S am, el secretario de Alastor, llegó a palacio seguido de miles de flases. Llevaba consigo lo que a simple vista parecía un regalo para alguien, pero en su interior, el resultado de sus asesinatos, esperaba el momento para ser de utilidad a los planes de El Maestro.
En cuanto entró en palacio, lo anunciaron y todas las miradas de los allí presentes se dirigieron a él. Hubo comentarios de todas las clases. Por ejemplo, una señora envuelta en un suntuoso abrigo de pieles, comentó a su marido que el hecho de llegar antes que su señor, ya era digno de queja, aunque Sam hizo oídos sordos, pues poco le importaba los comentarios contra él. Ya llegaría el momento de vengarse de todos aquellos que lo habían criticado. Su atención se posó en su majestad la Reina y en los invitados que la rodeaban: los ocho representantes de las naciones más importantes del mundo que serían de gran utilidad más tarde.
-Vaya, mi querido secretario de Némesis Corporation, cuánto tiempo sin verle. – dijo la Reina. Sam besó su mano en señal de respeto.
-Es un placer asistir a esta inauguración, majestad. – dijo Sam con una sonrisa falsa en los labios.
-¿Y su jefe? ¿Asistirá también? –preguntó la Reina.
-Por supuesto, majestad. Por nada del mundo se perdería lo que aquí va a pasar en breve. – volvió a decir con la misma sonrisa. La Reina volvió a ignorarle, pues encontró entre tanta gente a Sir Arthur.
-Majestad. – dijo Arthur besando su mano. –Es un placer compartir con usted esta noche tan memorable. –
-Y tan memorable. – dijo a su lado Sam. Arthur lo miró de soslayo.
-Alastor vendrá. Supongo. – dijo seriamente Arthur.
-Supone bien. Tiene que darnos una gran sorpresa esta noche. – dijo Sam mordazmente.
-Sea lo que sea, Alastor siempre nos sorprende, ¿verdad mi querido Arthur? – dijo la Reina abanicándose. Arthur asintió.
-Lo recordaréis de por vida, viejos imbéciles. – dijo Sam mientras se alejaba para entrar en la cocina a preparar todo.
John no se podía creer lo que estaba viendo. Sárah, que hasta hace unos minutos seguía en coma, se encontraba en las escaleras junto al espectro del abad de Fitero. Nancy y Michael subieron como posesos las escaleras para abrazar a su amiga. Peter suspiró de alivio.
-¿Esto estaba planeado, Peter? – preguntó Karl.
-Yo no tenía ni la más remota idea que traía dentro de mí a Abel. Pero supe de inmediato que tal vez pudiera hacer algo con Sárah. – explicó. Karl lo miraba boquiabierto.
-¿Desde cuándo sabes que era de Némesis? Porque lo sabías, ¿verdad? – volvió a preguntar, pero esta vez con miedo.
-No, no lo sabía. Pero no me ha impresionado. Tu afán de proteger a Sárah ha expiado tus errores pasados hace mucho tiempo. – dijo pasándole el brazo por el hombro del sacerdote. Éste no sabía si reír o llorar. Adelmo ayudaba a ponerse en pié a Nany, la cual al ver a Sárah se le saltaron las lágrimas.
-Estoy bien, tranquilos. Ya nada malo sucederá. – dijo Sárah muy serena.
Nancy y Michael la seguían abrazando. John también se acercó a darle la bienvenida.
-Mi misión ha finalizado con éxito. Ella sabe lo que tiene que hacer a partir de este momento. Peter, te pido perdón por utilizarte para llegar hasta Ella, pero no había otra manera. – dijo Abel. Peter asintió.
-En cuanto a ti, Karl, rezaré a nuestro Señor para que te guíe en los futuros caminos que te aguardan. Recuerda: el sitio está vacío pero tú lo ocuparás. – dijo y desapareció mirando con adoración a Sárah.
-Ve en paz, Reverendísimo Abel. – dijo Sárah. Terminó de bajar las escaleras y se abrazó a Peter, emocionando a todos los allí presentes.
Beqa sintió una fuerte punzada en el corazón. Alastor, a su lado, mirándola extrañado, se interesó por lo que le pasaba.
-¿Te encuentras bien, Beqa? – le preguntó.
-Ha despertado. – contestó ésta.
-¿Y eso te preocupa? Ya nada podrá hacer. Está todo previsto para menos de una hora. – sentenció Alastor riendo. Beqa lo fulminó con la mirada.
-No deberías menospreciar a un mesías. En menos que canta un gallo puede desbaratarte todos los planes y destruirte. – dijo Beqa. Alastor la miró con gesto reprobatorio.
-No volveré a hacerlo. – dijo a regañadientes.
-Más te vale. – dijo Beqa entrando en el coche junto a Alastor y poner rumbo a palacio.
Lejos de allí, un fuerte resplandor dejó cegados a más de un pescador que faenaban en altamar. Cuando hubo desaparecido la extraña luz, divisaron cerca del barco donde estaban, un cofre flotando que parecía muy antiguo. Decidieron sacarlo del agua y descubrir que contenía en su interior.
Peter no se separaba de Sárah ni un instante. La había echado tanto de menos. Por fin sentía su calor, su tacto, su aliento. Parecía que lo que había vivido hace apenas horas en la cabaña y en las ruinas de Fitero había ocurrido tan solo en su mente, como un mal sueño. Ya no había nada que temer porque se encontraba junto a ella. Sárah también lo miraba con los ojos muy abiertos. Juntaban las manos y se las cogían.
-Todavía no me puedo creer que estés bien, Sárah. – dijo Nancy.
-Si supieras lo que te hemos echado de menos. Estábamos muy preocupados por ti. – dijo Michael.
-Sobre todo uno que yo me sé, ¿verdad enamorado? – dijo John mirando a Peter. Éste le tiró un cojín.
Adelmo entró en el salón junto con Karl. Habían estado hablando de lo que el espectro de Abel había dicho de su pasado y parecía que habían llegado a un acuerdo.
-Siento tener que romper este momento tan importante para todos, pero Sárah y yo tenemos que hablar. – dijo Adelmo. Todos miraron a Sárah.
-Cuando quieras. – dijo ésta. Se levantó del sillón, no sin antes dar un beso en la mejilla a Peter y siguió a Adelmo al despacho de Arthur.
-Oye, dentro de poco va a empezar el especial dedicado a la inauguración del Teatro Real. – dijo Nancy.
-Voy a encender la televisión. – dijo John. Dicho y hecho. En cuanto pusieron el canal que iba a retransmitir todo lo referente al Teatro Real, se produjo un silencio en el salón y una expectación por lo que iba a suceder que casi daba miedo.
-Bienvenidos a todos a la inauguración del teatro más bello de todos los tiempos. – dijo el presentador. –Dentro de breves momentos, les ofreceremos las entrevistas que les hemos hecho a los distintos invitados al evento. Permanezcan atentos a sus pantallas. –
-Esto promete. – dijo Michael poniéndose cómodo en el sofá.
