La rabia la inundaba y parecía como si echara fuego por los ojos.

-¡Tú lo sabías y no me dijiste nada!- gritó. –Todo este tiempo me he preguntado por qué veía esas visiones, porque tenía la sensación de que alguien me protegía, alguien que no veía. Me metí en esa…ese sitio y no hicisteis nada por sacarme. Mantuve mi embarazo en secreto, porque la sola presencia de mi bebé era una maldición para ellos y vosotros en vuestro mundo.-

Abel cerró la puerta. Sus gritos resonaron por toda la abadía.

-Estuve a punto de volverme loca Abel. Presencié cosas increíbles y aterradoras.- Cogió al abad por el hábito y le dijo: -No sabes lo que se trama en estos momentos en Roma a espaldas del Santo Padre. ¿Por qué crees que cogí a mi bebé y escapé de allí? ¿Por gusto? No, mí querido Abel. Escapé por miedo, terror. Algo maligno se está apoderando de las calles de Roma y no parará hasta controlar el mismo centro del cristianismo: la ciudad del Vaticano.- concluyó señalando una foto de la plaza de San Pedro.

Abel meneaba la cabeza. Parecía inverosímil lo que estaba contando, pero a sus oídos habían llegado noticias de unos extraños sacrificios cometidos en Roma. El autor o autores, dejaban siempre la misma prueba: un proverbio demonológico.

-Hija, tranquila. No podrán llegar a Fitero. El viaje es largo y si quieren encontrarte, tendremos tiempo de esconderos a ti y al pequeño. – dijo Abel.

-Disponen de muchos medios para llegar aquí, Abel. Te recuerdo que Darkiel es muy persuasivo con la gente. – dijo Mary.

Abel entornó los ojos.

-No buscan sólo al bebé, sino otra cosa.- dijo Abel. Mary se sorprendió. -¿Qué otra cosa? No me ocultes más Abel, por Dios. Bastantes cosas me has ocultado ya. –

Abel cogió las manos de Mary. Se sentaron en el suelo que, gracias a la alfombra, no era nada frío, y dijo:

-Mary, mi pequeña y dulce Mary. Ignoro qué cosas macabras has presenciado en tu estancia en Roma y en… ese lugar, pero hay cosas que no debiste saber hasta el día de hoy. Lo que has leído en el diario, no son palabras de un demente, es la verdad. Joseph te contó de donde provenía su familia y no te mintió. Para Roma, el tenerlo allí es un privilegio…aunque es una maldición para ti.

¿O quizás no? Porque el que has dado a luz no es un simple bebé, querida.-

Mary estaba aturdida. ¿Qué su bebé no era simplemente un bebé más? Entonces se acordó de lo sucedido en la cabaña.

-Encontré una vieja cabaña abandonada de camino hacia aquí. El bebé empezó a llorar y no tenía con qué alimentarle y aparecieron delante mía de la nada 3 extraños hombres. Quise preguntarles de donde venían cuando un destello me cegó y en su lugar, dejaron comida.-

Abel asintió.

-Esos extraños hombres, como tú dices, eran ángeles, mi dulce niña. –

Mary no quitaba ojo de Abel. “Chochea” pensó. -¿Ángeles? – preguntó extrañada.

-Bueno, no exactamente – dijo Abel. Pero no adelantemos acontecimientos.- Miró hacia la cuna donde descansaba el pequeño.

-Tres milenios esperando su llegada y aparece justo en nuestros días, y no son unos días muy propicios.- dijo el abad nervioso.

Lo cogió entre sus brazos y se dirigió hacia Mary. Ésta lo cogió al entregárselo Abel.

-Tiene una misión que cumplir, pero aún es pronto. Debería de quedarse en Fitero. Aprendería con nosotros y llegado el momento…- dijo Abel.

-No creo que haya sitio para ella en una abadía de hombres, ¿no te parece Abel?- preguntó Mary.

Al abad se le calló el alma. Las dudas le empezaron a comer la cabeza.

-¿Co… cómo? ¿Una niña? –

Mary quitó el gorrito que ocultaba la cabecita del bebé. Una preciosa niña, de escaso pelo rubio, y blanca de piel como la nieve apareció, dejando al abad desorientado. –Yo también guardo secretos, abad – dijo Mary.

-Pero, si Joseph me dijo que era un niño. Estaba convencido de ello. – dijo el abad.

-Digamos que los profetas no lo saben todo. Además, oculté el sexo del bebé para más seguridad, aunque sin resultados óptimos.- dijo con una leve sonrisa Mary. –Es lo único que tengo de Joseph y no quiero perderla, Abel. No puedo quedarme cruzada de brazos en Fitero esperando que lleguen esos. Además…-

De pronto, un fraile entró en la habitación y gritó:

-¡Reverendo Abel, venga rápido! ¡Han llegado! –

Mary y Abel intercambiaron miradas de temor.