En el despacho de Arthur, Adelmo invitó a Sárah a tomar asiento junto a él. No estaba nerviosa, al menos eso parecía; todo lo contrario que el joven fraile. Karl, a su lado, intentaría explicar lo ocurrido en los veintiséis años de vida de la muchacha. Sárah lo miraba con cara serena. Lo mismo hacía el sacerdote, más tranquilo por verla sana y con las fuerzas renovadas.
-¿Cómo te encuentras Sárah? – le preguntó Adelmo.
-Me duele un poco la cabeza, pero estoy bien. – respondió decidida.
-Es normal. Te has llevado un tiempo considerable en coma. Creíamos que no saldrías de ese estado y menos tan pronto. – dijo Karl. Sárah le sonrió.
-Bien Sárah. Me presentaré. Soy Adelmo, fraile benedictino de la abadía de Ottobeuren. Somos, como nos llaman los más antiguos, “la nueva Fitero”, pues ayudamos a los pobres sin beneficiarnos por ello y, aparte de nuestras labores religiosas, también nos dedicamos a la investigación. – explicó el fraile.
-Y a la ciencia. – apuntó Karl. Adelmo le dirigió una mirada enfadada.
-Creo haber oído hablar de vuestra abadía, joven Adelmo. – dijo Sárah con respeto.
-Por favor, tutéame. – dijo amablemente Adelmo. Sárah asintió.
-Como religioso, he esperado la segunda venida del hijo de Dios desde tiempo atrás. Pero como científico, he de decirte que tengo mis dudas. Ruego que me ayudes a echar luz sobre este oscuro dilema. – rogó Adelmo.
-Haré todo lo que esté en mi mano. – dijo Sárah.
-Si no te importa, querido Adelmo, déjame que antes le pregunte a la muchacha cómo salió del coma en que se encontraba. – pidió Karl.
-Claro. Pero luego será toda mía. – bromeó el fraile. Karl ocupó el sitio donde estaba Adelmo, cogió las manos de Sárah, las besó, y dijo:
-Querida niña, explícamelo todo. -
-Cuando estaba dormida, os escuchaba a todos, por muy lejos que estuvieseis. Hacía el esfuerzo de abrir los ojos, pero me pesaban como piedras. Llegó un momento, en el que sentí frío. –
-Debe ser cuando empezó a formarse la barrera a tu alrededor. Te protegía del exterior. – dijo Adelmo.
-¿Barrera? – preguntó la muchacha.
-Es muy complicado de explicar. Es como una especie de escudo que apareció y se formó de la nada. – contó Karl. Sárah no parecía sorprendida.
-Luego ya no sentí nada, hasta que llegó Abel. Vi con mis ojos como me recogía entre sus brazos, como me ayudaba a despertarme. Hasta me vi a mí misma bajando junto a él. Me llamó dulcemente por mi nombre: Sárah. Sárah. Y desperté. – relató finalmente Sárah.
-Debe tratarse de un milagro, sin duda, Adelmo. – apuntó Karl. Adelmo hizo un leve gruñido, como aprobando lo dicho por su amigo.
Volviendo a colocarse frente a la muchacha, el joven benedictino prosiguió con su conversación, mientras, desde el salón llegaban exclamaciones de júbilo. Seguramente habría
empezado el especial sobre la inauguración.
-Escúchame, Sárah. Cuando Karl me contó lo concerniente a ti, no puse pegas en venir a verte. Sin embargo, el simple hecho de que no salieras del estado en el que estabas, me llenó de dudas, que aún ahora mismo tengo. ¿De verdad eres el Mesías? – le preguntó Adelmo.
-Eso se lo dijo el sacerdote Caifás a Cristo justo antes de mandarlo a Pilatos. – dijo por lo bajo Karl bajo la mirada seria del fraile.
-¿Quién crees tú que soy? –le preguntó esta vez Sárah. Adelmo no supo que decir.
-Para mis ojos no eres más que una simple niña. Para mi corazón, eres lo que me han contado. Deseo que así fuese. –dijo Adelmo. Sárah no dijo ni media palabra. Adelmo se levantó y al apoyarse en la mesa, puso tanta presión sobre el cristal de ésta, que se hizo un corte en la palma de la mano, del cual empezó a manar sangre.
-Dios bendito, llamaré a Nany para que desinfecte y cure esa herida. – dijo Karl. Pero no hizo falta. Sárah cogió la mano del fraile, puso la suya encima y en cuanto la hubo retirado, la herida había desaparecido. La palma de la mano estaba como si nada hubiera pasado. Adelmo la miró y se postró de rodillas.
-Ya me has demostrado que mi corazón tiene la razón. – dijo. Karl estaba maravillado.
-No comentes nada fuera, ¿vale?– dijo la muchacha a los dos. Éstos asintieron y salieron fuera para estar con los demás.
-Que pronto habéis terminado. – le dijo Peter. Sárah sonrió y le besó otra vez en la mejilla. Ya reunidos todos en el salón, se dispusieron a ver el especial informativo.
-Sir Arthur Free nos ha concedido una breve entrevista antes de entrar en palacio. – dijo el presentador.
-Esto sí que es bueno. – dijo Peter.
-Después dice que no quiere saber nada de la prensa. – dijo John.
-Escuchad. – dijo Nancy.
En la pantalla apareció Arthur muy bien vestido y con una amplia sonrisa que ofrecio a los medios de comunicación.
-Estoy muy complacido con la respuesta del pueblo británico a este espectáculo. Tenemos el teatro más importante de Europa. Y aprovecho el momento para mandar un cálido saludo a ciertas personas que están en mi mansión viendo seguramente estas imágenes. – dijo Arthur. Los chicos en el salón prorrumpieron en vítores y aplausos. Los religiosos reían.
-Sir Free, ¿quiénes son los invitados a la fiesta? Cuéntenos algo sobre ellos. – dijo el presentador.
-Pues, según tengo entendido, son los ocho representantes de las naciones más importantes del mundo. Han venido desde Estados Unidos, Alemania, España… Creo que hasta el delegado de Australia está invitado, aunque no le he visto. – dijo Arthur.
-Confírmenos si estos invitados llevarán máscaras especiales para la recepción posterior. – dijo el presentador.
-Sí. La mía es la del lobo, representando la ferocidad. – dijo Arthur mostrándola a la cámara. Peter escuchaba atento.
-¿He de suponer que lo han elegido como representante de Inglaterra, Sir Free? – le preguntó el presentador. Arthur asintió.
-Que callado se lo tenía el viejo. – dijo John. Michael y Nancy aplaudieron. Sárah les rió la gracia y se volvió a Peter, el cual estaba un poco tenso.
-¿Te ocurre algo? –le preguntó.
-No sé, tengo un mal presentimiento. – dijo Peter.
-Mirad, ya sale la Reina. – dijo Michael. En efecto, su majestad salía bajo el himno británico seguida de los siete representantes de las otras naciones, a los cuales de unió Arthur, completando
los ocho.
-Unas palabras, majestad. – dijo desde el rincón de la prensa el presentador que entrevistó a Arthur.
-Espero que los que no hayan podido venir a la fiesta, la vean por la televisión y se sientan orgullosos de ser británicos y de tener el teatro más bello de todo el mundo, si cabe. – dijo la Reina. Los del salón volvieron a dar vítores y aplausos. Pero Peter estaba en otro mundo. Lo que dijo Arthur le recordaba algo, pero no lograba recordar.
-Por cierto Karl, ¿eso de el sitio está vacío pero tú lo ocuparás?... – le preguntó Adelmo en voz baja.
-Dejémoslo para otra ocasión. – respondió el sacerdote. En ese instante entró Nany.
-Señorito Peter, ¿dónde van a cenar? – preguntó. John rió aquello de señorito.
-Aquí Nany y… no te preocupes por preparar los cubiertos, John se encargará de eso. ¿Verdad John? – dijo Peter riendo entre dientes. A John se le borró la risa en un segundo.
-Buen golpe Peter. – dijo Adelmo. Peter le guiñó un ojo al fraile. John siguió a Nany hasta las cocinas a cumplir con la orden de Peter.
-Nunca aprenderá. – dijo Peter suspirando.
-Les ofrecemos a continuación los rostros de los siete restantes representantes de las naciones invitadas, con sus correspondientes máscaras. – dijo el presentador.
-Veamos las máscaras. – dijo Sárah. El representante de Alemania, tenía la del león; el de Estados Unidos, la del pavo real; el de España, la de Eolo, dios del viento; el de Australia llevaba la de Poseidón, dios de los mares; la única mujer representante, la de Francia, no llevaba máscara; el de Asia, llevaba la de un chivo. Y por último, el de África, en vez de máscara llevaba un colgante en cuyo final, reposaba una espada, regalo de su majestad.
-Que guay. – dijo Nancy.
-A mí me gusta la máscara del dios Eolo. – dijo Michael.
-A mi no me gusta ninguna. – dijo John trayendo los platos. Peter, a cada momento, sentía que algo importante se le olvidaba. Sárah lo miraba extrañada.
-Digo yo que eso de las máscaras tendrá algún significado, ¿no? – preguntó Adelmo.
-A propósito, ¿tú no eras el octavo invitado, representando a Ottobeuren? – dijo Karl.
-Me han sustituido por el de España. – dijo Adelmo. –Prefiero estar aquí, antes que allí. - Sárah le dedicó una sonrisa, la cual devolvió el fraile haciendo lo mismo.
-Arthur me dijo el significado de las máscaras, pero ahora no logro acordarme. – dijo John trayendo esta vez los vasos.
-Mirad. Esto sí que es fuerte. – dijo Michael. Todos se volvieron para la televisión. En la imagen, vieron al presidente de Némesis Corporation junto a otra persona. Sárah entornó los ojos.
-No puede ser… - dijo Nancy.
-Es ella… - dijo Michael.
-Beqa. –dijo Sárah. Adelmo y Karl contemplaron la imagen de la muchacha.
-Tenemos en exclusiva las primeras palabras del señor Cicarrelly después del rescate de su hija y heredera, Beqa Cicarrelly. ¿Cómo se encuentra en este momento? – preguntó el presentador.
-Estoy satisfecho por el resultado de mis hombres tras el rescate de mi hija. No me tachen de insensible al traerla aquí después de su secuestro, pero era la única forma de decirle a la ciudad británica como me siento de feliz. – dijo Alastor.
-Que falso. – dijo Michael.
-¿Y qué dices tú, Beqa? – preguntó el presentador.
-El sentimiento es mutuo. – dijo la muchacha.
-¿Por qué lleva gafas de sol si es prácticamente de noche? – dijo Nancy.
-Será para que no se le vean las ojeras. – dijo John. Sárah la miraba con la mirada serena. Peter
seguía pensando, absorto.
-Y mira quien está ahí. – dijo Nancy. Sárah levantó una ceja. Sam, su ex pareja, apareció al lado de su señor, con aires de superioridad. Sárah bajó la cabeza con una risilla. Cogió con más fuerza la mano de Peter.
-La máscara de Arthur da a entender la ferocidad, así ha dicho. – dijo John en ese momento.
La ferocidad del lobo, pensó Peter. La ferocidad… Fue entonces cuando, poniéndose de pie de inmediato, dijo:
-“La altivez del pavo real; la lujuria del chivo; la cólera del león; la desnudez de la mujer; la ferocidad del lobo; la furia del mar; la destrucción del espadachín por su espada; y la fuerza del huracán. Todos morirán para no volver jamás”. –
Todos lo miraron alarmados.
-¿Otra vez con eso, Peter? – preguntó John.
-Sabía que significaba algo. Desde hace días tengo el presentimiento de que algo gordo iba a pasar. – decía Peter nervioso. Sárah lo intentaba calmar.
-Escuchad. ¿Para qué habrá traído Alastor a Beqa a la inauguración? – les preguntó a sus amigos.
-¿Para dar la imagen de buen padre? – respondió Michael.
-¡No! Creo que intentará por todos los medios conseguir los corazones que faltan para completar el ritual de los trece corazones. Y Beqa es la marioneta. – explicó Peter. Adelmo lo miraba atento.
-Estando en Fitero, los espectros de los frailes no paraban de decir frases que al principio no me decían nada; pero ahora lo veo claro. ¡Dios! Planean asesinar a los ocho representantes invitados. – dijo exaltado. Michael y Nancy temblaban.
-¿Estuviste en Fitero? – preguntó Adelmo.
-Ahora eso no importa. La cuestión es que Arthur y los demás están en peligro. Van a matarlos. – dijo Peter.
-No nos precipitemos. Puede que sea solo una casualidad. – dijo John.
-¿Quieres más pruebas? – dijo nervioso y desesperado Peter. –Arthur lleva la máscara del lobo, que es la ferocidad. La mujer no lleva ninguna, dando a entender la desnudez de la mujer cuando Dios la creó. La de Poseidón, se refiere al mar, como Dios de los océanos, la furia. El colgante del africano simboliza la espada, la destrucción por espada. El dios Eolo, señor de los vientos, el huracán, la fuerza. El pavo real, la altivez, el león la cólera, el chivo la lujuria… ¿Qué más quieres saber? –
John palideció de inmediato. Peter estaba en lo cierto. Se planeaba un cruento asesinato en el cual, Arthur iba a ser la víctima además de los otros.
-Debemos ir al teatro tan rápido como nos lleve el coche. – dijo Michael.
-Esperad. – dijo Sárah. Todos la miraron. Su serenidad les impactó.
-Esperad. No harán nada hasta cuando haya finalizado el concierto de inauguración. Tienen que hacerlo delante de las cámaras. – dijo Sárah.
-¿Tú lo sabías? – le preguntó Peter.
-De algún modo, si. Esperaba la aparición de Beqa en cualquier momento. – dijo la muchacha.
-¿Y qué debemos hacer? – dijo Nancy.
-Por lo pronto, Adelmo y Karl se quedarán con Sárah en la mansión. John, Michael, Nancy y yo iremos a palacio a avisar a Arthur. Seguramente éste avisará a los otros invitados para que salgan de allí. – dijo Peter.
-No es mala idea. – dijo John. –Yo conduzco. - Peter asintió.
-Yo también quiero ayudar. – dijo Sárah.