-No nos pongamos nerviosos- dijo titubeando el abad. En verdad, estaba más nervioso que ninguno.

-¿Cómo han llegado tan pronto?- preguntó Mary cogiendo a su pequeña con más fuerza. -¿No dijiste que tardarían porque el viaje era largo?-

Abel la miraba desconcertado.

-¿Quién o quiénes son?- preguntó Abel al fraile.

–Son unos veinte y los lidera un tal Darkiel, reverendísimo Abel. – contestó el fraile.

Mary dio un grito. Darkiel estaba allí. Todas sus esperanzas se desvanecieron al momento.

-Bueno, - dijo el abad tragando saliva – voy a hablar con ellos. Mary, tú quédate aquí con la pequeña. No salgas de mi despacho bajo ninguna circunstancia. Aquí estaréis a salvo.-

Mary asintió, mientras Abel abría la puerta de la estancia y, acompañado por el fraile que lo había avisado, salió camino de la entrada de la abadía.

Darkiel esperaba fuera.

Era un tipo tan alto como el abad Abel, o incluso más. Su cabeza la tapaba un sombrero de ala ancha negro, llevaba una capa del mismo color y una túnica roja oscura. Sus ojos negros parecían vacíos y parecía impaciente.

Tras él, una veintena, o quizás más, de hombres ataviados con un uniforme rojo y negro

esperaban órdenes.

-Vaaaaya – dijo de pronto Darkiel, - al fin aparecéis reverendo abad.- Sus palabras sonaron con sorna. -Creía que os encontraríais rezando o qué se yo. -

Abel negó con la cabeza.

-¿Qué pasa, se os ha comido la lengua el gato o por el contrario me tenéis alguna clase de respeto? – preguntó curioso Darkiel.

-Ningún respeto para alguien que sirve al enemigo de nuestro señor – dijo Abel. Pero aún así le saludó con una mínima reverencia.

-¿Puedo preguntaros que hacéis en Fitero? Tengo entendido que solo actuáis en Roma, o mejor dicho, en sus alrededores y rincones.- dijo desafiante Abel.

Darkiel chasqueó la lengua. Y sonrió.

Quitándose el sombrero, se dirigió hacia el abad, el cual, no paraba de tragar saliva.

-No estáis muy bien informado, reverendo. Mi maestro me ha encomendado nuevas tareas. Cuando mi presa escapó con el vástago maldito de… ese hombre, se me ordenó interceptarla para detenerla. Perdí toda esperanza de alcanzarla cuando la vi en aquel barco. Pero olvidé mi “persuasión”. – dijo Darkiel.

-Supe que se dirigía a tierras inglesas. Y haciendo cábalas, deduje que venía hacia aquí. Que mejor que Fitero, lugar favorito de pobres, necesitados, huidos y de Dios, para ella y su bebé. – concluyó.

Abel sudaba.

-¡Qué demonios! - gritó de pronto Darkiel. -¿Dónde están? No voy a perder mi valioso tiempo en daros explicaciones.-

A lo lejos, un trueno resonó, dejando a la abadía en silencio, un silencio sepulcral. En la habitación del abad, Mary lo observaba todo. La ventana del despacho, daba al mismo patio de la abadía, pero ella quedaba oculta. Los cristales de la estancia eran opacos. No quitaba ojo de Darkiel. Sabía de lo que era capaz.

-Sigo esperando abad. – dijo algo molesto Darkiel. -No tengo todo el tiempo del mundo. Aunque también puedo hacer que salga de donde esté.-

Abel dio un paso atrás. El abad empezó a llamar a los demás frailes de la abadía, que acudieron de inmediato.

Darkiel los miraba uno a uno, como calculando algo. También miraba el lugar. Se quitó la capa y la dejó en el suelo. Se hizo a un lado y gritó: -¡Disparad!-.

Un ruido ensordecedor llenó la noche en la abadía. Miles de disparos dieron en los cuerpos de los frailes, menos a Abel, el cual lo recibió en sus dos piernas. Mary contemplaba la escena impotente.

-¿Y bien abad? – preguntó Darkiel acercándose a éste. -O me decís donde se encuentra o aquí mismo te rebano el cuello.- Al decir esto, sacó una daga y la puso en el cuello de Abel.

-Al final, encontrarás la muerte hijo mío. Y “tu dios” no estará ahí para ayudarte. Será entonces cuando el mío ajuste cuentas contigo.- dijo el abad.

En un movimiento rápido, cogió por la cabeza al abad, puso el filo de la daga en su cuello y gritó:

-¡Sal de dónde quiera que estés niña o tú querido amigo morirá!-

Una puerta se abrió. Todos miraron hacia la misma dirección. Una silueta apareció desde la oscuridad. Mary se abrió paso entre los cuerpos tiroteados de los frailes. Al fin llegó hasta donde estaba Darkiel.