-De eso nada. Ya una vez cometiste la locura de ir bajo mi prohibición a Oxford y mira lo que
pasó. Además… he estado sin ti mucho tiempo y no quiero que te pase nada. – dijo Peter. Sárah bajó la cabeza.
-Ve tranquilo Peter. Nosotros la protegeremos. – dijo Adelmo.
-Entonces vamos. – dijo Peter. Y junto a los demás, salieron raudos hacia palacio. Sárah los vio alejarse con tristeza pero no sin resignación.
El concierto de la inauguración estaba a punto de empezar. Todos los invitados incluidos los especiales y la familia real estaban sentados, esperando tan esperado acontecimiento. Las luces del teatro estaban apagadas, salvo las pequeñas de las columnas, sin duda, para que la sorpresa fuera mayor al iluminarse el recinto. Dado que las cámaras tenían prohibido el acceso por tratarse de un acto íntimo de la familia real, los británicos solo se contentaron con escucharlo por la radio. Lo que no se iban a perder era lo que vendría después: la gran fiesta.
-Puede dar comienzo el concierto. – dijo la Reina, seguida de un fuerte aplauso. Las pequeñas luces de las columnas anteriormente dichas, se apagaron, dejando al teatro en completa oscuridad. Y de pronto, una fuerte luz, inmensa, que hizo que los invitados se quedaran medio cegados, alumbró el lugar, a la par que subieron el telón y la orquesta filarmónica de Londres apareció en escena. Una gran ovación se escuchó. Arthur estaba maravillado. Compartía su entusiasmo con el delegado de Estados Unidos, el cual también estaba excitado. Entró el director de la orquesta, se pidió silencio y empezó el concierto.
-Qué lástima no poder verlo. – dijo Adelmo.
-Pues tú podrías haber estado allí. – dijo Karl.
-Tengamos la fiesta en paz, por favor. Estoy preocupada por Peter y los demás. ¿Creéis que llegaran a tiempo de evitar la desgracia? – preguntó intranquila Sárah.
-Por supuesto que sí. Hasta ahora, Peter no ha fallado nunca. – dijo el sacerdote. Sárah no estaba tan segura como su amigo.
-Si me disculpáis me voy a la habitación de invitados. Aún estoy algo aturdida. – volvió a decir Sárah levantándose.
-Adelante. Descansa. – dijo Adelmo.
-Yo te acompañaré, querida. – dijo Nany. Sárah estuvo de acuerdo y juntas subieron las escaleras que daban a la dicha habitación.
-Es recomendable que recupere fuerzas para lo que se avecina. – dijo Adelmo a su amigo.
-No creo que aún haya llegado el momento. – dijo tranquilo Karl. El fraile no estaba muy convencido de la afirmación, pero siguió escuchando el concierto.
-Ahora descansa, querida. Luego te traeré un poco de caldo casero que he preparado. – le dijo Nany al ayudar a acostar a Sárah.
-Gracias Nany. Llámame cuando vuelvan Peter y los chicos. – le pidió la muchacha, a lo cual, Nany, no se negó. Cuando hubo cerrado la puerta, Sárah se levantó de la cama, se volvió a poner los zapatos y cogió el abrigo de Michael, que se lo había dejado olvidado.
-Lo siento Nany. Perdóname Peter, pero ya una vez me quedé de brazos cruzados, y aunque me lo has vuelto a prohibir, esta vez no fallaré. – dijo, y salió por la ventana, agarrándose a la enredadera y llegando al suelo en un santiamén.
Peter y los demás llegaron a palacio justo cuando quedaban cinco minutos para que concluyese el concierto. Debían de hablar con Arthur para que éste avisara a los delegados y salir de allí antes de que ocurriera el espantoso crimen que estaba a punto de suceder.
-Mirad quien está ahí, el comisario Smith. – dijo Peter. Se acercaron a él, pero fueron detenidos por la brigada policial encargada de la seguridad del evento.
-Tranquilos, muchachos. Son amigos míos. – dijo Smith dirigiéndose a ellos.
-Comisario Smith, la fiesta debería de suspenderse. Hemos descubierto algo espeluznante. – dijo Nancy.
-Está en juego las vidas de los delegados, incluida la de Arthur Free. – dijo Peter.
-Tranquilos, tranquilos. No puedo hacer tal cosa. No se me ha comunicado ningún contratiempo, ni creo que eso suceda. Además de esta brigada policial, he colocado en el interior de palacio, donde se celebrará la recepción, los mejores guardaespaldas de toda Inglaterra. Y si Arthur ha venido, significa que está convencido de lo mismo que yo: que no ocurrirá nada. – dijo Smith sin apenas tomar aire.
-Pero comisario… - dijo John.
-No hay peros que valgan. Id a casa y disfrutad del espectáculo por la televisión. – dijo Smith y volvió a su puesto. Los demás estaban empezando a desesperarse.
-¿Y ahora qué hacemos? – dijo Michael.
-Entrar. – dijo Peter.
-¡Ja! Ya me dirás cómo con esos mastodontes por todas partes. – dijo John.
-Tendremos que ingeniárnoslas como podamos. Seguidme. – dijo Peter y consiguieron burlar a un vigilante y entraron por la puerta trasera, dando a las cocinas de palacio.
Beqa y Alastor, seguidos por Sam, fueron los primeros en abandonar el teatro. Los periodistas fueron a por la muchacha.
-Señorita Beqa, ¿qué tal su experiencia con los secuestradores? –
-¿Va a tomar medidas legales la organización por el suceso? –
-¿Retomará su papel de heredera, colocándose frente a Némesis Corporation? –
Beqa ni los miraba. Alastor fue el que habló por ella.
-Venga chicos, dejad a mi hija. Lo ha pasado muy mal en estos días. No molestarla con bobadas. –
Sam apartó a los fotógrafos y a los reporteros para que Alastor y Beqa pudiesen entrar en el coche que les llevarían a palacio. Cuando se hubo montado Beqa, pudo ver de lejos a alguien que conocía muy bien y a la que no veía desde que fue “secuestrada”: Sárah, su alter ego.
-¿Puedo servir ya la cena? – preguntó Nany a Karl y a Adelmo.
-Como quieras, Nany. – dijo Karl. –Cenaremos aquí, en el salón. Pero de ninguna manera permitiré que trabajes tú sola. Déjame ayudarte. –
-Por Dios, padre. No se moleste por mí. Es mi obligación. – dijo Nany.
-No. He decidido ayudarte y no hay más que hablar. Además, me vendrá bien aprender algunos trucos culinarios. Últimamente no me llevo muy bien con la cocina. – dijo bromeando el sacerdote.
-Doy fe de ello. – dijo Adelmo riendo. –Yo mientras iré a despertar a Sárah. Es bueno que coma,
después de lo que ha pasado. - Nany y Karl fueron para las cocinas y Adelmo subió las escaleras para llamar a la muchacha.
-¿Sárah? Despierta. Nany va a servir la cena y es necesario que comas algo. – dijo tras dar con los nudillos tres veces en la puerta. Pero no hubo respuesta del interior.
-¿Sárah? – volvió a preguntar el fraile. Preocupado por no obtener respuesta, abrió la puerta y su sorpresa fue mayúscula al no encontrar dentro de ella a la muchacha.
-¡Dios bendito! – gritó Adelmo. Bajó las escaleras como un suspiro, llamando a Karl y a Nany. Éstos, llegaron asustados y preguntándose por qué gritaba el joven benedictino.
-¿Qué pasa Adelmo? ¿A qué vienen esos gritos? – preguntó el sacerdote.
-¡No está! – exclamaba Adelmo.
-¿Quién no está? – dijo Nany. Karl palideció en el acto.
-¡Sárah! – exclamó Adelmo. Juntos volvieron a subir las escaleras. Era cierto. Sárah no estaba allí. Observaron que la ventana estaba abierta, junto a las enredaderas. No cabía la menor duda: la muchacha se había escapado, pero ¿a dónde?
Sárah se encontraba muy lejos de allí.
Estaba intentando por todos los medios divisar a Arthur para advertirle, pero no veía por ninguna parte a Peter. ¿Habrían llegado ya? ¿Estarían de camino? No lo sabía. Al igual que no sabía que estaba siendo vigilada por unos ojos rojos como la sangre. Vio pasar a muchos invitados, entre ellos, señoras vestidas con ricos abrigos de pieles y luciendo sus cuantiosas y ostentosas joyas, seguidas por sus acompañantes, esposos o lo que fueran. Ella sólo quería encontrar a Arthur a cualquier precio. Pero no conseguía verlo. ¿Se habría enterado ya de lo que descubrió Peter? A lo mejor ya lo avisaron antes de llegar ella. La cuestión era que Arthur Free no aparecía por ninguna parte y eso le preocupó.
-Perdone. – preguntó a un guardia de seguridad. -¿Sabe si Arthur Free se encuentra aún dentro del teatro o ha salido ya? –
El de seguridad frunció el seño y solo respondió:
-Estos periodistas no saben ni lo que hacer para conseguir una exclusiva. - Sárah fue apartada de la puerta de salida por otro de seguridad que mandó llamar el primero. De nada le sirvieron las excusas ni decir que era íntima amiga de Sir Arthur. Al final se tuvo que contentar con esperar tras una valla que habían colocado para contener a la gente.
-No creo que haya sido buena idea venir aquí. – dijo desesperada Sárah.
Mientras tanto, Peter y los demás consiguieron entrar en las cocinas de palacio. Nancy temía encontrar de un momento a otro a su madre, encargada de la decoración y de la fiesta de recepción.
-No te quejes. A fin de cuentas, vienes más o menos arreglada para la ocasión. En cambio, míranos a nosotros. – dijo Michael.
-Dejad de decir tonterías y concentraos en lo que hemos venido a hacer aquí. – dijo algo molesto Peter. No se podía concentrar escuchando los comentarios de Michael y Nancy a cada momento.
-Lo sentimos. – pidió perdón Nancy dando un codazo a Michael en el pecho.
-Tenemos que pasar desapercibidos como sea. – dijo John.
-Eh, mirad. Aquí hay uniformes de camareros. – dijo Peter. Y entonces se le ocurrió la idea.
-Nos vamos a hacer pasar por camareros. Aprovecharemos que Nancy es la hija de la jefa de decoración para que nos vaya informando de lo que ocurra. El primero que vea a Arthur, que lo avise y luego que lo comunique a los demás para estar avisados. ¿Todo correcto? – explicó Peter.
-Ok. – dijeron los tres a coro.
Nancy siempre traía consigo maquillaje de bolsillo y se mejoró la imagen. Los demás se desnudaron y se pusieron los uniformes.
-Que ese culito no pase hambre, Peter. – dijo bromeando Michael dando una palmada en el trasero de su amigo. Un gesto que no hizo mucha gracia a John. Ya dispuestos, esperaron a que empezara a entrar gente. Nancy salió la primera, pues vio a su madre repasando los últimos retoques.
-Hola mamá. – saludó Nancy.
-¡Hija! Menos mal que al final decidiste venir. No estuviste muy acertada con el secretario del señor Cicarrelly. Tuve que pedirle disculpas por ti. – dijo la madre.
-Yo también me alegro de verte madre. ¿Puedo ayudar en algo? – preguntó la chica pasando del comentario de su madre.
-Mira, ahora que lo dices… Ve preparando los asientos de los ocho representantes de las naciones invitadas. – dijo la madre.
Menuda suerte. Se le ocurrió coger una servilleta que estaba sobre una mesa, y con el pintalabios, escribirle un mensaje a Arthur. Buscó el asiento con su nombre, y dejó la servilleta de forma que solo Arthur pudiera verla. A su lado, pasó Peter con su porte de camarero, que dicho sea de paso, lo hacía bastante bien, y entre susurros, comunicó lo que había planeado si por el contrario no podían llegar hasta Arthur, cosa que Peter aprobó como segundo plan. Detrás de Nancy, se escuchó el ruido de una copa al romperse. Se giró y casi le da un ataque de risa: Michael pidiendo perdón al jefe de protocolo por haber roto una copa. Casi a su lado, John sirviendo los primeros canapés a los invitados que iban llegando a palacio.
-Bueno, tenemos cada rincón de este salón vigilado. No hay nada que pueda fallar. – dijo Nancy convencida de que todo iba a salir bien. Pero sus alegrías desaparecieron al escuchar al mayordomo real anunciar a los primeros invitados especiales.
-El señor Alastor Cicarrelly, presidente de Némesis Corporation, Beqa Cicarrelly, hija y única heredera de dicha organización y su secretario. – exclamó a los cuatro vientos el mayordomo, dando con el bastón tres veces en el suelo, como mandaba la tradición británica en el protocolo. La madre de Nancy fue rauda hacia ellos.
-Querido Alastor. – dijo ésta. Alastor besó su mano. –Espero que todo sea de su agrado. Perdone que no haya sonado el himno británico a su llegada, como mandó su secretario, pero ya sabe, la mayoría de los músicos tocaban en el concierto y no han podido llegar a tiempo. Pero no se preocupe. Cuando llegue su majestad, se tocará dos veces: una por ella y otra por usted. – se disculpó. Nancy observó la cara de pocos amigos que puso Alastor, pero su atención estaba verdaderamente fija en Beqa.
-Ha llegado ella. – le dijo disimuladamente a Peter. Éste asintió. Pero estaba pensando en otra cosa. Había caído que ninguno de ellos debería de ofrecerle bebidas a Beqa, ni a su padre ni a Sam, pues les reconocerían. Era un grave problema. Nancy no tenía ese problema, pues estaba invitada junto con su madre.
-Hola Nancy. Volvemos a vernos. – dijo una voz tras ella. Nancy se volvió y era Beqa, esta vez, con los ojos con su color normal.
-¿Qué tal? – dijo Nancy. Le había cogido desprevenida y no sabía que decir.
-Bonita fiesta, ¿no te parece? – dijo nerviosa.
-Si aún no ha empezado. – dijo burlonamente Beqa.
-Ya. Eh… Siento mucho lo de tu secuestro. Espero que estés bien. – dijo Nancy.