-Vaya, menos mal que te dignas a hacer acto de presencia entre nosotros. – dijo irónicamente Darkiel.

-Déjale por favor. Solo me quieres a mí.- dijo llorando Mary.

-Te equivocas estúpida. Mi maestro es el que te quiere, yo tengo órdenes distintas, como la de acabar con la vida de tu bebé. ¿Dónde está? – preguntó Darkiel.

Mary no quitaba su mirada de Abel. Éste parecía suplicar que no dijera dónde estaba la pequeña y ella se encontraba entre la espada y la pared. Si decía el paradero de la niña, perdería lo único que le quedaba de Joseph y si no lo decía, matarían a Abel, la única persona que sabía el secreto que rodeaba a Joseph y a su bebé.

En ese momento, miró hacia donde estaba su pequeña, y milagrosamente, los cristales dejaron traspasar su mirada, y vio a su bebé en brazos de la misma persona que las ayudó en la cabaña. A su lado estaban los otros dos hombres y una cuarta persona que al verla, sin entenderlo, le llenó de fuerzas y de valor, aunque no sabía quién era. Entonces, colocando sus brazos en cruz, dijo:

-De aquí no pasas, Darkiel. Has cometido muchos crímenes y mereces ser castigado.-

Abel la miraba extrañado. Parecía otra Mary. Estaba decidida a sacrificarse por su hija.

-Entonces, no me dejas elección Mary.- dijo Darkiel, y con un movimiento rápido, cortó el cuello al abad. Su cuerpo cayó al suelo. Sonó otro trueno y comenzó a llover.

Mary ahogó un grito. Ya nunca sabría la verdad. Levantando la mirada hacia su enemigo, se abalanzó hacia él. Algo frío la atravesó en ese mismo momento. Darkiel había sacado del bolsillo una pistola y había disparado, dando en el pecho de Mary, la cual agonizaba en el suelo, recibiendo la lluvia en su maltrecho cuerpo.

-Nunca…tendrás…a mí… bebé.- dijo con una leve sonrisa. –Ni… tu maldito maestro… me tendrá a mí.- Y sacando una pequeña medalla con una cruz en su final, la besó, y dijo: - Se la han llevado fuera del alcance de tus apestosas garras. ¿Qué… le dirás a tu maestro… cuando sepa que me has matado? – preguntó irónicamente Mary. Su último pensamiento fue para Joseph y su pequeña. “Siempre estaré contigo, mi amor”. Y suspiró.

Mary ya no estaba en este mundo.

Algo sobresaltó el sueño de un hombre que dormía plácidamente en una cama blanca. Se incorporó en ella y miró hacia la ventana.

La pequeña empezó a llorar en ese preciso momento. El hombre que la sostenía en brazos, puso su dedo en sus finos labios y la hizo callar. Se durmió en seguida.

-Van a destruir la abadía. Tenemos que sacarla de aquí.- dijo a sus acompañantes.

Y con el bebé desaparecieron del lugar.

-Destruidla, que no quede piedra sobre piedra. Diré a mi maestro que murió aplastada por el peso de los muros de la abadía y no pude hacer nada por ella. En cuanto al bebé, morirá igualmente en este inhóspito paraje a manos de lobos.- dijo Darkiel a sus hombres.

Al amanecer todo era ruinas. Habían traído con ellos armamentos y la echaron abajo en pocas horas.

-Mi señor- dijo uno de sus hombres, - ni rastro del bebé ni del objeto de poder.-

Darkiel puso mala cara.

-El bebé habrá muerto aplastado seguramente y en cuanto al objeto de poder que mi maestro codicia, no estaría aquí. ¿Habéis mirado en el despacho del abad? – preguntó Darkiel.

-Sí, mi señor. Ni rastro.- contestó el hombre.

Darkiel se volvió. Cogió su teléfono móvil y marcó unos números.

-¿Lo has hecho?- preguntó una voz.

-Tengo malas y buenas noticias, maestro. La buena es que por fin la abadía de Fitero ha quedado reducida a ruinas.- dijo nervioso Darkiel.

-¿Y la mala?- dijo enfadada la voz.

-Pues verá maestro, la chica ha muerto aplastada por los muros de la abadía. No pude hacer nada por ella. Pero no todo está perdido maestro, el bebé también ha muerto.- dijo Darkiel.

-¡Imbécil!- gritó la voz. ¿Cómo crees que podré seguir con los planes de mi señor? Ahora tendré que buscar otra chica de las mismas condiciones que ella para llevar a cabo el ritual.-

-Lo sé, lo sé, maestro. Pero de todos modos la amenaza ha sido neutralizada, ¿no?- dijo Darkiel.