-Gracias. Por cierto… - Beqa eludió hablar de su “falso” secuestro, - ¿y tu amiguita Sárah? ¿No vais a todos lados juntas? - Sus palabras sonaron con sarcasmo.
-No, se encuentra algo cansada. Ya sabes. Ha perdido a su familia en cuestión de días. Está en su casa, recobrando fuerzas. – respondió Nancy.
-¿No me digas? Pues es muy curioso. – dijo Beqa mordazmente.
-¿El qué es curioso? – preguntó Nancy conteniendo su impulso de darle una bofetada.
-Es muy curioso lo que dices, porque la acabo de ver en la salida del teatro real. Parecía como si buscara a alguien. – dijo Beqa. Le dio a Nancy en su punto débil. Cuando de despidió de ella yendo junto a su padre, Nancy no sabía ni lo que hacer. ¿Sárah en el teatro real? Pero si la habían dejado en la mansión de Arthur, junto a Karl y Adelmo. ¿Se estaría marcando un farol Beqa? ¿Sería una broma de muy mal gusto?
-Parece que hayas visto un muerto, querida. – le dijo su madre que pasó junto a ella.
-No… No me pasa nada. Estoy algo cansada. Necesito tomarme una copa. – dijo nerviosa la chica.
-¿Cansada? Pero si no has movido ni un dedo aún. – le reprochó su madre. Pero Nancy iba en dirección de un camarero que estaba deseando de ver.
-Deme una copa, por favor. – dijo disimuladamente a Peter. Éste cumplió con su deber de camarero.
-Peter, tengo malas noticias. Sárah no está en estos momentos en la mansión de Arthur. – le dijo casi al oído.
-¿Y dónde está? – dijo mientras servía otra copa a un invitado.
-En el teatro real buscando a la misma persona que… que acaba de entrar por la puerta ahora mismo. – dijo Nancy mirando hacia la entrada del salón de palacio. Había hecho acto de presencia Sir Arthur Free.
Sárah iba por la calle buscando un taxi que la llevara a palacio. Estaba empezando a llover y era imposible que un taxi apareciera por allí. Nunca había ido al palacio real, así que no sabía su paradero. Se había convencido ya a esas alturas, que era un error el haberse escapado de la mansión. ¿Habría empezado ya la fiesta? ¿Peter y los demás habrían conseguido su objetivo? Y lo que más le aterraba: ¿dónde estaban Arthur, Alastor y Beqa? No les vio salir del teatro. ¿Saldrían por la puerta trasera para despistar a la prensa? Seguramente. No vio donde puso el pié y cayó en la carretera. Las luces de unos faros la cegaron. El coche frenó en seco. El conductor, salió preocupado del auto y ayudó a la joven que tenía delante.
-¿Se encuentra bien, señorita? Con esta lluvia no la vi. – dijo disculpándose y ayudándola a incorporarse.
-Discúlpeme a mí, señor. No vi donde pisaba. – dijo Sárah tocándose el tobillo.
-¿Quiere que le lleve a un hospital? No le cobraré la carrera. – dijo el conductor.
-No hace falta, muchas gra… ¿Perdone? ¿Podría repetir? –dijo Sárah.
-Que le puedo llevar a un hospital sin tener que pagarme luego. Verá, soy taxista y ya iba para casa. – dijo el conductor. A Sárah se le abrió el cielo, aunque fuera metafóricamente.
-No me lleve al hospital. Lléveme a palacio. –
La lluvia era cada vez más fuerte y daban contra los cristales del salón de fiestas de palacio. Sin embargo, poco les importaba a los invitados. Las cámaras de televisión daban cuenta de ello. Ninguno estaba aburrido, ni preocupado por lo de fuera, nada. El que estaba preocupado pero ninguna cámara lo pillaba era Peter. Desde que Nancy le dijo que Sárah no estaba en la mansión de Arthur sino en otra parte, no podía concentrarse.
Arthur había llegado hacía diez minutos, y le era imposible decirle algo.
-Peter, ¿a qué esperas? – le decía Nancy con la mirada. Pero no podía acercarse.
-Peter, ¿quiénes son esos? – le preguntó Michael. El muchacho se giró y vio como un tropel de hombres enchaquetados de negro entraban en la sala. Llevaban en la solapa la insignia de Némesis Corporation.
-Esto no me gusta nada. – dijo. Era el momento para, de algún modo, acercarse a Arthur a cualquier precio.
Dejó la bandeja de copas y canapés en una mesa, se puso el gorro de forma que ni Alastor, Sam y Beqa le reconocieran y fue hacia los sillones de los delegados.
-¿Qué haces fuera de tu puesto? ¿Dónde has dejado tu bandeja? – le preguntó el jefe de cocina.
-Pues… verá, yo… - dijo entrecortadamente Peter.
-Le he mandado por más. – dijo Nancy en ese momento. El jefe de cocina dejó en paz al pobre Peter que sudaba como nunca lo había hecho.
-Gracias, Nancy. Te debo una. – le dijo a su amiga.
-No hay de qué. Déjame ayudarte. – dijo, y de la forma que la vio Peter, pensó que se merecería el Oscar a la mejor actriz.
-¡Dios mío! – gritó la chica. -¡Pero si es Sir Arthur Free! No sabe las ganas que tenía de verle. Déjeme que le enseñe las dependencias de palacio. –
-Pero, pero si… - decía Arthur.
-Acompáñame y ya lo entenderás, joder. –dijo Nancy tirando de él y casi arrastrándolo. A Peter casi se le escapa una carcajada. Siguiendo a Nancy hasta un rincón ajeno a todas las miradas, Arthur ya no pudo contenerse.
-¿Pero qué crees que estás haciendo? – le preguntó nervioso.
-Mira. El del gorro es Peter. – dijo señalando al muchacho que estaba en la mesa volviendo a coger la bandeja de copas y canapés. –El de la mesa de en medio es John. Y aquel que… se le ha vuelto a romper una copa es Michael. – Los tres le hicieron una leve reverencia con la cabeza. Arthur no entendía.
-¿Me he perdido algo? – dijo aturdido.
-¡Buf! – soltó Nancy. Y empezó a contarle todas las cosas que había pasado desde que se marchó de la mansión.
El taxi dejó a Sárah en la misma puerta de rejas del palacio real. Tras agradecerle al conductor lo que había hecho por ella, se escabulló por las sombras del jardín. Escondida en un seto, contempló horrorizada como un hombre ataviado de chaqueta negra con algo brillante en la solapa, golpeaba por detrás a un miembro de la guardia real. A su derecha, ocurría lo mismo. A todos los guardias reales les estaban golpeando y quitando de allí. ¿Pero por qué? Algo grave se estaba tramando desde dentro de palacio.
Cuando hubo pasado el peligro, y al no haber vigilancia desgraciadamente, pudo colarse por donde lo hicieron sus amigos. Los cocineros no se sorprendieron al verla aparecer como de la nada, así que siguieron con lo suyo.
-Deben haber visto ya tantas cosas anómalas, que ni se inmutan. – se dijo Sárah y salió de allí
mientras cogía una cofia y un delantal para pasar inadvertida.
Al salir al salón, se quedó maravillada. Lámparas lujosas colgando de un techo lleno de pinturas, mesas repletas de bebidas, canapés, gente de todas clases hablando, la orquesta tocando, Nancy en el fondo con Arthur, Beqa junto a un hombre de aspecto fiero y Sam mirando a todas partes mientras tomaba una copa. Pero no había ni rastro de los demás. (Obviamente no sabía nada de los disfraces de los chicos.)
-No voy a meter en todo este lío a Nancy. Bastante tiene ya con los días que pasó a mi lado cuando estaba en coma. – dijo Sárah. Se fijó en la mesa que tenía a su lado. Se fijó en un chico que servía, (sin saber que era Peter) e intentó imitar sus gestos. El equilibrio no era lo suyo, pero daba el pego de ser una camarera novata.
-¿Desea tomar algo? – le dijo a una señora vestida con abrigo de visón.
-Menos mal que se ha acercado. Los otros camareros no paran de pasar por la zona de los delegados. ¿Y nosotros qué? También formamos parte de la aristocracia británica. – se quejó la mujer. Sárah esforzó una leve sonrisa y pasó de largo.
Ante sus ojos, apareció la persona que no tenía ganas de ver: Beqa. Sárah ocultó su cabello bajo la cofia para no ser reconocida. Pero, sorprendentemente, Beqa pasó por su lado como si fuera una más. Sárah dejó escapar un suspiro de alivio. Si Beqa no la había reconocido, llegar hasta donde estaba Nancy y Arthur no resultaría muy complicado.
Mientras Sárah intentaba llegar hasta ellos, Arthur escuchaba muy atento el relato de Nancy.
-Un espectro de Fitero en mi casa… - dijo Arthur confuso.
-Baje la voz. – dijo Nancy poniendo su dedo en los labios de Arthur. –Recuerde quiénes están aquí.
-Perdón, la emoción me ha embargado. ¿Y dices que Sárah ya ha salido del coma? – preguntó al oído de la chica.
-Sí, pero no se encuentra en la mansión. Beqa la ha visto en las puertas del teatro real. – respondió Nancy.
-Cuidado. Puede ser una trampa. Voy a llamar a la mansión. Así saldremos de dudas. – dijo Arthur sacando su móvil. De inmediato, la voz de Nany salió por él.
-Mansión de los Free. – dijo muy ceremoniosamente.
-Nany, soy Arthur. ¿Está Sárah ahí? – preguntó. Nancy cruzó los dedos.
-Lo siento señor, pero no pudimos hacer nada. Cuando iba a preparar la cena, el joven Adelmo subió a la habitación donde descansaba y no halló rastro de ella. Tan solo la ventana que hay junto a la enredadera estaba abierta. Se ha escapado y no sabemos a dónde. – contó muy nerviosa.
-¿Se encuentra junto a ti Adelmo o el padre Karl? – volvió a preguntar Arthur.
-Aquí me tienes Arthur. Soy Karl. – respondió éste.
-¿No tiene ni idea de a dónde puede haber ido? – dijo Arthur preocupado.
-He llamado a mi iglesia por si había aparecido por ahí y nada. Hasta hemos ido a la casa de los Parker, y tampoco. No sabemos nada. – contó Karl. Su respiración era agitada. Parecía que hubiesen llegado en ese momento de la granjita de los Parker. Arthur colgó y miró a Nancy con muy mala cara.
-Que no cunda el pánico. Dicen que no saben ni tienen idea de dónde puede estar. ¿Sabes tú de algún lugar dónde pueda haber ido? – preguntó Arthur. Nancy se encogió de hombros.
-Llamaré a Smith para que la busque. – dijo Arthur volviendo a sacar el móvil.
-Espere Arthur. Ha de saber una cosa. Como no sabía si iba a hablar con usted directamente, le dejé un mensaje escrito con mi pintalabios en una servilleta. Tiene que alertar a los siete delegados de las naciones invitadas y salir de aquí cuanto antes. Peter ha descubierto un complot de la secta para conseguir los restantes corazones. Los quiere conseguir matándoles y uno de ellos es usted. – dijo Nancy.
-¿Qué dices muchacha? Eso es imposible. Ninguno de los delegados, y menos yo, damos la imagen de ser la reencarnación del mesías. – dijo medio riendo Arthur.
-Eso ya no les importa. Han dejado el plan de buscar al mesías con ese sistema, a cambio de seguir con otro aún más tenebroso. Ignoro cuál es, pero… - dijo Nancy pero la orquesta dejó de tocar a petición del secretario de Alastor.
-Por favor, amigos. Acercaos. Quiero proponer un brindis. – dijo éste haciendo el papel de su vida. Bajo la mirada de Sam, uno de los hombres vestido con chaqueta negra entró a escena con una bandeja con nueve copas repujadas en oro.
-Quiero brindar con los delegados de las naciones más importantes del mundo, en honor a que han aceptado la invitación de su majestad la Reina. Por favor, acercaros. – dijo ceremoniosamente. En un susurro, dijo a Beqa:
-Ha llegado tu hora. Prepárate. -
Arthur no tuvo más remedio que ir. Junto a los delegados restantes, subieron al escalón más alto de la escalera central del salón. Tambien junto a ellos iba Beqa, con la mirada perdida.
-Ven junto a mí, Arthur. Al ser británico como yo, quiero brindar lo más cerca de ti, querido amigo. – dijo y dio a Arthur una de las copas. El hombre de la chaqueta oscura hizo lo mismo con los siete delegados.
Nancy miraba aterrada a todas partes. ¿Dónde diablos estaba Peter? Sárah estaba en un lugar crucial. Estaba parada justo en el comienzo de la escalera. John y Michael no podían hacer nada desde donde estaban.
-En verdad, quiero hacer tres brindis. El primero, - dijo Alastor levantando su copa, -por Inglaterra y su soberana. - Todos levantaron su copa y bebieron, incluido Arthur.
-En segundo lugar, por los delegados invitados a este evento que, tan amablemente han aceptado venir desde países lejanos algunos, y países cercanos otros. – volvió a levantar la copa. Los delegados volvieron a beber.
-Y el tercer brindis, es para mí el más especial de todos. –dijo parsimoniosamente. Todos pensaron que brindaría por el rescate de su hija Beqa.
Una mano cogió el brazo de Nancy y estuvo a punto de dar un grito.
-¡Peter! Me has asustado. ¿Dónde estabas? – le preguntó con el corazón en un puño.
-Me llamaron desde las cocinas. ¿Qué pasa ahí? – preguntó mirando hacia las escaleras.
-Alastor está brindando con los delegados. Escucha, he avisado a Arthur pero no me ha creído. Además, no encuentran a Sárah por ningún lado y tengo un mal presentimiento, Peter. Algo gordo se avecina o yo que sé. – dijo medio llorando. Hasta ellos se acercaban dos camareros que, sin duda, eran John y Michael.
-Perdón por la tardanza, pero no hemos podido hacer otra cosa que servir copas. – dijo malhumorado John.
-¿Habéis hablado con Arthur? – preguntó Michael. Nancy negó con la cabeza.