-Regresa de inmediato a Roma. Tengo nuevas órdenes para ti. En cuanto a tu descuido con la chica, ya hablaremos. ¿Algún indicio del objeto que busco?- preguntó la voz.

-No, maestro. Buscamos en el lugar equivocado otra vez.- dijo Darkiel.

-¿Estás seguro? Los cálculos de mis físicos pocas veces fallan. – dijo desafiante la voz.

-Pues aquí no está. Mis hombres han buscado por todas partes antes de destruir la abadía y nada. En la biblioteca no estaba, en el despacho del abad tampoco…- dijo Darkiel.

-Pregunta al abad de inmediato.- mencionó la voz.

-Maestro… dijo titubeando Darkiel, - el abad yace muerto en el patio de la abadía.-

-Dos fallos enormes has cometido en una sola noche, Darkiel. Nunca te mandé acabar con la vida de Abel.- sentenció la voz.

-Perdón maestro. No volverá a ocurrir.- dijo Darkiel.

-Eso espero Darkiel. Porque de lo contrario, me veré obligado a sustituirte de tu cargo y a sacarte uno a uno todos tus órganos del cuerpo sin anestesia, y quieras o no, la sangre es tan escandalosa… Además ensuciarías el suelo de mis aposentos. – dijo tajante la voz.

Y se cortó la comunicación.

Darkiel tragó saliva. Sabía que su maestro era capaz de eso y de mucho más. Dio órdenes a sus hombres de que abandonaran el lugar. Antes de que Darkiel dejara la abadía en el olvido, se volvió hacia ésta y dijo:

-Comienza una nueva era, la era del Destructor. Nada ni nadie, podrá arrebatarle el poder. Nuestro próximo objetivo ya está prácticamente en nuestras manos y luego… solo habrá que esperar hasta que el Vaticano se hunda. Los días de la cristiandad están contados.-

No lejos de allí, en una recoleta granjita de las afueras de Londres, tres hombres ataviados con ropa de monje, dejaban en sus puertas un bebé. Alrededor de su cuello había una pequeña cadena terminada en una cruz. Consiguieron recuperarla del cadáver de la madre de la criatura sin que los que destruyeron la abadía se dieran cuenta.

-Ahora duerme, pequeña Sárah. Tu tarea aún está por llegar. Vivirás como una niña más hasta que llegue tu momento.- dijo el hombre. Al decir esto, llamó tres veces a la puerta. Al abrir, la mujer de la casa se sorprendió al ver ese bulto en su puerta. Ni rastro de nadie más. Cogió el bulto y una carita blanca como la nieve y escaso pelo rubio que jugaba con la cadena que tenía al cuello apareció. Había una nota que simplemente ponía: SÁRAH. La llevó hacia dentro para que se calentara y cerró las puertas, no sin antes mirar hacia lo lejos y ver humo que salía de la abadía del lugar, la abadía de Fitero.

En la sala donde estaba la cama de sábanas blancas, el hombre que se había despertado bruscamente lloraba sin consuelo. En sus manos sostenía una foto de una chica con mirada perdida junto a un chico que la abrazaba. En el cuello de la chica brillaba una cadenita terminada en una cruz. Detrás se podía leer:

SIEMPRE TE QUERRÉ PASE LO QUE PASE. MARY Y JOSEPH

En una gran sala bañada de oscuridad, una muchacha maniatada y aparentemente embarazada, luchaba por librarse de sus ataduras. De pronto, un hombre ataviado con una capa negra y una capucha del mismo color que ocultaba su rostro, seguido por unos cuantos ancianos, se dirigían a ella. En sus manos llevaban diversos objetos y dagas. Cantaban en un lenguaje ininteligible.

-Querida, llegó la hora. No temas, no sufrirás en absoluto. El bebé que llevas en tus entrañas debo utilizarlo para unos propósitos que estoy llevando a cabo desde hace tiempo. Sin la amenaza de ciertos obstáculos que en estos momentos son historia, no hay porqué esperar más.- dijo el hombre con una voz de ultratumba.

-¿Qué le has hecho a Mary, cabrón?- gritó la muchacha.

El hombre no dijo nada. Un anciano puso un pañuelo en la nariz y boca de la muchacha y la sumió en un sueño.

-Cuando despiertes, no será tu bebé quien esté dentro de ti. Al menos, no en alma. ¡Jajajaja! – rió el hombre. Entraron en otra sala contigua a la que se encontraba en penumbras y cerró la puerta con gran estrépito.

Todo llegaría a su tiempo. Por el momento, los Parker, la familia que acogió a la pequeña Sárah, compuesta por el matrimonio y su hijo de dos años, Mathew, disfrutaban de su presencia en la casa. Dios les había dado lo que anhelaban: una niña. Dieron las gracias a Dios por tan maravilloso regalo. Y no se equivocaban, porque en verdad, a Sárah la había enviado Dios.

Sólo Él sabía el por qué.