A Sárah la quitaron del sitio que ocupaba para que fuera recogiendo la mesa de los delegados, cosa que tomó como el final de la fiesta. Fue hacia allí y, junto a un mayordomo, empezó a coger los asientos. Al coger el que llevaba la etiqueta de ARTHUR FREE, algo cayó al suelo. Dejó el sillón otra vez en el suelo, recogió lo que se había caído, que no era más que una servilleta con algo escrito, y leyó.
Arthur, avisa a los demás delegados. Estáis en serio peligro. Planean vuestra muerte durante la fiesta. Salid de aquí a cualquier precio. Nancy.
Sárah palideció. Era el color del pintalabios de su amiga. Miró hacia las escaleras llena de terror. Lo que había presenciado en los jardines era por eso: pretendían matar a los delegados. ¿Pero con qué fin?
-Como iba diciendo, mi tercer brindis va dedicado… a alguien que ahora mismo no está aquí,
pero que dentro de breves instantes gozaremos de su presencia. Alguien que, injustamente fue castigado y enviado al olvido. Alguien que, si me permitís la expresión, merecería ser Rey del mundo. – dijo serio Alastor.
Todos callaron. Hasta la Reina. ¿Quién sería este invitado que decía Alastor sería digno de llevar una corona?
Arthur empezó a verlo todo borroso. Pero no solo él, también los demás delegados. Sárah fue la primera en notarlo. Sin importarle que fuera descubierta empezó a gritar con todas sus fuerzas.
-¡Es una trampa! -
Peter y los demás reconocieron esa voz.
-¡Sárah! – gritaron a la vez.
Beqa reaccionó al momento. Con un gesto casi imperceptible, dejó a los presentes sin vida en el suelo frío de losas blancas. Los delegados, empezaron a retorcerse de dolor.
-¿Qué nos has dado en la bebida, miserable? – dijo Arthur lleno de dolor.
-Un veneno rápido, que actúa por medio de la sangre. Estaba planeado. – dijo Sam al lado de su señor.
-Veo que hay unos cuantos estúpidos que no han probado ni bocado ni bebida. – dijo Alastor señalando al grupo del fondo. Peter y los demás no sabían qué hacer. Muy cerca de las escaleras, Sárah contemplaba el comienzo de la victoria del mal.
-No tenéis derecho a hacer esto. – dijo con lágrimas en los ojos.
-¿Y quién nos lo va a impedir? ¿Tú? La mocosa protegida de Arthur. – dijo Sam. En sus ojos se percibía su sed de venganza.
-No está sola. Nosotros también estamos con ella. – dijo Peter. Los demás se pusieron delante de Sárah, de tal forma que la protegían.
-No estorbéis. – dijo Beqa y de inmediato, Nancy, John y Michael estaban sin sentido en el suelo. Sárah pegó un grito.
-No te preocupes. Sólo están inconscientes. Deberías saberlo, Sárah, ¿o debería llamarte Mesías? – dijo con sarcasmo Beqa. Sus ojos volvieron a ser rojos.
-¿Así que esta es la reencarnación del hijo del Dios de los hebreos? – preguntó Alastor con una sonrisa macabra en su boca. Sam miraba a la que fue su pareja por un tiempo.
-La tenía delante de mí, y no supe darme cuenta. Pido perdón mi señor. – dijo suplicante a su maestro.
-Deja eso para más tarde. Ahora… ¡cumple con tu misión! – le ordenó. Beqa alzó los brazos y los ocho delegados se levantaron en el aire. Arthur, intentaba zafarse de la presión que le subía hacia el techo. Sam, sacando la daga que Peter conocía muy bien, pues una vez lo amenazó con ella después de matar a Mathew, al padre de Sárah y a otras víctimas, y colocándose la capucha sobre su cabeza, saltó hacia una de las lámparas que colgaban del techo. Fue un salto imposible de realizar por un ser humano común y corriente. Razón demás para pensar que Sam, estaba siendo manipulado por Alastor.
-Que este sacrificio sirva para traer a este mundo al Caos. – dijo y, con un solo golpe de daga, los ocho corazones restantes salieron de los pechos de los delegados y se posaron sobre las manos de Beqa. La sangre caía a borbotones del techo.
-¡Arthur! ¡Maldito seas, hijo de puta! – gritó Peter. Con la rabia desatada de varios días, fue hacia Alastor con la intención de golpearle, pero cuando casi hubo llegado hasta donde estaban él y Beqa, una barrera invisible le echó hacia atrás.
-¡Peter! – exclamó Sárah al verle rebotar y caer al suelo. Fue hacia él con lágrimas en los ojos. Frente a ellos, los cuerpos sin vida de Arthur y los demás, cayeron al suelo.
Beqa entregó los corazones a Alastor y éste los colocó junto a los cinco que ya tenían.
-Con esto, doy por concluida la recolección de corazones puros. Demos comienzo a la
ceremonia de invocación. – dijo Alastor. Colocándose, al igual que Sam, la capucha oscura sobre su cabeza, recogió los corazones, los fue introduciendo en las copas repujadas donde habian bebido antes los delegados. Con la daga de Sam, se hizo un corte en la mano, derramó su sangre en cada una de las copas y fue poniéndolas alrededor de Beqa. Ésta estaba sumida en un trance. Tenía los ojos en blanco y su piel se había vuelto gris, sin vida.
-¡Beqa escúchame! ¡Puedes desobedecer sus órdenes! ¡No eres su marioneta! ¡Recuerda que ante todo eres quien eres! – le gritaba Sárah. Pero fue en vano. Beqa no podía oirla. El palacio empezó a temblar. John, Michael y Nancy despertaron del golpe de antes y corrieron en ayuda de Sárah y Peter.
-Pronto. Coged a Peter y salid de aquí. No podéis hacer nada. – pidió Sárah a sus amigos.
-Tú estás loca. No estás preparada. – le dijo John. Pero Sárah ya estaba en pie y lo mismo que pasó días atrás en el Museo, volvió a ocurrir delante de todos. Del cuerpo de Sárah emergía una luz muy brillante que no hacía daño mirarla. Su piel, antes blanca, parecía tomar el color del fuego. Sus ojos, sin embargo, emitían un destello de paz. John se quedó de piedra al verla.
-El Mesías es realmente Ella. – dijo y unas lágrimas escaparon de sus ojos.
-Poneros a salvo. Si veis que no salgo con vida, decidle a Peter que le amo con toda mi alma. – dijo Sárah y una fuerza invisible salió de ella, echando las mesas y las sillas apiñadas ante ella a un lado.
-¡Salgamos de aquí! – gritó Michael. Éste y John cogieron a Peter por un lado y por otro y, mientras Nancy echaba una última mirada a su amiga, salieron de palacio al exterior.
-Adelante, Lucifer. Para esto has sido reencarnado, ¿no? – dijo Alastor.
-Señor, esto se va a derrumbar. Deberíamos salir nosotros también de aquí. – dijo Sam. Alastor cogió de nuevo la daga y lo introdujo en el pecho de Sam, cuya expresión de terror se dibujó en su rostro.
-Mi señor… os he servido bien… ¿Por qu

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